Sonia Castedo y el Rey en la España chabacana
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José Antonio Zarzalejos

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Sonia Castedo y el Rey en la España chabacana

El problema del Partido Popular quedó ayer reflejado en su impotencia. No hubo ni persuasión, ni disuasión, ni autoridad, para que la doblemente imputada alcaldesa de

placeholder Foto: Felipe VI saluda a Sonia Castedo. (EFE)
Felipe VI saluda a Sonia Castedo. (EFE)

El problema del Partido Popular quedó ayer reflejado en su impotencia. No hubo ni persuasión, ni disuasión, ni autoridad para que la doblemente imputada alcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, se ausentase del acto de recepción del Rey Felipe VI en el XVII Congreso Nacional de la Empresa Familiar que se celebra en la ciudad mediterránea. Tampoco ha habido en el PP disuasión, persuasión ni autoridad para que el presidente de la Diputación de León, Martín Marcos Martínez, encarcelado por participación en red corrupta dirigida por Francisco Granados, renuncie voluntariamente al cargo. Por esas razones, entre otras, los empresarios congregados en Alicante puntuaron a la clase política peor que nunca: con un 1,08 sobre 9. Palazo al Gobierno.

Ambos casos –el de Castedo y el de Marcos Martínez– son expresivos de que el mal que afecta a los ‘populares’ no consiste sólo en la ineficiencia del Gobierno para elaborar un discurso político, sino también en la destrucción delpropio partidocomo estructura de apoyo al Gobierno y como referente no sólo de una ideología, sino de un modelo de comportamiento.

Vídeo: Felipe VI saluda a la alcaldesa de Alicante

El descaro bravucón de la alcaldesa de Alicante –una mujer ordinaria en sus expresiones y sospechosa de administrar la ciudad como un cortijo–, quintaesencia el envalentonamiento de los corruptos que, desde la peana de una concejalía que se adquiere personal y no partidariamente, se mantienen en el candelero a despecho de la decencia institucional. En este caso, de la decencia estética de evitar su presencia ante el jefe del Estado, transmitiendo la imagen –enormemente desagradable– del Rey saludando a la poco presunta corrupta alcaldesa alicantina.

La ausencia de liderazgo –en este caso de Rajoy– tiene un efecto expansivo en el conjunto del partido, además de en la acción de Gobierno. Porque transmite debilidad, indolencia y, sobre todo, aplazamiento. La política y la gobernación de un país en crisis como España requieren sentido de la urgencia. Mucho más cuando acucian los problemas y los desafíos. Si se pierde la tensión de la actividad, de la sucesión rápida de decisiones necesarias –no erráticas–, el Gobierno general del país pierde también ritmo y comienza a salir lo peor de la idiosincrasia nacional, que en España es la zafiedad y el abuso: eso que Ortega denominó la chabacanería propia de los naturales de esta tierra nuestra. El filósofo, obsesionado por la culturalización de las elites y la educación de la sociedad, expresaba en ese término –chabacanería– el incivismo nacional, la forma atrozmente vulgar de conducirse, la mirada rasa de las elites sobre nuestra realidad y nuestro futuro.

Alguien debió impedir a Sonia Castedo presentarse en el acto de ayer en Alicante. Y debió impedirlo mucho antes de que el evento se produjera, desposeyéndola de la alcaldía de la ciudad mediante una moción de censura o una rebelión cívica del resto de concejales que la mantienen en el cargo. Porque mientras estas cosas no sucedan, las palabras de Rajoy, o del sursum corda, serán tomadas por los ciudadanos a beneficio de inventario. No es extraño que Felipe VI sobrevolase en su discurso a una altitud superior a la de la viscosa corrupción que nos asuela. Un señor como el Rey no puede llamar corrupta en un discurso a la imputada que el PP le pone como anfitriona institucional de un acto en la ciudad de Alicante.

Quizás en la elegancia moral de este Rey, en su actitud impecable tanto en el fondo como en la forma de conducirse, se encuentre la razón por la cual las encuestas –desastrosas para todos– son positivas para él y para su consorte. Los Reyes, hoy por hoy, encarnan, en esta chabacanería nacional, la superación de ese hándicap colectivo que es la caradura, el desafío bronquista y la desvergüenza de los corruptos.

Así terminaba la crónica de Fernando Garea del domingo pasado en El País glosando la encuesta que daba la delantera a Podemos sobre el PSOE y el PP: “La mejor puntuación, por encima de los líderes políticos, la obtienen los Reyes de España. A poco de más de cien días de asumida la Corona, Felipe VI tiene un saldo de +52 puntos y doña Letizia de +44, lo que supone un cambio radical de tendencia frente al deterioro de la Casa Real registrado en anteriores encuestas”. Y es que la ciudadanía sabe distinguir, discriminar y valorar. Percibe dónde hay estética y ética, y donde zafiedad y chulería.

Muchos creímos que el PP –por tantas y tantas razones– era un partido que guardaba las maneras, las formas, los protocolos y los estilos. Ayer volvimos a comprobar en esa foto en la que Castedo saluda al Rey que es un partido incapaz de apartar del escenario a uno de los reclamos más visibles de la sinvergonzonería en una de sus comunidades emblemáticas. Si no han podido quitar de la circulación política a esa alcaldesa ni han logrado que dimita un encarcelado de la presidencia de una Diputación, ¿qué podemos esperar, señor presidente, señora Cospedal, señora Aguirre, de sus promesas, disculpas y perdones? Nos han metido en una España chabacana. Ortega vuelve a tener razón.

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