España zarandeada, pobre y débil

En tiempos pasados -el primer tercio del siglo XX- España dispuso de la agarradera moral de una explicación a su propio desconcierto. “Nos pasa que no

En tiempos pasados -el primer tercio del siglo XX- España dispuso de la agarradera moral de una explicación a su propio desconcierto. “Nos pasa que no sabemos lo que nos pasa”, escribió José Ortega y Gasset, autor de “España invertebrada” y “La rebelión de las masas”. Pero no fue el único que alumbró con un potente foco los males de España: lo hicieron Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno, entre otros muchos que, como en oleadas, integraron generaciones de intelectuales que alcanzaron a sus discípulos más relevantes, la mayoría exiliados por la inundación del franquismo, desde una María Zambrano a un Salvador de Madariaga, y en el interior, en la dictadura, a un Julián Marías que trató de explicarse y explicarnos la nación con su “España inteligible”. Sánchez Albornoz, para unos, y Américo Castro, para otros, compusieron una sinfonía de relectura histórica apasionante que han recogido hombres y mujeres que, más en la sombra de lo que merecen sus saberes y méritos, escriben esforzadamente textos que serán luego ilustradores del momento actual.

Ahora España está siendo zarandeada. ¿Cómo hemos pasado de constituir el milagro de la Europa de la Unión a la procaz imagen encaramada en la primera página de The New York Times (6 de abril pasado) que nos distingue por ser el país con más burdeles del Continente? ¿Cómo es que las fotografías turísticas han sido sustituidas en la prensa internacional por los embozados destructores en los graves incidentes callejeros de Barcelona el 29-M? ¿Por qué un Monti o un condecorado -nada menos que con el Toisón de Oro- Sarkozy utilizan España como chivo expiatorio o como coartada para sus intereses gestores o electorales cuando antes suscitábamos el elogio y la admiración? ¿Qué ha sucedido para que el número dos de la OCDE, el norteamericano Richard Boucher, declare públicamente que España sólo “vale para el flamenco y el vino”? Y lo más grave: ¿Cómo hemos llegado al punto de que la presidenta de la Republica argentina expropie, incurriendo en manifiesta ilegalidad internacional, una parte sustancial de la empresa energética más estratégica del sector como Repsol-YPF y lo haya hecho a pesar de las advertencias del Gobierno y, las menores, de la Unión Europea?

Demos tiempo al nuevo Gobierno, pero a condición de que entienda que su gestión no puede ser la ordinaria, ni la convencional, ni la meramente reformista, sino una gestión integral de cambio profundo y radical, algo así como un ‘auto rescate’ de España por España

El diagnóstico es relativamente sencillo: nos ocurre que, habiéndonos perdido el respeto como ciudadanos democráticos de un país con un sistema político que apuntaba a superar nuestros hándicaps históricos (“es español quien no puede ser otra cosa”, dijo Cánovas del Castillo), los demás también lo han hecho. Perderse el respeto a uno mismo es un reclamo para que lo hagan lo demás. Y así ha sido. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; nuestros dirigentes han omitido la preservación de los códigos de valores cívicos; se ha legislado contra el sentido común; se ha banalizado la excelencia, el esfuerzo y el rigor; la política española se ha convertido en el patio de Monipodio; los contrafuertes del sistema están fallando -ostensiblemente la Jefatura del Estado, que ha flaqueado en el peor momento en esté hondón en el que está instalada España--; nuestros Ejecutivos -en particular el anterior- nos han retirado de la escena internacional que nos correspondía (“España es el problema, Europa la solución” exclamó Ortega) llevándonos a aventuras improbables como esa de la Alianza de las Civilizaciones, deshabilitando la política exterior antes construida; hemos acentuado los vicios nacionales, regresando al despilfarro y a la corrupción que se han llevado por delante la mitad del sistema financiero, la viabilidad del modelo autonómico, la respetabilidad de la clase política, la democracia interna de los partidos y la independencia y futuro de buena parte de nuestro entramado informativo y de opinión.

Sea causa o efecto, toda esa situación nos conduce a la pobreza y la debilidad. El informe de ayer del Fondo Monetario Internacional resulta desolador y lo corrobora: España se sume en una recesión profunda en este 2012 (-1,8% del PIB) y no alcanzaremos el 3% del déficit hasta 2018. En términos técnicos ¿es la española una economía fallida? Quizás sea pronto para formular una repuesta rotunda y segura. Pero no lo es para advertir que el festival de improvisación normativa de los últimos años y la mala gestión de la crisis han descapitalizado a nuestras principales empresas: las del Ibex han perdido desde 2007 la mitad de su valor (en torno a cuatrocientos mil millones de euros). Esta sangría ha dejado a nuestras empresas a la intemperie. Y al albur de mercados especulativos o de buscadores de saldos. El Estado ha colaborado activamente a esta desprotección peligrosísima: por una parte, se ha privado de algún arma de defensa a los sectores estratégicos (más allá de la llamada “función catorce”) y ha suprimido la limitación del ejercicio de los derechos políticos que protegía a los minoritarios y preservaba de especuladores los grandes proyectos industriales. Monti ha olfateado el peligro y ha reinstalado el blindaje de las empresas estratégicas italianas (defensa, energía y comunicaciones). El tecnócrata ha adaptado el régimen de intervención del Estado en las empresas públicas y privatizadas a las exigencias de la UE, logrando exactamente lo que España necesita.

El clarinazo que supone las fallas institucionales en el sistema; el zarandeo internacional de nuestra imagen y reputación; la descapitalización de nuestras empresas y su desprotección en un mercado global agresivo; la debilidad de nuestra política exterior y las peores expectativas posibles difundidas ayer por el FMI para nuestro país, deberían provocar una reacción inmediata cuando avanzamos hacia los seis millones de desempleados. Demos tiempo al nuevo Gobierno, pero a condición de que entienda que su gestión no puede ser la ordinaria, ni la convencional, ni la meramente reformista, sino una gestión integral de cambio profundo y radical, algo así como un ‘auto rescate’ de España por España. Hay que desprenderse de la sugestión que provoca al suicida el vértigo del abismo. A veces -y tenemos algún antecedente en nuestra historia- nos hemos entregado colectivamente al vacío. Y para protegernos debemos estar unidos: ser solidarios en el esfuerzo de ganar un futuro que teníamos al alcance de la mano y que se nos ha ido de las manos.

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