La gestión del miedo

El pasado sábado y a resultas del post titulado Veintitrés minutos de alucinación, recibí el siguiente e-mail de una amable lectora que prefirió eludir el foro

Foto:  El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias (EFE)

El pasado sábado y a resultas del post titulado "Veintitrés minutos de alucinación", recibí el siguiente e-mail de una amable lectora que prefirió eludir el foro y comunicarse directamente conmigo como, por otra parte, sucede con cierta frecuencia. Mi interlocutora me hacía el siguiente reproche:

“Sr. Zarzalejos, le tengo gran respeto y lo leo siempre, pero últimamente usted ha devenido en una crítica tan destructiva que casi invita a votar a Podemos. Vds. los periodistas tan críticos están haciéndole la campaña a Iglesias y eso es preocupante. Es tan preocupante como la misma historia de España que se repite y repite. Yo votaré al PP, eso sí, con la nariz tapadísima, porque sólo pensar en un Frente Popular, que es lo que se nos viene encima, me hace temblar. Allá Vds. y su responsabilidad. Están jugando con un terrible fuego, de ahí la desafección a los periodistas, pero nos quemaremos todos también. Feliz Año Nuevo y saludos”.

Se está gestionando el temor para que, aunque sea con 'la nariz tapadísima', haya cientos de miles de ciudadanos que voten a los partidos 'de orden' ante lo que Podemos supone de 'desorden'

El mensaje de la lectora me tradujo en palabras llanas lo que suponía está sucediendo en España: existe un miedo cada día más generalizado a que Podemos alcance altas cotas de poder institucional. Un miedo que tiene connotaciones ancestrales porque se remite al Frente Popular de 1936 que llevó al poder a la coalición de las izquierdas españolas. No importa – a estos efectos– que el autor de las críticas al presidente del Gobierno –yo mismo– me encuentre lejanísimo de las tesis del partido de Pablo Iglesias; tampoco importa que en el artículo que motiva la crítica de la lectora no se cite ni de pasada a Podemos; igualmente, resulta irrelevante que mi interlocutora afirme que votará al PP “con la nariz tapadísima” –lo que está demostrando su resignación– ni, por fin, que  añada la desafección hacia los periodistas ya que –al criticar al Gobierno– estamos “jugando con fuego” porque –la especie ha calado– Podemos sería una creación mediática.

Traigo a colación este mensaje porque no es el primero que recibo de estas características. Y van a más. Lo que querría decir que desde el Gobierno, el PP, y puede que pronto también desde el PSOE, se esté gestionando el temor para que, aunque sea con “la nariz tapadísima”, haya cientos de miles de ciudadanos que voten a los partidos “de orden” ante lo que Podemos supone de “desorden”. La estigmatización de la crítica al Ejecutivo por entenderla como una prima para el partido de Pablo Iglesias es una estrategia grosera pero muy habitual en la vida democrática española. Para los creativos del PP y de otros partidos, Podemos sería el dóberman socialista de la campaña electoral de 1996. Todavía los politólogos se siguen preguntando qué influencia tuvo entonces en el electorado la inoculación del “miedo a la derecha”. Que, por cierto, ganó aquellos comicios.

Ni la organización de Iglesias es la única alternativa a los partidos más tradicionales ni es cierto que no existan opciones diferentes para emitir un voto consciente y no resignado

Votar con la “nariz tapadísima” es perfectamente legítimo porque el miedo es libre, pero es pan para hoy y hambre para mañana. Podemos no es la única alternativa ni al PP ni al PSOE. Hay otras que no por disponer ahora de menor dimensión dejan de ser opciones democráticas que cubren amplios espectros ideológicos. Pero demonizar a Podemos  es terriblemente torpe. En Cataluña, los convergentes hablan ya del partido de Iglesias como “el caballo de Troya” para su proceso soberanista y rememoran la frase de José Calvo Sotelo de 1931 según la cual es preferible para los demás españoles “una España roja antes que rota”.

Este marketing político que consiste en la política de gestión del miedo es una expresión de impotencia en las posibilidades del discurso propio. Es cierto que a determinados segmentos del electorado Podemos podría –como a mi interlocutora– hacerlos “temblar” en función de reverberaciones históricas, pero ni la organización de Iglesias es la única alternativa a los partidos más tradicionales (ni la más deseable, desde mi punto de vista), ni es cierto que no existan opciones diferentes para emitir un voto consciente y no resignado. En cualquier caso, la ascendencia de Podemos no puede ser un argumento de autocensura mediática en relación con las políticas del Gobierno y sus pronunciamientos públicos. O en relación con el PSOE.

Conviene tener claro, por lo tanto, que en los próximos meses –ya apuntó por ahí Mariano Rajoy al loar el bipartidismo como sinónimo de estabilidad– y ante la ausencia de argumentos políticos convincentes, va a gestionarse el miedo político de manera sistemática. Hasta hacer “temblar” a muchos para que los voten con la “nariz tapadísima”.

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