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Lo que ocurrió en Moncloa el 9-N
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José Antonio Zarzalejos

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Lo que ocurrió en Moncloa el 9-N

El 9-N se improvisó una declaración de Rafael Catalá y ahí acabó la presencia gubernamental en una jornada que significó el arrinconamiento del Estado en Cataluña

Foto: Mariano Rajoy y Artur Mas, en la inauguración del tramo de AVE Barcelona-Figueras, en 2013. (Reuters)
Mariano Rajoy y Artur Mas, en la inauguración del tramo de AVE Barcelona-Figueras, en 2013. (Reuters)

Para el escritor Andres Trapiello lo que ocurrió el 9-N en Cataluña es que “el independentismo logró en 12 horas lo que no consiguió el terrorismo de ETA en treinta años: liquidar el Estado”. No difiere demasiado lo que sobre el particular piensa Nicolás Redondo Terreros: “En el 9-N, el Estado no compareció por cálculo o por temor a las consecuencias de la aplicación de su propia fuerza. Los independentistas hicieron todo lo necesario para conseguir su objetivo: utilizaron toda la fuerza del poder de la Generalitat, manipularon los medios de comunicación públicos y privados catalanes y usaron a una sociedad domesticada con dinero público. De esta manera -sigue Redondo Terreros- pudieron votar en una consulta que para nosotros no deja de ser una expresión antidemocrática de un nacionalismo radicalizado (…) Por el contrario, los que defendemos la Constitución y la ley, como garantía de la libertad de todos, nos hemos visto arrinconados en la defensa de su aplicación que nos hubiera gustado que se hubiera hecho antes del 9-N, porque hacerlo posteriormente originará numerosas contradicciones”.

Estas opiniones se pudieron leer el pasado jueves en El País y, creo, reflejan, un estado de ánimo muy extendido entre los catalanes no secesionistas y entre la inmensa mayoría de los demás españoles. Mariano Rajoy reaccionó el miércoles, después de que el domingo (9-N), nadie del Gobierno compareciera ante la opinión pública. Se improvisó -y era evidente la improvisación- una declaración del ministro de Justicia a las 21:08 horas y ahí acabó la presencia gubernamental en una jornada que ya califiqué de desastrosay que significó, efectivamente, el arrinconamiento del Estado en Cataluña y la humillación de la autoestima colectiva nacional, además de un desafío sin precedentes a unTribunal Constitucional con plomo en las alas, próximo a una grave crisis de reputación en su autoridad e, incluso, en su vigencia como órgano de garantías constitucionales.

¿Qué sucedió el domingo 9 de Noviembre en Moncloa? Sucedió que Rajoy pensaba: 1) que Más no traspasaría las líneas rojas de la legalidad, pero lo hizo; 2) que si las traspasaba, una organización de voluntarios no sería capaz de organizar una consulta de cierta envergadura, y sin embargo fue capaz de hacerlo; 3) que si ambas hipótesis anteriores fallaban, la participación sería ridícula, y fallaron, pero la participación -aunque no tengamos medio de comprobarlo fehacientemente- de 2.300.000 catalanes ha tomado carta de naturaleza; y 4) en última instancia, Rajoy y el Gobierno pensaron que el Fiscal General del Estado instaría a los jueces y serían aquel y éstos los que les resolviesen la situación, pero tampoco actuaron, más aún, adujeron la “proporcionalidad” para no hacerlo.

Cuando los empresarios del Instituto de Empresa Familiar -hace sólo unos días- puntuaron la situación política con poco más de un 1,08 sobre 9, el presidente del Gobierno debió comprender que ni los colectivos más próximos dejan de expresarle su preocupación mediante el único lenguaje con el que se comunican con él: el de signos. Rajoy padece del síndrome de la Moncloa, como Mas el de la ebriedad del poder. Tenemos en Madrid y en Barcelona a un funcionario y a un temerario, respectivamente. La peor de las combinaciones, la que menos casa, la más incompatible. Y lo que estamos necesitando es política. Eso ocurrió el 9-N: que en San Jaime actuaba el temerario y en Moncloa el funcionario. Y aquel se comportó como tal: con la argucia deslealtad, mientras que éste lo hizo como tal: con las mañas del burócrata.

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