“La dramática inhabilidad de los españoles…”

  “Dichosos los pueblos cuyos anales son aburridos” (Barón de Montesquieu) Pedro Laín Entralgo definió

 


“Dichosos los pueblos cuyos anales son aburridos” (Barón de Montesquieu)

Pedro Laín Entralgo definió el problema de España como la dramática inhabilidad de los españoles desde hace siglo y medio para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y social y acerca de las más importantes reacciones intelectuales frente a esa interna vicisitud de nuestra historia” (Prólogo a la edición de España como problema de 1955). En estos tiempos de plomo estamos viviendo un brote de esa inhabilidad para sentirnos, no ya satisfechos mínimamente de lo que hemos hecho juntos, sino solidarios y ciudadanos conscientes de nuestras responsabilidades. La superposición de crisis -económica, institucional, constitucional y de valores- ha llevado al país a la desmoralización en un nuevo movimiento ciclotímico en el que ocurre lo que escribió Antonio Machado: “En España de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Los dos intelectuales tenían razón, somos inhábiles para construir sólidamente nuestra convivencia y asumir nuestras propias contradicciones y, en la discrepancia o la confrontación, tendemos a embestir y no a reflexionar.

En ese cuadro puede explicarse -no justificarse- que la mayoría de las fuerzas políticas parlamentarias de Cataluña proclame la necesidad de que la ciudadanía se pronuncie en un referéndum -sin decir ni cómo ni cuándo- sobre la autodeterminación de la comunidad autónoma, iniciando un proceso de secesión que desconoce los treinta cuatro años de democracia en los que los catalanes han recuperado después de casi trescientos años sus instituciones históricas, la gestión de sus asuntos públicos, la promoción de la lengua catalana y de su patrimonio cultural. Parece no importar a la clase política catalana –que constituye con la española ya uno de los graves problemas para los ciudadanos por su endogamia y alejamiento de la realidad- que, sobre la infracción flagrante de la Constitución, se echan por la ventana siglos de convivencia y se elevan las fricciones y agravios a una categoría rotunda que merecerían la afirmación apodíctica de que “Cataluña ya no tiene recorrido en España”. Repetimos la historia en versiones distintas: este intento secesionista es el que corresponde, al parecer, al siglo XXI después de que en el XX hubiera otros dos –distintos en la forma aunque similares en el fondo- en 1931 y 1934.

En esa misma lógica de inhabilidad y embestida machadiana hay que insertar el acoso al Congreso de los Diputados, rodeado en doble círculo, por la policía y por los manifestantes, exportando el acontecimiento reiterativo a través de unas imágenes letales en la prensa internacional

En esa misma lógica de inhabilidad y embestida machadiana hay que insertar el acoso al Congreso de los Diputados, rodeado en doble círculo, por la policía y por los manifestantes, exportando el acontecimiento reiterativo a través de unas imágenes letales en la prensa internacional después de que esos mismos medios –con notable ignorancia favorecida por la ausencia de un relato nacional convincente- se hayan ensañado con nuestros problemas que, siendo importantes, no son ni peores ni más graves que otros similares en los propios países que se presentan como paraísos. Eso no es, sin embargo, lo peor. Lo peor es que los gritos de los ciudadanos que protestaban reclamaban un período constituyente y negaban a los diputados su carácter representativo. De nuevo el reflejo de la historia: ¿Cuántas veces en España los poderes legítimos han sido yugulados por la revuelta o por el espadón? Los indignados, que se creen la quintaesencia de la democracia asamblearia, se comportan exactamente igual que los absolutistas que, con el felón Fernando VII, enterraron la Constitución de Cádiz de 1812, la primera ilustrada, con vocación nacional y pensada para “los dos hemisferios”. 

Los españoles -dramáticamente inhábiles para sentirse aunados en un proyecto común, plural y solidario- despreciamos hasta nuestras mejoras gestas ciudadanas: la transición lo fue y se ha quedado en el olvido; lo fue una clase política a la que se entregó el poder y que ha ido degradándose en la manera y forma que denunciaba César Molinas (Una teoría de la clase política española, El País de 9 de septiembre) según el cual la dirigencia se ha convertido en una “elite extractiva” de rentas gracias a un sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas que adensan un ambiente democráticamente irrespirable, mientras el nuestro es el país con más ninis de la Unión Europea: uno de cada cuatro jóvenes ni estudia ni trabaja según el último informe de la OCDE, aunque el nivel de inversión en educación -contra lo que se suele decir- está en la media europea.

No tenemos tampoco eso que Laín denominaba hombres pontificales, que él definía como aquellos que unen; por el contrario, en nuestra historia y en el presente, abundan los hetericales, es decir, los que saben dividir y enfrentar y lo hacen a ciencia y a conciencia. Lo que explica que en el siglo XIX España se desangrase en tres guerras civiles (las carlistas) y otra terrible en el pasado (1936-39), muestra extrema del embestir y no reflexionar al que aludía Machado. Más allá de gobiernos incompetentes, los intelectuales más solventes nos advierten de -lo acaba de hacer la siquiatra Lara Morón- que las dificultades nos llevan “a la apatía y a perder las ganas de pelear”. En ese cuadro puede explicarse -no justificarse- que la mayoría de las fuerzas políticas parlamentarias de Cataluña proclame la necesidad de que la ciudadanía se pronuncie en un referéndum -sin decir ni cómo ni cuándo- sobre la autodeterminación de la comunidad autónoma

Cunde la desconfianza y el desfondamiento y apenas emergen mentes claras como las agrupadas en torno al Círculo Cívico de Opinión que “ante el gran número de españoles que está viviendo la crisis actual como un auténtico fracaso del país en su conjunto”, propugnan “una democracia de calidad frente a la crisis” proponiendo “perseguir el bien común”, tener “la equidad como fin”, aprestarnos a “cambiar el orden de los valores”, comprometernos a “decir la verdad”, avanzar en una cultura de la ejemplaridad”, no dudar en “rechazar lo inadmisible”, ir decididamente a “potenciar el esfuerzo”, superar “la partidización de la vida pública”, aumentar el “sentido de la profesionalidad”, “promover la educación”, “recuperar el prestigio” y “construir un marco de valores comunes”. Firman estas ideas-fuerza, no precisamente un político, sino Victoria Camps, Adela Cortina y José Luis García Delgado. Son de los que piensan y no embisten, y han superado la dramática inhabilidad para entender la convivencia y sus problemas. Lo que nos proponen tiene todo el sentido en una sociedad declinante y angustiada, inhábil y extremada, que ha perdido la confianza en sí misma. 

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