Vicente Mora Antón: el militar bromista del coche con fundas de leopardo

Sirvan estas anécdotas para recordar que Vicente, que pasó los últimos 15 días de su vida solo y enfermo de Parkinson en una residencia hasta que se lo llevó este virus, no es una cifra

Foto: Vicente Mora Antón.
Vicente Mora Antón.

Vicente Mora Antón, fallecido por el coronavirus, no es una cifra. Me escribe su hijo Miguel Ángel para recordarnos que Vicente nació en agosto de 1937 en Guardamar del Segura, junto a la playa, en una de esas casas que había por aquel entonces junto a la desembocadura del Segura, mientras en las tierras secas de España llovían las bombas de la Guerra Civil.

Vicente se levantaba el lunes y recorría descalzo toda la semana, salvo el domingo, que se ponía los zapatos para ir a misa. Pertenecía por tanto a esa generación más dura que la cabeza de la Dama de Elche.

Un día de invierno, Vicente se puso un bañador y subió a ver a los vecinos más frioleros al grito de “¡vámonos a la piscina!”

Ilicitano era, de hecho, aunque vivió toda su vida fuera de Elche. Si nació en las playas de Guardamar fue porque su padre mandó allí a su mujer para dar a luz, pensando que era un sitio más tranquilo que Elche durante los bombardeos. Pero nacer tan cerca de explosiones tan letales no hizo de Vicente un cobarde. De pequeño se dedicaba a refrescar la pólvora con que su padre confeccionaba petardos para vender en la “nit del albá”, la mascletá ilicitana, para que no ardiera en las calurosas noches del verano levantino. Más adelante eligió la única vía que tuvieron tantos para formarse, y se hizo militar.

Voy a hablaros un poco más sobre su valentía, que merece un paréntesis: Vicente ingresó en la Academia Militar y finalmente lo destinaron a Jerez. En unas vacaciones, de regreso a Guardamar, conoció a Mari, la que sería su esposa, pero ella vivía en Toledo. ¿Cómo mantener un amor en esta época entre Jerez y Toledo? Pues bien: Víctor descubrió que desde Jerez volaban a Getafe los aviones viejos que iban a desguazar allí, y se presentó voluntario para hacer el último vuelo en esos aparatos moribundos por ver a Mari. ¿Quién se la jugaría tanto por amor?

Lo cierto es que Jerez no le gustaba demasiado, pero en cada lugar donde estuvo destinado encontró algún motivo para reír. Me cuenta Miguel Ángel que el coronel le dijo a su padre que se hiciera un traje y éste se fue a Sevilla, a un sastre de la Calle Betis, que en vez de traje hizo un desastre. Cuando Vicente reclamó, el sastre se justificó diciendo que el que estaba mal hecho era el modelo, y debió decirlo con tanto arte que Vicente salió de allí con su traje defectuoso y unas carcajadas.

Vicente Mora Antón en una foto escolar.
Vicente Mora Antón en una foto escolar.

Mari y Vicente formaron una familia feliz, con cinco hijos. Vivieron en Logroño mientras Vicente alternaba su trabajo con los estudios en Burgos, donde se sacó la carrera de aparejador, y finalmente se fueron a Albacete y compraron una casa en Santa Pola, que en realidad, todo el mundo lo sabía, era una excusa de Vicente para estar más cerca de Elche, que era su pasión. Me cuenta Miguel Ángel que este amor solo rivalizaba con el que su padre sentía por la fruta.

Se presentó voluntario para hacer el último vuelo en esos aparatos moribundos por ver a Mari. ¿Quién se la jugaría tanto por amor?

Sí, por la fruta. Le perdía la fruta. Pienso ahora en la pasión de mis propios abuelos con la fruta y no puedo dejar de querer un poco a este desconocido, pensando que forma parte de esta generación única. “En verano, mi madre le daba la lista de la compra cada día. Mi padre se iba a la Lonja de Elche y volvía con 15 melones, 2 sandías, varios kilos de dátiles, y nada de lo que le había pedido mi madre. Siempre recordaré la desesperación de mi madre y mi padre comiéndose un melón”, dice Miguel Ángel. Y no me cuesta nada imaginar a mi propio abuelo regresando a casa ufano con un saco de naranjas. Qué más puedo decir.

También me recuerda a mis propios abuelos la combinación de Vicente entre la seriedad austera y la coña marinera. Me cuenta Miguel Ángel que en el edificio en que vivían había calefacción central y que aquello atufaba tanto calor que Vicente se desesperaba. Un día de invierno en que alcanzaban en casa los 26 o 27º grados con casi todos los radiadores cerrados, Vicente se puso un bañador, un gorro de la piscina y unas gafas de bucear y subió a ver a los vecinos más frioleros al grito de “¡¡¡vámonos a la piscina!!!”. Los gritos y luego las risas todavía se oyen en la escalera.

Tipo curioso, este Vicente. Dejaba el coche abierto en la calle porque pensaba que, si se lo robaban, al menos no lo estropearían mucho forzando las cerraduras. Este coche era un Renault 12 con ranchera en el que la familia numerosa hacía sus viajes apretujada, como antes, y que rindió nada menos que 25 años antes de terminar sus días. Era un coche casi mitológico no solo por quedarse abierto: todo el mundo lo conocía por el sobrenombre de 'El Tigre', no porque rugiera, sino por las fundas de leopardo que Vicente instaló en los asientos.

En 'El Tigre' llevaba a su hijo Miguel Ángel a echar el correo. Aparcaba en doble fila, el niño cruzaba a la acera de en frente y echaba las cartas en los buzones de la oficina de Correos. Mientras iban para allá, su padre le iba diciendo que cuando echase las cartas debía gritar adónde iban, ya que había un tipo escondido detrás del buzón. Se lo decía muy serio, como si fuera una misión importantísima, y aunque Miguel Ángel no se lo creía del todo, para no discutir iba diciendo “a Elche”, “a Albacete”, “a Madrid”.

Así que, si alguno de ustedes recuerda a un niño gritando a voz en cuello “¡¡¡A Elche!!!”, “¡¡¡¡A Albacete!!!”, “¡¡¡A Madrid!!!” mientras echa cartas en un buzón, ahora ya saben el porqué. Sirvan estas anécdotas para recordar que Vicente Mora Antón, que pasó los últimos 15 días de su vida solo y enfermo de Parkinson en una residencia hasta que se lo llevó este virus inhumano, no es una cifra ni lo será jamás.

Esperemos que esta carta llegue a todas partes a lomos de esta habanera ilicitana que Vicente quiso escuchar antes de partir.

#noesunacifra