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Las malditas mayorías absolutas en España
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José Antonio Zarzalejos

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Las malditas mayorías absolutas en España

De 1982 a 1993 el PSOE disfrutó de tres mayorías absolutas consecutivas. Hubo en esos años muchos logros, pero también surgieron las peores excrecencias, de las

Foto: Los expresidentes José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, y Mariano Rajoy  en una imagen de archivo (Reuters).
Los expresidentes José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, y Mariano Rajoy en una imagen de archivo (Reuters).

De 1982 a 1993 el PSOE disfrutó de tres mayorías absolutas consecutivas. Hubo en esos años muchos logros, pero también surgieron las peores excrecencias, de las que los socialistas aún no se han depurado íntegramente. Permanecen en el recuerdo los gravísimos episodios  de corrupción y putrefacción política. Demasiado poder llevó a los socialistas a la arbitrariedad y a comportamientos que se creyeron impunes.

El PP logró su primera mayoría absoluta en 2000 y, a partir de 2002, su buena gestión anterior -tanto en esa legislatura como en la precedente (1996-2000, con mayoría relativa)- entró en barrena. A aquellos años hay que remontarse para localizar el germen de corrupciones que emergen ahora y que se prolongaron después. Y para explicar episodios actuales en el partido como la disensión interna.

Los populares disponen ahora de su segunda mayoría absoluta (frente a tres del PSOE) y ya existe la sensación generalizada de que su Gobierno no la está sabiendo manejar conforme a las expectativas de los electores. No se trata de la frustración que en sus votantes ha provocado el incumplimiento electoral (aunque también) sino, sobre todo, de la percepción de que el Ejecutivo está gobernando de un modo autista, ajeno a los criterios sociales que demandarían una mayor receptividad a planteamientos diferentes a los propios y con distanciamiento, incluso, de los sectores que le son más próximos. Algunos ejemplos bastarían para demostrar que el PP necesita una seria introspección para tratar de corregir el mal de altura que le afecta. Por conocidos, recientes y graves, huelga reiterarlos.

Los populares disponen ahora de su segunda mayoría absoluta y ya existe la sensación generalizada de que su Gobierno no la está sabiendo manejar conforme a las expectativas de los electores. No se trata de la frustración que en sus votantes ha provocado el incumplimiento electoral (aunque también) sino, sobre todo, de la percepción de que el Ejecutivo está gobernando de un modo autista

La mayoría absoluta ha llevado a Rajoy a confundirse gravemente desde el comienzo de la legislatura con los presupuestos de 2012, que retrasó innecesariamente, con Andalucía, en donde se enajenó la mayoría absoluta propiciando allí un Gobierno PSOE-IU, con Cataluña -su buen discurso del pasado sábado llega un año tarde-, en donde ha contemplado impertérrito el crecimiento de la marea  independentista, y con su propio partido, que ofrece flancos débiles y fisuras que se hubiesen evitado con un mayor esfuerzo de liderazgo político y coordinación.

Capítulo aparte merece el modelo de relación que el Gobierno del PP ha impuesto con sectores sociales y económicos (empresariales, profesionales) que le serían naturalmente afines. Otro capítulo adicional es su gestión de los medios públicos y su relación con los privados que, en términos estratégicos, resulta desastrosa. Por fin, la labor legislativa -siempre elaborada y aprobada en solitario- augura futuras y fulminantes derogaciones si el gobierno de España cambia de signo.

España: sin gobiernos de coalición desde 1979

Por todas estas razones y por la experiencia acumulada desde 1979, las mayorías absolutas se consideran ya malditas. Será muy difícil que el electorado las vuelva a otorgar a la vista de sus resultados. España camina, por eso, hacia un nuevo escenario de partidos con la necesidad consiguiente de adaptar su cultura política más a la colaboración que a la confrontación, que en nuestro país resulta disparatada y estéril.

Alemania es el ejemplo de permanentes coaliciones, tanto de los socialistas como de los socialcristianos con partidos pequeños (liberales, verdes), y de grandes coaliciones entre el SPD y la CDU-CSU: las hubo en 1996, en 2005 y, ahora, la acordada en 2013. En el Reino Unido los conservadores gobiernan con los liberales-demócratas después de que el electorado británico haya superado el sistema de turno de mayorías laboristas y conservadoras. Incluso en Francia se ha dado una situación tan singular como la cohabitación en 1986 entre un presidente socialista (Miterrand) y un Gobierno de la derecha (Chirac).

Desde 1979 hasta el presente, toda la época democrática, en España no ha habido un gobierno de coalición, sino apoyaturas del PSOE y del PP en los partidos nacionalistas (con González, con Aznar y con Zapatero) y ocasionalmente con IU, partidos que se han comportado como bisagras pero sin asumir las responsabilidades de gobierno. Nuestro país se enfrenta seguramente a un escenario en 2016 de gran fragmentación parlamentaria y a una situación muy precaria de su sistema político. Habrá que optar por el modelo alemán, de coaliciones serias, o por el italiano, inestable y disfuncional, volátil. La historia nos da una pista de por dónde debemos caminar: los preconstitucionales Pactos de la Moncloa de 1977, de feliz recuerdo. La unión, entonces, hizo la fuerza.

Nuestro país se enfrenta seguramente a un escenario en 2016 de gran fragmentación parlamentaria y a una situación muy precaria de su sistema político. Habrá que optar por el modelo alemán, de coaliciones serias, o por el italiano, inestable y disfuncional, volátil. La historia nos da una pista de por dónde debemos caminar: los preconstitucionales Pactos de la Moncloa de 1977, de feliz recuerdo. La unión, entonces, hizo la fuerza

Con los problemas tan sustanciales que tenemos encima de la mesa (la cuestión catalana, el fin de ETA, la crisis de la Corona, el insoportable desempleo y la desigualdad social que se acrecienta), debería barajarse una gran coalición entre el PP y el PSOE que, además de evitar los frentismos, actuase con un patriotismo transversal que vertebrase el Estado y ofreciese soluciones sólidas y duraderas. El mayor problema para lograr este gran pacto quizás no resida tanto en su dificultad intrínseca cuanto en el arraigo de intereses de una clase política -la actual- en la que los ciudadanos no confían y a la que no atribuyen capacidad para sacrificar sus intereses estamentales.

Las grandes coaliciones gubernamentales equilibran, templan, son más eficaces, establecen mecanismos de fiscalización interna en los gobiernos, atienden mejor a los electorados de unos y de otros y evitan la depredación del Estado. Son fórmulas de gobierno para situaciones históricas difíciles como la nuestra y logran decisiones y soluciones transaccionales que perduran en lo político y en lo económico. Hay que recordar a Fuentes Quintana que insistía machaconamente en el hecho de que la economía dependía de decisiones políticas.

Se objetará que en España esta apuesta es un brindis al sol. Quizá lo sea, pero hay que plantearla seriamente porque después de esta gran crisis poco se parecerá el futuro al presente. La política ha de ser un acto permanente de compromiso y de responsabilidad, única manera de dignificar su ejercicio y de ponerlo al servicio de los intereses generales.

La alternativa a una gran coalición regeneradora es un fin de régimen del que nos vienen advirtiendo  personalidades -como lo hicieron hace un siglo los intelectuales de la generación de 1914 con la Restauración- que por trayectoria personal, profesional y académica merecen ser escuchadas.

Mariano Rajoy Política Moncloa