Los 30.000 portavoces del Gobierno (... y la foto)

Según el secretario general de UGT, Cándido Méndez, que pasa por ser el cuarto ‘vicepresidente’ del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, “el Gobierno está pagando una factura

Según el secretario general de UGT, Cándido Méndez, que pasa por ser el cuarto ‘vicepresidente’ del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, “el Gobierno está pagando una factura muy pesada por cómo está comunicando sus propuesta a la sociedad… tienen que resolver su problema de comunicación”. Un tipo tan inteligente y bien preparado como el sociólogo Ignacio Sánchez Cuenca escribía en el diario El País (siempre este periódico como referencia crítica al Gobierno socialista, al menos en los últimos tres meses), que “Zapatero y su Gobierno a veces actúan de forma desconcertante (…) Nunca entenderé por qué el Presidente se metió en aquel tira y afloja semántico sobre si la crisis sí o si la crisis no. (…) También han provocado cierto pasmo los vaivenes sobre el alcance de la protección a los parados sin subsidio o la manera de comunicar la inminente subida fiscal. Por no mencionar la tendencia del Presidente del Gobierno a hacer pronósticos constantemente, casi siempre fallidos, como si fuera una especie de hombre del tiempo económico. Sin duda  habría sido mejor que el Gobierno gestionara con mayor claridad y eficacia estos asuntos.”

Tanto Méndez como Sánchez Cuenca, ambos favorables a Zapatero, denuncian lo mismo: una clara ausencia de política de comunicación. No ha habido charco en el que el Presidente no se metiese (¿recuerdan los vaticinios sobre el fin del terrorismo horas antes del atentado en la T-4 de Barajas?), ni precipitación pública que no cometiese (¿recuerdan este agosto cuando Zapatero se desdecía del Real Decreto-Ley de los 420 euros en cuanto a sus plazos de percepción?), ni torpeza de aficionado que no perpetrase (¿recuerdan la foto familiar con Obama y su mujer?). Mecido por la autocomplacencia de su telegenia y de su voz radiofónica, el Presidente dispone de una alta consideración de sí mismo. Pero, aunque siempre es bueno situar en niveles elevados la autoestima, la comunicación de un Gobierno en una situación de crisis no permite ni juego de adivinadores ni, muchos menos, improvisación.

El PSOE acaba de incurrir en otra ocurrencia al anunciar Leire Pajín, su secretaria de organización, nada menos que la puesta en marcha de un plan en virtud del cual treinta mil militantes socialistas se aplicarán a la tarea de explicar el “ajuste fiscal” a la opinión pública. Más disparate comunicacional fruto de una mentalidad política de agit-pro,  de populismo y de política “descamisada” que se compadece mal con el aparato del que dispone la vicepresidenta primera del Gobierno para cubrir ese esencial flanco del Gobierno.

Hubo Gobiernos, con González y con Aznar, que incluyeron en el equipo a un ministro portavoz (de Rosa Conde a Pío Cabanillas). La opción de Zapatero ha sido entregar la Secretaría de Estado de Comunicación –y mucho más—a Fernández de la Vega que no ha potenciado precisamente ni a la titular, Nieves Goicoechea, ni a los buenos profesionales que le rodean, sea en el área de información nacional, sea en la de internacional. La vicepresidenta lejos de profesionalizar esa instancia, se ha rodeado de personas de su estricta confianza tan fieles seguramente como poco duchas en las artes de la comunicación. El resultado está a la vista: sobre la dificultad de transmitir malas políticas, la comunicación en sí (la oportunidad, el lugar, la semántica, el portavoz adecuado…) es infinitamente ineficiente.

Los medios han reprobado la conducta del Presidente

Pero no acaban ahí las cosas: la comunicación comprende también un tarea delicadísima que es la de las relaciones con los medios de comunicación (periódicos de papel y digitales, radio, televisión) y el manejo de la interlocución con sus responsables y, en fin, el tratamiento de sus problemas que en estos tiempos son graves y complejos. Tampoco ahí ha acertado el Gobierno porque el sector de los medios está –además de arruinado—metido en banderías como nunca antes y el Ejecutivo está irrumpiendo en él con medidas, algunas consumadas y otras en proyecto, a las que les sobra intencionalidad y les falta reflexión y ecuanimidad.

La ya célebre fotografía de la familia de Zapatero con los Obama se convierte así en el punto de inflexión de la pésima comunicación del Gobierno. Cuando su presidente dice defender a brazo partido la intimidad de sus dos hijas menores de edad, comete la incoherencia, o incurre en la ignorancia, tal vez en la prepotencia, de llevarlas en una legación oficial al centro mediático universal al lado del presidente estadounidense con más tirón visual e informativo de las últimas décadas.

Como si de un aficionado se tratara, Zapatero pretende, en aplicación de la ley del embudo, caprichosamente, que hasta su mayor contradicción le sea respetada universalmente, incluida la Casa Blanca. Incluso aquellos medios que respetaron sus deseos y no publicaron la instantánea más o menos pixelada de su familia, han reprobado la conducta del Presidente. Su foto familiar con Obama ha resultado una metáfora –quizá algo más—de la improvisada comunicación del Gobierno, de la banalidad del propio presidente y, en definitiva, del amateurismo con que se conduce en un aspecto estratégico de la gobernación. Si ahora Leire Pajín nos adelanta que treinta mil militantes socialistas van a oficiar de portavoces gubernamentales para explicar (¿) la subida de impuestos, España puede ser una inmensa Babel convulsionada por una foto familiar de los Rodríguez Zapatero que nos remite a un país enfermo de esquizofrenia.

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