España, al norte; al sur, Andalucía
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José Antonio Zarzalejos

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España, al norte; al sur, Andalucía

Ya sabíamos que en Andalucía el desempleo se resiste a cualquier moderación, pero abochorna que alcance el porcentaje del 36,6%

Foto: Chaves, Díaz y Griñán. (Efe)
Chaves, Díaz y Griñán. (Efe)

“Las dos naciones de España. Una, al norte, España; otra al sur, Andalucía”

Angel Ganivet (Granada 1865-1898)

Ya sabíamos que en Andalucía el desempleo se resiste a cualquier moderación, pero abochorna que alcance el porcentaje del 36,6% (el mayor de cualquier región europea) y que llegue a más del 66% en la franja juvenil. Pero con ser pésimos esos guarismos, peor es aún que Andalucía sea el escenario de dos episodios gravísimos de corrupción de sus clases dirigentes. El caso de los ERE, por un parte (ya judicializado), y el que pronto entrará en los tribunales de justicia: el desvío de millones de euros destinados a la formación de desempleados (Operación Edu) y que han sido distraídos con una variada panoplia de mendacidades, tal y como, en una primicia informativa que sitúa el periodismo de El Confidencial en la vanguardia de la información más activa y rigurosa, ha venido desvelando José María Olmo. El pasado miércoles, los periódicos chupaban rueda de este diario digital, aunque algunos con mal estilo: no citaban que ha sido aquí y no en otro medio en donde se ha destapado el escándalo.

Porque lo de Andalucía es literalmente escandaloso. Escandaloso por varios motivos. El principal es el social. Sólo si se asume con desolación que la red clientelar de la izquierda ha convertido a los ciudadanos andaluces en autómatas privados de juicio crítico, se entiende que el PSOE, ahora con IU, lleve gobernando la comunidad autónoma desde los albores de la democracia. Los socialistas, en connivencia ahora con el izquierdismo chavista de Valderas, Maíllo y Sánchez Gordillo, se presentan como adalides de la justicia social en el territorio español en el que la depresión socio-económica, no es crónica, sino ya permanente.

Susana Díaz que parecía una suerte de esperanza blanca del socialismo andaluz ha demostrado en la crisis con IU que es, sobre todo, incompetente y, además, débil

Esta situación que dura décadas responde a la persistencia de un electorado que reitera mayorías, absolutas o relativas, a favor de una izquierda, que como se acaba de demostrar con el realojo arbitrario de la Corrala Utopía, además de demagógica, relativiza la ley y la adapta a su medida.

Susana Díaz que parecía una suerte de esperanza blanca del socialismo andaluz ha demostrado en la crisis con IU que es, sobre todo, incompetente y, además, débil. Incompetente porque jamás una presidenta de un Gobierno puede utilizar sus facultades con la infracción que en derecho administrativo se denomina “desviación de poder”. La presidenta utilizó sus poderes normativos en la estructura orgánica de su Gobierno para fines distintos a los queridos por el ordenamiento jurídico y así, reasignó competencias en materia de vivienda -quitándoselas a Fomento y entregándolas a Hacienda- con la única finalidad de presionar a su socio, cuando lo que debió hacer era cesar a la consejera del ramo y restablecer la equidad y la ley.

Pero a esa incompetencia (no me cabe la menor duda que, además, ilegal) unió Díaz debilidad porque revertió su decisión en veinticuatro horas sin que IU cediese en su arbitrariedad de realojar a unos ciudadanos que debían guardar turno para acceder a viviendas sociales y que no lo hicieron. En pocos días, la gran promesa del socialismo andaluz, y para algunos, nacional, se venía abajo. Apenas sí ha durado el encantamiento de Susana. Algunos socialistas se preguntan ahora “si sólo fue un sueño”. Lo será si la presidenta no se desembaraza de IU (atención Monago, que eres el siguiente) y se juega el todo por el todo en unas elecciones adelantadas.

Con este comportamiento de Díaz -que se enfrenta ahora a una labor de saneamiento mucho más grave y profunda que la que ha exigido el fraude de los ERE- parece haber regresado el zapaterismo al PSOE, esto es, el tactismo, el cortoplacismo, la finta, la banalidad y la inconsistencia

Con este comportamiento de Díaz -que se enfrenta ahora a una labor de saneamiento mucho más grave y profunda que la que ha exigido el fraude de los ERE- parece haber regresado el zapaterismo al PSOE, esto es, el tactismo, el cortoplacismo, la finta, la banalidad y la inconsistencia. Aconsejable leer el libro bien reciente del sociólogo José Luis Álvarez (Los presidentes españoles, Editorial LID) que retrata la figura de Rodriguez Zapatero y explica en pocas frases por qué el PSOE no ha encontrado la brújula que perdió con las políticas buenistas del expresidente: porque el proceso de sustitución de aquel no ha culminado. O en otras palabras, porque la estela de sus políticas, de sus discursos, de sus eufemismos, no ha tenido un corte histórico que los proscriba. A este efecto, los mítines de Elena Valenciano recuerdan a la época del zapaterismo de una manera tan descarnada que sonrojan.

¿De quién la culpa? La respuesta no por obvia ni reiterada es ya del todo cierta: de los políticos, de la casta. Respuesta que puede estar en parte confundida si cunde y convence –y a mí me convence- la tesis del catedrático de la Pompeu Fabra de Barcelona, Benito Arruañada, según  el cual (El País del pasado 13 de abril) la principal “culpa” en esta coyuntura “es nuestra”, es decir, de los ciudadanos -en este caso de los andaluces, es decir, suya- porque somos los más críticos con el Estado y las instituciones, pero también los que le entregamos el control de la economía, la resolución de nuestros problemas, le incitamos a que imponga una fiscalidad redistributiva, mientras defraudamos a Hacienda, trampeamos con las prestaciones sociales, tenemos una inaguantable economía sumergida y somos los más severos con la política y los más desinformados sobre ella según una reciente encuesta -que el autor cita- del BBVA. Dice el académico: “lo queremos todo sin aportar nada”.

¿Qué podríamos aportar? Un poco de lucidez. Es decir: no persistir en el error. Retirar mediante el voto a los corruptos y los incompetentes y cumplir con las exigencias de la ciudadanía que consisten en pagar impuestos, responsabilizarnos de la parte que nos corresponde en la crisis y las disfunciones sociales y empezar a escandalizarnos -vale ya de tanta indiferencia- de cuadros clínico-políticos tan agudos como el andaluz que, por demografía y extensión, está contribuyendo decisivamente, y para mal, a los fortísimos desequilibrios de España. Si la mayoría de los andaluces despertaran, otro gallo cantaría. En que lo hagan, reside la esperanza que nos queda. Porque, por el camino que vamos, Angel Ganivet, precursor de la generación del 98 y que apuntó a la indolencia como el gran mal de la nación en su Idearium español, tendría razón: un surco enorme y abismal separaría el país, con España al norte y Andalucía al sur.

Susana Díaz Estafa de la formación Economía sumergida