Diada 2012, ¿ante el fin del catalanismo?

En Barcelona no se produjo ayer una “algarabía”, como quiso relativizar el presidente del Gobierno. Fue una manifestación -con unas dimensiones cuantitativas sin precedentes- de carácter

En Barcelona no se produjo ayer una “algarabía”, como quiso relativizar el presidente del Gobierno. Fue una manifestación -con unas dimensiones cuantitativas sin precedentes- de carácter independentista en la que se reclamó un ‘Estado propio para Catalunya’. Cierto que no todos los manifestantes acudieron a la concentración por similares razones. Junto a los soberanistas, estuvieron presentes los nacionalistas que gobiernan la comunidad, los militantes en el catalanismo cultural, los miles y miles de ciudadanos dominados por un cabreo sordo ante la recesión del bienestar en sus propias vidas, y en las ajenas, y los que pedían un pacto fiscal, es decir, la caja y la llave de la caja de una agencia tributaria propia. Pero, sea cual fuere la motivación por la que tantos cientos de miles de catalanes acudieron al llamamiento de la Asamblea Nacional de Catalunya, la verdad es que el independentismo ha ganado allí la batalla ideológica sobre el nacionalismo moderado y el autonomismo, como se felicitó ayer en la Sexta el diputado de ERC Joan Tardá. Para los republicanos independentistas ha sido un éxito arrastrar a la manifestación al líder de UDC, Duran Lleida, y a un sector del PSC, cuyos cuadros dirigentes evitaron secundar, con el PP y Ciudadanos, la que ha sido una arrolladora convocatoria.

El Gobierno de Artur Mas se introduce con su apoyo a esta manifestación en una dinámica que le puede devorar, porque si su pretensión consistía en que la riada humana que ayer recorrió el centro de Barcelona sirviese para respaldar su reclamación de un pacto fiscal con el Estado, similar al Concierto vasco y al Convenio navarro, parece seguro que las aguas han ahogado esa pretensión, a la que se ha sobrepuesto la reivindicación independentista. CiU sabe -como otras instancias catalanas, en particular las de carácter empresarial y social- que el independentismo representa un grave problema para España, pero no menor para Cataluña. En el mejor de los casos para las tesis de los independentistas, sólo el 50% de los ciudadanos de Cataluña estaría por la secesión. Cifra insuficiente.

Sea cual fuere la motivación por la que tantos cientos de miles de catalanes acudieron al llamamiento de la Asamblea Nacional de Catalunya, la verdad es que el independentismo ha ganado allí la batalla ideológica sobre el nacionalismo moderado y el autonomismo

Saquemos alguna conclusión adicional, pero importante, de la Diada de ayer. No es convincente ya acudir a la historia para legitimar o desmontar el independentismo; tampoco parece factible conciliar con ecuanimidad cuánto de real y cuánto de victimismo converge en las reivindicaciones del independentismo catalán; ni, a estas alturas, se admitiría en Cataluña que su política y el relato de su momento histórico son frágiles porque están trenzados con grandes contradicciones. Seguramente, tampoco el resto de los españoles están-estamos dispuestos a reconocer que, respecto de Cataluña, se han cometido muchos y repetidos errores. En mi muy modesta opinión, siendo muy serio el reto que Cataluña plantea al Estado, tiene mucho más calado el que la propia Cataluña se plantea a sí misma, a su pluralidad, a su convivencia y a su propio futuro. Lo que ocurrió ayer en Barcelona es un hito para España -signada siempre por el fracaso de su cohesión territorial- pero es un descomunal desafío para los catalanes y para el nacionalismo, que ha llegado prácticamente a sus planteamientos programáticos máximos pero a empellones propinados por las fuerzas políticas y los movimientos sociales con tesis tradicionalmente alejadas de los de la federación nacionalista gobernante. CiU ha sufrido un proceso de fagocitación.

El independentismo catalán ha jugado siempre con una baza: la advertencia-reclamación de la secesión provoca en el resto de España una ola de irritación. Quizás haya llegado el momento de asumir que Cataluña es una pieza sustancial del Estado y de España que desea quebrar la unidad constitucional. España no ha de tener miedo a su propia realidad -sólo hay que tener miedo al miedo, como propugnada Franklin D. Roosevelt- y debe abordar como otros Estados con graves tensiones internas (Canadá con Quebec; Reino Unido con Escocia; Italia con Lombardía; Bélgica con Flandes y Valonia…) la cuestión catalana, sobre la base de que ha de intervenir la alta política y permitir a los catalanes que, después de la enorme y expresiva manifestación de ayer, gestionen su propia energía soberanista en dos marcos jurídico-políticos que le circundan: el español y el europeo. Y si el reto español es enormemente complicado, lo es aún más el europeo en una coyuntura de Gran Recesión como la actual.

No es preciso, en momento tan grave, tan convulso y tan triste para muchos, entre los que me cuento, ir más allá. Acaso apuntar que el catalanismo -admirable por tantas razones- ha dejado de significar lo que venía significando, porque el independentismo ha ganado la batalla ideológica en Cataluña, y por lo tanto ese paraguas que acogía la muy plural identidad catalana -mayoritariamente compatible con la española- ya no será lo que era: transversal e integrador. Y una coda, también lamentable: muchos españoles -más de los que podría pensarse- están por la independencia de Cataluña. La ruptura, me temo, es recíproca para tantos miles de españoles como ciudadanos catalanes se manifestaron ayer en la ciudad Condal. Recomponer este entuerto -si posible fuera- es tarea de estadistas. Y no se sabe ni quiénes son ni dónde están. Vuelven a campar en España sus viejos demonios familiares.

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