Rubalcaba y la "orquesta rosa"

Una buena parte de la derecha española echa pestes de Alfredo Pérez Rubalcaba. El cántabro ha sido tildado con toda suerte de epítetos que aluden a

Foto: Rubalcaba y la orquesta rosa

Una buena parte de la derecha española echa pestes de Alfredo Pérez Rubalcaba. El cántabro ha sido tildado con toda suerte de epítetos que aluden a su forma taimada de hacer política, a su tactismo y a esa manera tan suya de sobrevivir incluso a quienes fueron sus padrinos, de Felipe González a Rodríguez Zapatero. Sin embargo, Pérez Rubalcaba es –con algunos otros socialistas del felipismo– un político sólido, con potentes luces cortas, pero al que le fallan las largas. De lo contrario, no se habría comprometido como lo hizo con el zapaterismo, causa, origen y razón de la postración de un PSOE que ni él con su oficio político ha podido recuperar. Rubalcaba podría haber conducido al socialismo hacia un repunte si sobre él no pesase la herencia terrible, por letal, de Rodríguez Zapatero, a cuyas prácticas parecen regresar algunos de los candidatos a la Secretaría General del PSOE, ahora en disputa.

No se ve en el debate socialista actual más que el color rosáceo del zapaterismo que regresa, aunque con matices: Madina es un político sin experiencia pero reactivo y excluyente, prejuicioso y apriorístico

Miquel Porta Perales, un analista catalán habitual en los medios, acaba de escribir un ensayo estimable titulado La orquesta rosa. Letra y música del pensamiento de izquierdas (Editorial Gota a Gota). El autor, al referirse al zapaterismo, dice: “Ahí está la irresistible ascensión del pacifismo, del multiculturalismo, del relativismo, del cuestionamiento de la nación española o del resquebrajamiento del Estado. Ahí están –genuina aportación española a la enciclopedia de las curiosidades y disparates de lo políticamente correcto– el 'buenismo', el diálogo a cualquier precio, la Alianza de Civilizaciones, el retroprogresismo ecologista, el fundamentalismo feminista o el educacionismo analfabetizador de un gobierno socialista que no fue consciente del mundo en que vivía. Ahí está ese percibir el mundo al revésde color rosa– del socialismo español, que nos ha llevado a la situación que nos encontramos. Así las cosas, para que España y los españoles sobrepasen la encrucijada en que se encuentran, resulta imprescindible superar la herencia recibida del septenio rosa-socialista que transcurre entre 2004 y 2011.”

Con algunos matices, el párrafo anterior es lo que Zapatero dejó a España y, de manera especial, a su partido. En definitiva, una flacidez ideológica que repuntando con nostalgia en algunos de los candidatos al liderazgo del PSOE –lo que es muy visible en Eduardo Madina, un hombre con tan buena imagen entre determinadas bases como inconsistencia más allá de las formulaciones, típica y tópicamente progresistas– Rubalcaba no ha logrado enmendar ni rectificar. Pese a que el que fuera vicepresidente con Zapatero es, sin la menor de las dudas, un socialista sólido de la transición que, como demostró en el debate de la ley de abdicación, dispone de un cuerpo de doctrina ideológico, de lealtades y de principios válidos para una izquierda que pudiera asumir de nuevo la responsabilidad de gobernar.

Ya no es tiempo de Rubalcaba, pero sin Rubalcaba no hubiese sido tiempo tampoco para determinados acontecimientos de la democracia española. Y no se ve en el debate socialista actual más que el color rosáceo del zapaterismo que regresa, aunque con matices: Madina es un político sin experiencia pero reactivo y excluyente, prejuicioso y apriorístico que ayer ya empezó a confundirse adhiriéndose a la consulta independentista catalana. Con Madina, un pacto con el PP resultaría más difícil que localizar una aguja en un pajar. Perfil distinto es el de Pedro Sánchez –nada que ver, en formación y rigor como demostró, también ayer, en Los desayunos de TVE– y,  si compitiese, tampoco con el de Carmen Chacón, que ha superado sus hándicaps de tal manera que podría batirse, si le dejan y llega a tiempo, por la candidatura a la Presidencia de Gobierno en las próximas generales.

La 'orquesta rosa' ha seguido sonando, a veces en estéreo, a veces como eco, pero no ha enmudecido ese murmullo zapaterista que, si a España le ha conducido a la depresión, a Rubalcaba no le ha permitido emerger con todas sus posibilidades

Ni la posición del PSC respecto del secesionismo en Cataluña ni la abdicación del Rey –y eventualmente su aforamiento si el secretario general del PSOE logra convencer a los suyos de que hay que cerrar este episodio histórico de la retirada de Don Juan Carlos con sentido estadista– se habrían producido sin la decisiva intervención de Rubalcaba. O se habrían producido pero de manera diferente (y peor). Sin embargo, la “orquesta rosa” a la que se refiere Miquel Porta Perales ha seguido sonando, a veces en estéreo, a veces como eco, pero no ha enmudecido ese murmullo zapaterista que, si a España le ha conducido a la depresión, a Rubalcaba no le ha permitido emerger con todas sus posibilidades, reduciendo al PSOE (y al PSC) a las dimensiones de un Peter Pan político.

La fragilidad del PSOE –con fenómenos políticos tan radicalizados a su izquierda como una IU sin referencias del comunismo del 78 y con Podemos lanzando un discurso de insoportable suficiencia– asusta a muchos y no convence a buena parte de sus bases. De tal manera que, aunque mala para España la carencia de una izquierda de gobierno, parece que la situación la pintan calva para que Rajoy en algún momento proclame: “Yo, el PP, o el caos”. Y ya no estará Rubalcaba para rebatírselo y, en su caso, para pactar lo que España va a necesitar, sí o sí, que es una gran coalición. Atruena la “orquesta rosa” mientras el cántabro se despide.

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