La Cataluña irreal e intolerante

Puigverd es, seguramente, el analista más agudo e independiente del catalanismo político. Oficia de tal en 'La Vanguardia' con textos que desafían el unanimismo

Foto: Jordi Pujol, paseando por el jardín de su casa en Queralbs, el jueves. (Efe/David Borrat)
Jordi Pujol, paseando por el jardín de su casa en Queralbs, el jueves. (Efe/David Borrat)

Antoni Puigverd es, seguramente, el analista más agudo e independiente del catalanismo político. Oficia de tal en La Vanguardia con textos que desafían la corrección política ambiental y, sobre todo, el unanimismo que cunde en las opiniones publicadas. El pasado miércoles publicó en el periódico barcelonés un texto breve (Carta a un amigo pujolista) que terminaba con estas palabras: “La nación de Pujol (vigente en Mas, Junqueras y la ANC) no ha buscado la síntesis sino la adhesión de una parte de catalanes a la otra. Y el hundimiento del PSC ha creado el espejismo de que esta visión de Catalunya es la única”. Antes, Puigverd advierte de que “la dialéctica entre tradición y realidad ha sido despreciada en la visión de Pujol en nombre de un ideal romántico de nación catalana que se quiere superior a la realidad”.   

No he leído –y creo haber leído mucho y, quizás, hasta demasiado en estos últimos años– una aproximación tan certera al problema actual que entraña la Cataluña ahormada por Pujol y que ahora manejan Mas y Junqueras que la de Antoni Puigverd. Porque a partir de la idealización nacional se produce lo que es ya una evidencia casi cegadora: hay una Cataluña profunda y radicalmente intolerante. Y no lo digo porque las redes sociales –twitter en concreto– se hayan convertido por el independentismo más sectario en un manantial constante de imprecaciones e insultos a quienes discrepan con el soberanismo. Tampoco traigo a colación la intolerancia por el hecho de que Societat Civil Catalana –una organización transversal y anti soberanista, pero catalanista y dinámica– sea diana de descalificaciones constantes (de las peores: aquellas que motejan al compatriota de traidor). Y ni siquiera aduzco la intolerancia ante el lamentable coro de personas de más o menos relieve que suponen que sólo están legitimados para opinar de Cataluña los catalanes que allí viven y participan del pálpito independentista aunque John H. Elliott y Pierre Vilar, británico y francés, respectivamente, sean historiadores referenciales del Principado.

A raíz del caso Pujol, Mas ha pronunciado dos veredictos de gravísima intolerancia. El primero, es que la evasión fiscal de expresidente es una cuestión de orden 'personal y familiar'. Y el segundo, es que los catalanes, ahora que se han conocido –en parte– los hechos, deben demostrar 'fuerza psicológica'

Traigo a colación la intolerancia por razones todas distintas a estas últimas y que enlazan con la descripción de Puigverd. Porque a raíz del caso Pujol, el presidente Mas ha pronunciado dos veredictos de gravísima intolerancia. El primero, es que la evasión fiscal de expresidente de la Generalitat es una cuestión de orden “personal y familiar”. Y el segundo, es que los catalanes, ahora que se han conocido –en parte– los hechos, deben demostrar “fuerza psicológica”. Ambas apreciaciones, dichas sin aparente apelación, muestran la concepción endogámica, reñida con la realidad, tozuda y escapista de Artur Mas que persiste en mantenerse y en mantener a los catalanes en una suerte de territorio exento de mal alguno en el que el delito o la corrupción política no existen (y si existen han de entenderse como un asunto “personal y familiar”) y en el que los enemigos acosan a los catalanes a los que se les insta al voluntarismo (la “fuerza psicológica”) en vez de a la valoración política crítica con lo que allí está sucediendo.

Estas apreciaciones de Mas no implican otra cosa que la insistencia en el “oasis catalán” que encierra dos características perversas. Una: hacer creer que en Cataluña todo es distinto y mejor que en cualquiera otra parte. Dos: cloroformizar la capacidad de discernimiento colectivo haciendo recaer el “accidente Pujol” sobre el conjunto de los catalanes utilizando un señuelo que consiste en apelar a su “fuerza psicológica”. Mas está tratando de tocar la fibra emocional –y sólo emocional– socializando sus propios errores e intentado rescatar al padre que los inspiró (pronto veremos un intento de ofensiva reparadora de la reputación de Pujol) y que él ha venido ejecutando puntillosamente desde que abortó la legislatura de 2010 con el desastroso resultado que tal decisión supuso para CiU. El presidente de la Generalitat, se aleja dolosamente de la realidad como recurso de supervivencia. Que comenzó a peligrar cuando –con una altivez sin cálculo– jugó al todo o nada con un Estado que, pudiéndose reformar (sería deseable que así fuese), jamás se suicidará.

El presidente de la Generalitat, se aleja dolosamente de la realidad como recurso de supervivencia. Que comenzó a peligrar cuando –con una altivez sin cálculo– jugó al todo o nada con un Estado que, pudiéndose reformar (sería deseable que así fuese), jamás se suicidará

En estas circunstancias, mutatis mutandis, no puede dejar de leerse a Agustí Calvet, Gaziel, sean sus artículos en los años treinta (ya advertía entonces cómo Cataluña perdía aliados y amigos), sean sus “Meditaciones en el desierto 1946-1953”, porque aleccionan –al modo en que lo viene haciendo Antoni Puigverd, es decir, desde el corazón del catalanismo– sobre los evitables errores que está cometiendo el soberanismo en Cataluña. Quizás el mayor de todos, el más grave, el de peor reversión, sea el tremendo error de la intolerancia. Hacia ella caminan a pasos agigantados quienes, en vez de enfrascarse, una vez, más en la historia catalana, en iniciativas perdedoras, debieron recurrir a soluciones realistas, justas, legales y democráticas para solventar problemas que afectan a aquella comunidad y que a todos nos conciernen. Y que –como una reforma constitucional– no precisaban en modo alguno de un Ulises en un improbable viaje a Ítaca en medio de una tempestad que hará naufragar una nave que presenta ya vías de agua de cuya dimensión –acuda o no mucha gente a la Diada– tendremos cumplida noticia en septiembre. Será cuando, la otra Cataluña –que la hay– comience a hacer acto de presencia. Sólo es cuestión de tiempo porque de forma discreta pero efectiva allí se está produciendo un discretísimo y casi clandestino regreso a la realidad.

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