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El ostracismo de Aznar, Pedro J. y Rouco
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José Antonio Zarzalejos

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El ostracismo de Aznar, Pedro J. y Rouco

Siglos antes de nuestra era, los griegos idearon el destierro de las personas non gratas a la polis. Los ciudadanos se reunían en asamblea en la urbe,

Foto: El cardenal Antonio María Rouco Varela (EFE)
El cardenal Antonio María Rouco Varela (EFE)

Siglos antes de nuestra era, los griegos idearon el destierro de las personas non gratas a la polis. Los ciudadanos se reunían en asamblea en la urbe, siempre en los primeros meses de cada año, y escribían en trozos inservibles de cerámicas -llamadas ostracas- el nombre de la persona que debía ser aislada y obligada a alejarse de la ciudad, temporal o indefinidamente. De aquella práctica ha quedado el ostracismo que en una de sus acepciones significa el alejamiento al que se somete a una persona, generalmente, por no resultar grata a la comunidad.

En España se están produciendo tres casos clamorosos de ostracismo propiciado por el vacío al que el Gobierno -y con él de los representantes de poderes varios- ha sometido a tres personajes de nuestra vida pública: al expresidente José María Aznar, al director del diario El Mundo, Pedro José Ramírez, y al arzobispo y cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela.

Los tres son casos distintos y hasta distantes, pero tienen un denominador común: el rajoyismo de apariencia buenista se comporta silente, pero implacablemente, con sus adversarios y con aquellos que le han agraviado. Y hace buena la sentencia de Cicerón que advertía de que “las enemistades ocultas y silenciosas son peores que las abiertas y declaradas”.

El ostracismo al que se ha remitido a Aznar se visualizó en una presentación editorial en la que abundó el público anónimo y el Ejecutivo brilló por su ausencia

Es muy cierto: mientras  Aznar “toma nota” de la ausencia clamorosa de miembros del Gobierno y de cargos orgánicos del PP en la presentación el pasado día 8 de su segundo volumen de memorias (El compromiso del poder), Mariano Rajoy (¿cinismo?) declaraba en RNE que sus relaciones con el expresidente son “estupendas” y que la afirmación contraria consiste en una “leyenda”. Embuste. Facundia no le falta al gallego.

El ostracismo al que se ha remitido a Aznar se visualizó en una presentación editorial en la que abundó el público anónimo y el Ejecutivo brilló por su ausencia y se hizo representar por un secretario de Estado. Siendo grave esta ausencia del Gobierno y del PP, lo fue tanto o más la de grandes empresarios, académicos y cargos varios que olfatearon que era la ocasión de hacerse transparentes para no contrariar el designio no explícito de Moncloa de que José María Aznar purgase sus reiteradas críticas al Gobierno y a Rajoy tanto por sus decisiones económico-fiscales como políticas.

El expresidente ya sabe que está en el ostracismo político porque el establishment español es clientelar del poder de turno y Rajoy, pese a una supuesta buena pasta personal, es un tipo con memoria de opositor y envuelve la venganza con el desdén. Aznar no va a volver a la política activa ni va a romper el PP, pero seguirá siendo una referencia para amplios sectores de los votantes conservadores. La distancia no es el olvido y ya se encargará él de que su voz suene aunque el Gobierno le devuelva el eco de sus palabras en el vacío cóncavo con el que se protege.

Pedro J. se había acostumbrado a estar en la procesión y repicando, pero su método no le ha valido con el tándem Rajoy-Rubalcaba, una de cuyas pocas afinidades es la inquina contra el periodista

A saber si Aznar se equivocó o no con su virulencia crítica, pero seguro que Pedro J. Ramírez lamenta –como en aquella obra de Antonio Gala- “los buenos días perdidos”. Con Aznar y el PP, Pedro J. se encamó y se coordinó para bombardear juntos y con fuego graneado a González y al PSOE en los años noventa y luego hizo buenas migas con Zapatero, que ya advirtió que no quería al periodista riojano en el palco de enfrente. Por eso “lo mató a besos”, le concedió su primera entrevista y mantenía con él constante contacto telefónico. El de León no lo hacía por afinidad, sino por táctica: así molestaba a González, incomodaba a Rubalcaba y se distanciaba del PSOE de los GAL y no le dejaba a Pedro J. para la maquinación exclusiva con el PP. Ahora cuando Zapatero tiene algo que escribir, lo hace en El Mundo.  

Pedro J. se había acostumbrado a estar en la procesión y repicando, pero su método no le ha valido con el tándem Rajoy-Rubalcaba, una de cuyas pocas afinidades es la inquina contra el periodista. Pedro J. –que ya hostigó a Rajoy desde el Congreso de Valencia de 2008, apostando por Esperanza Aguirre- calculó mal con el caso Bárcenas. El resbalón le ha servido a Rajoy y a Cospedal para poner en marcha el segundo gran ostracismo político y social. Y después de demostrar hasta la exageración que están muy cerca de Lara (La Razón, Onda Cero, Antena 3 TV, Sexta TV) han certificado en la misma medida, pero a la inversa, lo lejos que se sienten de El Mundo de Pedro J. Por eso, el miércoles pasado, no asistió ni un solo representante del Gobierno a la entrega de los premios periodísticos del diario, cuando en ediciones anteriores no faltaba ni el apuntador.

De la ausencia se dolió Pedro J. el jueves calificándola de boicot, aumentando así el regocijo de Moncloa y Génova que querían, justamente, que el riojano acusase el golpe. Golpe que también le han infligido, como en el caso de Aznar, representantes de otros poderes, fácticos o no, que otrora daban codazos por estrechar la mano del más temido que respetado Pedro J. Como uno ha  tenido ya muchas experiencias de hostilidades y boicots le garantizo al colega que para el periodismo estos ostracismos son muy creativos y liberadores. Y, además, sirven para bajarse del burro y comprobar que no todo el campo es orégano.

A los obispos ya no les sirve un presidente ejecutivo que carece de interlocución con el presidente del Gobierno. Rajoy se ha tomado -como diría Cospedal- una venganza en diferido

Eso es lo que se creyó Antonio María Rouco Varela, arzobispo y cardenal de Madrid, cuando Federico Jiménez Losantos se hartaba de juguetear en las ondas con los equívocos sobre Rajoy, alias maricomplejines. El ahora presidente aguantó carros y carretas de aquella Cope mañanera. Me consta que más de una vez, y más de dos, el gallego pidió al prelado que moderase al de Teruel, pero Rouco no movió un dedo porque no le dio la real gana. Solía argumentar el arzobispo que cuando Jiménez Losantos peroraba, él leía el breviario. No le constaban, por tanto, los exabruptos lanzados desde su cadena. De aquellos polvos, estos lodos.

Por eso, el arzobispo de Madrid no ha traspasado los umbrales del palacete de la Moncloa: Rajoy le recibirá cuando las ranas críen pelo. O sea, nunca. La junta general de la jerarquía española -el plenario de la Conferencia Episcopal- le ha propinado un varapalo a Rouco desdeñando a su candidato a la secretaria general de la Conferencia y entregándosela a un franciscanista, el sacerdote José  María Gil Tamayo. A los obispos ya no les sirve un presidente ejecutivo que carece de interlocución con el presidente del Gobierno. Rajoy se ha tomado -como diría Cospedal- una venganza en diferido. La ha consumido en frío y puede que la disfrute aún más cuando vea al prelado gallego retirarse como capellán de un convento de monjas de clausura sin pasar por el estado mayor de la Santa Sede. El ostracismo en la vejez es mucho más duro que en la juventud o en la madurez.

Cuidado con Rajoy. Da cornadas de manso.

Pedro J. Ramírez Mariano Rajoy El Mundo Moncloa Federico Jiménez Losantos