La sucesión de 'Gordon' Zapatero

Como escribió en diciembre de 2009 el sociólogo y profesor de Esade, José Luis Álvarez, “el primer reto de Zapatero es ya su sucesión” porque, insistía,

Gordon Brown y José Luis Rodríguez Zapatero (Reuters)

Como escribió en diciembre de 2009 el sociólogo y profesor de Esade, José Luis Álvarez, “el primer reto de Zapatero es ya su sucesión” porque, insistía, el PSOE tiene dos opciones: “la primera es resignarse a la alternancia, sin tomar la iniciativa, que es lo que más conviene a Rajoy”, o “utilizar la carta de la sucesión en el liderazgo para tomar la iniciativa y cambiar la dinámica competitiva (…)”. Este planteamiento está hoy más vigente que nunca. Después de una semana pavorosa en la que el presidente sigue siendo incapaz de asumir con mínima credibilidad el plan de ajuste y de reformas que requiere España, y tras la derrota de Brown en las legislativas del pasado jueves en el Reino Unido, los acontecimientos le están mostrando la puerta de salida. Si su correligionario británico –único gran apoyo de Zapatero en la UE— hubiera cedido el testigo a David Miliband, secretario de Exteriores, un laborista de origen polaco-hebreo, con experiencia y juventud al mismo tiempo (45 años), quizás las cosas se estarían produciendo de manera distinta en Gran Bretaña.

De la misma manera que el actual laborismo y que el anterior Gobierno conservador griego –que engañó y regateó la crisis— nunca hubieran podido plantear un plan de rescate como el del actual primer ministro George Papandreu, tampoco Zapatero está en condiciones de liderar una salida de la recesión. Brown no ha sido aceptado por el electorado y el presidente del Gobierno español tampoco lo será, como ya lo indican las encuestas con una unanimidad que personaliza en su figura los males que aquejan a España: desconfianza, improvisación, falta de coraje e impericia técnica.

Como decía Álvarez en diciembre de 2009, Zapatero “ya no tiene nada sustancialmente nuevo que ofrecer”, y su derrota en las elecciones próximas “puede abocar al PSOE a una travesía del desierto similar a las de sus correligionarios franceses, italianos o alemanes”. Ahora, habría que añadir a los británicos. Efectivamente, Zapatero es una persona que está de más en el panorama español. Carece de credibilidad para hacer lo que todos saben que hay que hacer y que él no hizo por mesianismo ideológico y por ventajismo político. Se encuentra condicionado por su propio discurso y por los sindicatos. Y por la oposición de izquierdas –ERC, ICV e IU— que no le dará el más mínimo margen. Y al PP no puede pedírselo porque los populares son la alternativa con convicciones ideológicas para reformar el mercado de trabajo, imponer un sistema financiero vigilado adecuadamente, reestructurar la fiscalidad y ajustar el gasto público.

De siempre ha sido así en España: la derecha ajusta en las crisis y la izquierda suele dedicarse a repartir la bonanza con una cierta ligereza. Salvo España, Portugal y Grecia, el mapa europeo es hoy de centro-derecha, conservador. Además, Zapatero no quiso ver la crisis y trató de obviarla echándose luego en manos de los sindicatos que se han convertido en huraños vigilantes de la ortodoxia “social” que el propio Presidente se ha autoimpuesto. Zapatero está en su laberinto.

La división del PSOE

Por si fuera poco, el secretario general y jefe del Gobierno ha dividido al PSOE. Además de fulminar a los componentes de la Nueva Vía –lo mismo que Brown se ha cargado el Nuevo Laborismo que inspiró el intelectual Anthony Giddens- que le llevaron a la secretaria general, el partido se le cuartea por la mala operación de desplazar a José Blanco a la vicesecretaria general del PSOE y al ministerio de Fomento, y dejar a Leire Pajín en la estratégica secretaría de organización. En Valencia y en Madrid, el PSOE, literalmente, carece de cualquier opción ante el PP –ganará Aguirre y lo hará cualquier candidato en la ciudad del Turia-, no tiene repuesto en Aragón, es flojo el candidato Griñan en Andalucía y carece de  recambio para Areces, mientras Barreda, que se ha hundido con la retirada del Estatuto castellano-manchego, será barrido por María Dolores de Cospedal.

José Blanco y José Luis Rodríguez Zapatero (Efe)

Para empeorar la situación, los socialistas catalanes están profundamente escindidos en su consideración política y hasta ética sobre Zapatero. La mayoría no le quiere en la campaña catalana y se siente profundamente traicionada por el jefe del Gobierno en el Estatuto y en el manejo de los tiempos de la renovación del Tribunal Constitucional. No hay una personalidad –con la salvedad de José Blanco—que emerja en el PSOE, al que el presidente ha convertido en un erial de políticos seniors a excepción de un huidizo Pérez Rubalcaba.

Blanco, vicepresidente y sucesor

El entorno del presidente del Gobierno supone que, aunque aguantará hasta la derrota en las elecciones autonómicas catalanas de noviembre, antes cambiará el Gobierno, y según cómo lo haga se sabrán sus intenciones. Si nombra a José Blanco vicepresidente único del Gobierno y lo flanquea de técnicos dispuestos a practicar cirugía mayor, será la clave para pronosticar que él, siguiendo el consejo del sociólogo Álvarez, asumirá el reto de marcharse y no repetir candidatura. Aunque preocupe la imagen de Blanco –no universitario y con perfiles ariscos—, la mayoría del entorno presidencial y de Ferraz coinciden en que es un hombre con instinto político, sensato, con mando en plaza, fiel a Zapatero –pero más al propio PSOE—que sabría cerrar este capítulo con dignidad y cumplir igualmente en una campaña contra Rajoy.

Para la antigua guardia socialista, Blanco es la mejor de las opciones. Bono –estrangulado por las informaciones de procedencia varia (derecha e izquierda) sobre su abultado patrimonio— ha quedado neutralizado para cualquier aventura de futuro, no tanto porque se haya demostrado ninguna corruptela, cuanto por el estilo político y personal que denota una actividad económico-patrimonial tan intensa, poco compatible con un discurso que zahiere el enriquecimiento rápido. No hay nadie –pero nadie, nadie— en el PSOE que no sea Blanco. Es más: la desactivación de Bono es como una premonición de que el actual ministro de Fomento se convierte en la opción, prácticamente la única, para la navegación en los próximos meses.

Las encuestas desde periódicos nada hostiles al presidente del Gobierno, o al menos dentro del ámbito de la izquierda, son mensajes sin necesidad de traducción pidiéndole que recapacite y se vaya. Los fiascos de Sebastián (¡Qué desaguisado está perpetrando este hombre con el sector energético español!), Salgado y Corbacho, así como  la irrelevancia de otros ministros, ofrecen un panorama desolador que no queda paliado por mucho que intente hacer políticas de Estado con la oposición. España no se libra, pues, del vendaval europeo que quiere gente que no se haya contaminado con el consentimiento, la complacencia, la tardanza o la benevolencia con la crisis. Por eso, el reto de Zapatero es, efectivamente, su sucesión. O sea, marcharse. Como debió hacerlo su amigo Brown dejando a Miliband. Y éste es el tema político del momento.

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