El cataclismo y Fernández; el chantaje y Junqueras
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José Antonio Zarzalejos

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El cataclismo y Fernández; el chantaje y Junqueras

“¿Vamos al cataclismo?”, se pregunta Javier Cercas en referencia al proceso soberanista. “Hay gente bien informada que viene advirtiéndolo"

placeholder Foto: David Fernández, diputado de CUP, amaga con lanzarle una sandalia a Rodrigo Rato. (EFE)
David Fernández, diputado de CUP, amaga con lanzarle una sandalia a Rodrigo Rato. (EFE)

“¿Vamos al cataclismo?”, se pregunta el escritor catalán Javier Cercas en referencia al proceso soberanista. Su respuesta es la siguiente: “Hay gente bien informada que viene advirtiéndolo desde hace tiempo, y no sólo en privado. El itinerario sería el siguiente. Primero, quizá en 2014, el Parlamento de Cataluña hará una declaración unilateral de independencia. Luego pueden ocurrir dos cosas, la más verosímil de las cuales es que el Gobierno español suspenda la autonomía y declare el estado de sitio. A partir de ahí, todo es posible, sin excluir un estallido de violencia. Pero no es necesaria la violencia: lo más probable es que toda España se sumiría en una crisis profundísima, de consecuencias imprevisibles y de duración indeterminada. Ese sería el cataclismo, al que habríamos llegado sobre todo por dos motivos: la irresponsabilidad de unos iluminados que no han dudado en cabalgar un centauro nacido de un cruce entre la crisis económica y el idealismo y la buena voluntad mal informada de mucha buena gente y la necedad sin remedio del nacionalismo español.”

Difícil discrepar del análisis de Cercas (El País Semanal de 10 de noviembre). El cataclismo, en su segunda acepción, significa “gran desastre social, económico o político”, de tal manera que no es incurrir en alarmismo suponer que la secesión catalana -o, meramente, su intento unilateral- conllevaría un gran desastre para unos y otros. El giro radical de la política interna catalana alumbra síntomas de un diagnóstico grave. No se trata de anécdotas, sino de categorías. La imagen y las palabras arrojadas a Rodrigo Rato en el Parlamento de Cataluña por el diputado de la CUP (Candidatura de Unidad Popular), David Fernández Ramos, componen una situación impensable hace poco tiempo allí.

La sociedad catalana estimaba como un valor cívico la educación, el circunloquio y hasta el eufemismo. Muchos sostenían que tras esa fachada se escondía un redomado cinismo. No necesariamente.

Cuando murió en agosto de 2011 Heribert Barrera, primer presidente del Parlamento catalán (1980-84), el elogio fúnebre de Jordi Pujol consistió en recordar su “señorío y pulcritud” frente a la “zafiedad de la vida política actual”. En Cataluña la vida pública ha gozado siempre de una característica apreciadísima: la urbanidad y los buenos modos. La sociedad catalana estimaba como un valor cívico la educación, el circunloquio y hasta el eufemismo. Muchos sostenían que tras esa fachada se escondía un redomado cinismo. No necesariamente. Porque, como alguien ha escrito, la educación es una vacuna contra la violencia y Aristóteles sostuvo que la educación “consiste en dirigir los sentimientos de placer y de dolor hacia un orden ético”. De tal manera que conservar las formas y consideraciones hacia los otros supone también preservar la dignidad de la convivencia.

Aunque en Cataluña se ha producido un fuerte reproche mediático y social, aunque no general, a David Fernández Ramos por su amenaza gestual a Rato -sandalia en mano con ademán de lanzársela- y por sus insultos -le llamó gánster que en cualquiera de sus acepciones es una imprecación injuriosa-, lo cierto es que este personaje es el producto de una coyuntura histórica en aquella comunidad vinculada a la expresión de radicalismos de corte nacionalista y excluyente.

La CUP obtuvo en las elecciones catalanas el 3,48% de los votos (126.219 sufragios) y tres diputados. Los 21 de ERC han apoyado el comportamiento de Fernández acentuando así la deriva de la clase dirigente catalana. En otras palabras: el episodio de matonismo de Fernández Ramos no es una anécdota, no constituye una alarma fugaz, sino que es la reformulación en Cataluña de lo que en el País Vasco es el abertzalismo (“Abertzalismo catalán” de 8 de noviembre de 2013). La CUP recibió el apoyo expreso de Arnaldo Otegi. Indicativo.

Secuela de ERC

Los republicanos catalanes, integrados en una ERC asamblearia, alientan desde sus orígenes en 1931 un espíritu abiertamente insurreccional. Y lo mantienen como bien ha demostrado la amenaza-chantaje de Oriol Junqueras de “parar” una semana la economía catalana para que los mercados se alteren y la prima de riesgo española escale. Los diputados de la CUP no son otra cosa que una secuela del partido de Francesc Macià y Lluís Companys, que en 1931 y en 1934, respectivamente, como presidentes de la Generalitat hicieron sendas proclamaciones unilaterales de independencia de Cataluña.

Convergencia y Unió se convirtieron desde el alumbramiento de la democracia en formaciones superadoras de la pulsión antisistema y revolucionaria de ERC, a la que, en distinta medida, se han vinculado ahora en una decisión suicida

Convergencia Democrática de Catalunya y Unió Democrática, CiU, se convirtieron desde el alumbramiento de la democracia en formaciones superadoras de la pulsión antisistema y revolucionaria de ERC, a la que, en distinta medida -especialmente CDC- se han vinculado ahora en una decisión suicida. Junqueras lleva la batuta en su mano e impone su ritmo y el estilo radical e insurreccional, entrañados ambos en ERC. La consternación que causa este discurso en la Cataluña cotidiana carece de traducción práctica porque sus dirigentes continúan dócilmente amarrados al palo mayor del velero con el que pretenden llegar a la Ítaca independiente, de la que mañana se apeará lucidamente el PSC.

El linchamiento verbal y gestual a Rodrigo Rato en el Parlamento de Cataluña protagonizado por Fernández Ramos y la amenaza de Junqueras forman parte del cataclismo al que se refería Javier Cercas en su artículo que nos remite más que a un estallido callejero a la quiebra de un modelo de la vida pública en Cataluña y a la emergencia de un abertzalismo catalán que, precisamente CiU, tuvo buen cuidado en que no germinase en su comunidad mientras crecía ferazmente en el País Vasco. Cuando prende ya con raíz el esqueje abertzale en una sociedad en la que no existía será muy difícil extirparlo, mucho más si desde la moderación y la sensatez se ha transitado, con “el España nos roba”, a una radicalidad en la que la legalidad es ninguneada.

Y algo que agrava este episodio: que Fernández haya sido jaleado y aplaudido y su actitud considerada una forma legítima de ominosa justicia popular. Por eso -especialmente en el periodismo y en la política- hay que cuidar las palabras, eludir el insulto, argumentar en vez de dogmatizar y asumir que la educación no es una variante del cinismo sino un aristotélico comportamiento ético y cívico.

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