El trauma y el pretexto

La imputación judicial a Jordi Pujol y a su familia de presuntos delitos fiscales y de blanqueo de capitales ha reactivado el trauma

Foto: Jordi Pujol y Artur Mas. (Efe)
Jordi Pujol y Artur Mas. (Efe)

La imputación judicial a Jordi Pujol y a su familia de presuntos delitos fiscales y de blanqueo de capitales ha reactivado el trauma que, de modo transversal pero especialmente los sectores independentistas y nacionalistas, experimentaron cuando el 25 de julio pasado el expresidente de la Generalitat confesó haber evadido los impuestos de una herencia familiar depositada en Andorra. Con jactancia tanto CDC como ERC y organizaciones sociales secesionistas descartaron que el caso Pujol pudiera incidir para mal en el proceso soberanista. Desposeído de sus títulos honoríficos, de oficina y ayudantes y de su pensión, el establishment catalán creyó cerrar un capítulo de la reciente historia del Principado que, según las encuestas, había producido, por este orden, tristeza, indignación y decepción entre la ciudadanía de Cataluña.

Pero como todos los traumas (“sentimiento emocional que deja una impresión duradera en el subconsciente, generalmente a causa de una experiencia negativa”) la protagonizada por la conducta de Pujol se cernía como una alargada sombra sobre una sociedad parte de la cual había pasado de la “paciencia a la independencia” conforme al manual que durante casi cinco lustros elaboró el confeso evasor fiscal. Ese choque emocional se reactivó el 26 de septiembre pasado, cuando el ex presidente de la Generalitat compareció en el Parlamento de Cataluña dando la entera impresión de que era la Cámara la que comparecía ante él. La auctoritas pujolista quedó de manifiesto en una representación, entre histriónica y autoritaria, de un presunto delincuente que se convirtió en fiscal del legislativo catalán.

Pujol pulverizó su propia obra y situó en un terreno incómodo a Artur Mas, al fin y a la postre, estrecho colaborador del expresidente y su delfín después del fiasco de Oriol Pujol. Estas dos consecuencias del caso Pujol están teniendo peso en la coyuntura crítica por la que atraviesa el proceso soberanista Arrogancias recíprocas aparte, el desaguisado que Pujol hizo al proceso soberanista y a la autoestima de la sociedad catalana -y, en parte, también del conjunto de España- fue grande. Pulverizó su propia obra -CDC ya estaba debilitada desde las elecciones de 2012- en compañía de otros como Macià Alavedra y Lluís Prenafeta (a los que Ruz sienta en el banquillo por corruptos) y situó en un terreno incómodo a Artur Mas, al fin y a la postre, estrecho colaborador del expresidente y su delfín después del fiasco de Oriol Pujol. Estas dos consecuencias del caso Pujol están teniendo peso en la coyuntura crítica por la que atraviesa el proceso soberanista, zarandeado por sus propias contradicciones internas no siendo la menor la insuficiencia de catalanes independentistas como ayer acreditó a encuesta del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat de Cataluña.

Mas sabe que Pujol remató a su partido en julio pasado y que la lista única es la forma de no hundirlo de manera definitiva en unas elecciones que se quieren plebiscitarias. Junqueras, por su parte, pretende una independencia catalana “limpia” y se niega a juntar peras en una lista con Mas, temeroso, no sólo de que los votos de ERC le salven al presidente y a CDC de un debacle como la que ayer preveía el CEO (los convergentes pasarían de 50 escaños a 35-36) sino de que también rediman al propio Pujol de sus pecados políticos y éticos y den la impresión de un agrupamiento nacional bajo el liderazgo de la burguesía catalana.

Aunque parezca paradójico, el caso Pujol podría venir muy bien para justificar la inviabilidad del proceso soberanista al que el expresidente ha dañado, sin duda alguna, pero al que le van horadando sus insuficiencias y carencias, su voluntarismo y la pelea interna por la hegemonía nacionalista. Pujol y su conducta han influido, pero no hasta el punto de convertirle en la clave de bóveda de un fracaso independentista, fracaso que está en el germen del propio proceso que Artur Mas puso en marcha temerariamente. Pujol no es la causa del fiasco, sino una concausa, un precipitante, un síntoma y una realidad antiestética que  hace precario y escaso el proyecto de tratar de hacer de Cataluña un “nuevo Estado”. El problema está en el proceso, no en Pujol, aunque éste retroalimente las patologías de aquel y de las que ha terminado por formar parte.

La decepción de su conducta constituye un trauma que sigue erosionando la conciencia colectiva de los catalanes, especialmente de los independentistas. Pujol forma parte, pero sólo parte, del disenso actual entre CDC y ERC Sobreponerse al hundimiento de la reputación de Pujol no es un esfuerzo que pueda hacerse en poco tiempo porque la decepción de su conducta constituye un trauma que sigue erosionando la conciencia colectiva de los catalanes, especialmente de los independentistas. Pujol forma parte, pero sólo parte, del disenso actual entre CDC y ERC que podría dar al traste definitivamente con el intento soberanista si, como parece, Junqueras no cede a la lista del presidente o no lo hace Mas con la propuesta republicana de listas separadas.

El efecto del trauma de Pujol para los catalanes secesionistas no consiste sólo en el choque emocional de observar cómo un referente del catalanismo convertido a la causa independentista -si alguna vez dejó de profesar fe en ella- se desvanece, sino, sobre todo, en la comprobación de que lo que ocurre  más allá del Ebro es lo que sucede también en Cataluña, incluso de manera cualitativamente más grave.

Si la legislatura continúa -y así sucederá si Mas se empeña en su lista única- la comisión de investigación en el Parlamento catalán no será sólo el ámbito parlamentario para ajustar cuentas sobre Pujol, sus manejos y sus colaboradores como Prefaneta y Alavedra, sino también para echar unos sobre otros -CDC sobre ERC y a la inversa- la responsabilidad histórica de que la intentona secesionista se haya frustrado. Pujol, epítome de la catalanidad, sería así el causante de un trauma colectivo catalán y, a la vez, el oportunísimo pretexto político para justificar el fracaso secesionista.

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