La Operación Don Felipe, en marcha

No fue ayer la primera vez que un Rey de España pide perdón a su pueblo. Lo hizo Don Alfonso XIII hace ahora poco más de

No fue ayer la primera vez que un Rey de España pide perdón a su pueblo. Lo hizo Don Alfonso XIII hace ahora poco más de 81 años, en las últimas horas del 14 de abril de 1931. El abuelo de Don Juan Carlos, en un texto que ha pasado a la historia, reconoció haber perdido “el amor de su pueblo”, aunque su conciencia le decía -y acertó-que “ese desvío no será definitivo”. Y añadía: “Un Rey puede equivocarse y, sin duda, erré yo alguna vez, pero bien sé que nuestra patria se mostró siempre generosa ante las culpas sin malicia”. Esta petición de perdón real se produjo a destiempo y camino del exilio. La de ayer del Rey -claramente inspirada por la de su antecesor y quizá para evitar lo que sucedió entonces a la Corona- se pronunció sin esa solemnidad y con un cierto patetismo gestual. “Lo siento mucho. Me equivoqué y no se volverá a repetir”. El Monarca cedía con estas palabras a la presión de su entorno que durante las últimas cuarenta y ocho horas le hizo ver -con los textos de prensa en la mano- que no tenía alternativa: o pedía perdón y trataba de recuperar la empatía con una buena parte de la sociedad española, o la Monarquía corría, esta vez sí, un serio peligro. La cuestión no era rescatar al Monarca de un estado de opinión muy crítico difícilmente reversible -aunque sí matizarlo- sino evitar hipotecar el futuro de Don Felipe y, por lo tanto, de la institución.

Don Juan Carlos ha logrado proporcionarse un balón de oxígeno y ha asegurado que su hijo y heredero le suceda. La abdicación, aquí y ahora, queda por completo descartada con este regreso a la realidad del jefe del Estado que dará pie al PP, PSOE y CiU y al propio Gobierno para esquivar la ofensiva de la izquierda y derecha republicanas y acometer la regulación de la Corona que se sostiene cosida al sistema político por las insuficientes previsiones del Título II de la Constitución. Ahora es preciso abordar el desarrollo del artículo 57 de la Carta Magna y elaborar una serie de disposiciones que eviten que en el futuro el titular de la Corona tenga que pasar por el trance de pedir perdón. Una actitud humilde que de forma más indirecta también han exhibido soberanos como Isabel II en agosto de 1997 -tras el fallecimiento de Diana de Gales- y Carlos Gustavo de Suecia, que se excusó por sus correrías en lugares impropios en junio de 2011, en medio de ostensibles peticiones de abdicación en su hija la princesa Victoria.

El comportamiento medido de la Reina ha sido decisivo en esta crisis. Su determinación de no alterar su estancia en Grecia pese a ser conminada a regresar a España de inmediato; la expresiva y severísima brevedad de su visita el pasado lunes al postrado Rey, recién operado, y la larga conversación que ambos mantuvieron el martes en estricta intimidad sobre los acontecimientos que abatían la nave familiar y el futuro de Don Felipe y de la Corona, han resultado piezas esenciales en la resolución de una difícil ecuación: salvar la imagen del Rey, sostenerle al frente del Estado y franquear la sucesión cuando -mucho más adelante, en una España sin tanta convulsión- las circunstancias lo aconsejen.

Quizá nunca el Rey lo fue más que cuando desgranó once palabras que salvan la Corona: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”

Pero junto a la perspicacia dolida de la Reina, la voz de la opinión pública a través de muchos (no todos, ni siquiera los más obligados a transmitirla) medios de comunicación -y tanto el Monarca como en su Casa saben distinguir las voces de los ecos- llegó hasta el lecho del Rey. La declaración intencional de la Zarzuela según la cual el Rey leía lo que se estaba publicando “y es bueno que lo haga” (sic), delataba que su entorno no jugaba a la ocultación sino a la rectificación. No sólo por las consecuencias del viaje a Botsuana, sino también por las derivadas gravísimas de la yuxtaposición de reveses a la credibilidad e imagen de la Corona y de la Familia Real. Y un tercer factor, igualmente decisivo: la profesionalidad del Príncipe de Asturias que de forma natural e inmediata tomó las riendas de la agenda de su padre a plena satisfacción de cuantos han tenido ocasión de estar con él y observarle de cerca.

La iniciativa del Rey -que quizás debió disponer de una puesta en escena más apropiada que un pasillo de un hospital porque lo que ganaba en espontaneidad lo perdía por sordidez- es el desenlace de una crisis de la Corona que no concluye más que este episodio pero abre una nueva etapa. Porque la Monarquía era, hasta el momento, el único espacio institucional que seguía rentabilizando la holgura permisiva de la Transición. Ayer se acabó el margen de discrecionalidad -que ha devenido excesivo- de que gozaba el Monarca por los indudables e innegables méritos contraídos, y comienza, en serio, de verdad y en profundidad, la reconversión de la Corona en un vértice institucional del Estado sometido al Parlamento y adosada la gestión de sus facultades a los criterios del Gobierno sin perjuicio de la autonomía que corresponde al Rey en el arbitraje y moderación de las instituciones y, por supuesto, de su función simbólica y representativa.

La Operación Don Felipe se ha puesto en marcha y debe ir adquiriendo velocidad. El Príncipe de Asturias ha de afrontar un calendario de compromisos públicos que, algunos difíciles como la final de la Copa del Rey, le granjearán máxima visibilidad y, a la inversa, situarán al Rey en un segundo plano, tanto porque así lo exige su recuperación, como por la conveniencia de que forme un tándem con el heredero, bajo la atenta mirada de la Reina. Han de terminar las compañías impropias -sean de la naturaleza que fueran- y pasar de los discursos ejemplares a los hechos que efectivamente lo sean.

Por lo demás, ayer Don Juan Carlos -al menos para las generaciones que observan en su figura a un hombre singularísimo sin cuyo concurso quizá la democracia no hubiese prosperado como lo hizo- suscitó pesar por la tensión y amargura que transmitía su rostro contraído y triste. Pero quizá nunca el Rey lo fue más que cuando desgranó once palabras que salvan la Corona: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Su abuelo Alfonso XIII dijo que “nuestra patria es generosa ante las culpas sin malicia”. Seguramente, el Rey ha padecido del mal de altura y ayer hizo un aterrizaje de emergencia que le ha devuelto a una realidad en el que la ciudadanía tiene ya la última palabra.

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