Albert Rivera, con pañales y olor a Nenuco

Los populares deberían combatir a Ciudadanos con un elenco de argumentos más depurados que los empleados por el delegado del Gobierno en Andalucía, el de Celia Villalobos o el de Rafael Hernando

Foto: Albert Rivera, en el cierre de campaña de las elecciones andaluzas de Ciudadanos. (Efe)
Albert Rivera, en el cierre de campaña de las elecciones andaluzas de Ciudadanos. (Efe)

Carmen del Riego, corresponsal política de La Vanguardia y presidenta de la APM, escribió el pasado martes una interesante crónica en el diario barcelonés sobre las interioridades del Comité Ejecutivo del PP celebrado a las veinticuatro horas de las elecciones andaluzas. Nadie, escribe la periodista, hizo un análisis mínimamente consistente sobre la irrupción de Ciudadanos en el parlamento andaluz, aunque constataba cómo Celia Villalobos –la inevitable Celia Villalobos– pidió la palabra y dijo: “No entiendo cómo pueden votar a un niño que va con el pañalito y huele a Nenuco”.

Lejos de valorar como ridícula la frase de la vicepresidenta del Congreso, me parece paradigmática, por una parte, de la ignorancia política que cunde en el PP sobre la realidad social española, y por otra, de la soberbia que ciega a sus dirigentes. La infeliz expresión de Villalobos es simétrica a la de su marido, Pedro Arriola, que tildó de “friquis que planean sobre Madrid” a los dirigentes de Podemos. Y emparenta con la calificación “Naranjito” que el portavoz parlamentario del PP, Rafael Hernando, dedicó a Rivera.

Entre el “niño” y los “friquis”, entre Ciudadanos y Podemos, suman en la Cámara andaluza veinticuatro escaños. Teniendo en cuenta que el PP perdió en el envite medio millón de sufragios y diecisiete parlamentarios, que en buena parte fueron a Ciudadanos, los dirigentes del partido gubernamental deberían formular análisis con más tiento. El principio de todos los vicios es la soberbia y la dirigencia del Partido Popular se distingue, precisamente, por esa altanería suficiente que persiste en el error y lo hace creyéndose impune al castigo.

El principio de todos los vicios es la soberbia y la dirigencia del PP se distingue por esa altanería suficiente que persiste en el error y lo hace creyéndose impune al castigo

La realidad, sin embargo, es que Ciudadanos concita, además –por lo que se ha visto en las europeas y en las andaluzas– una progresiva adhesión de los electores, también de ámbitos intelectuales. Félix de Azúa, que es un catedrático y escritor independiente y acerado en la crítica, escribió el martes en El País un buen artículo titulado “El momento de los pequeños”, que terminaba con éste párrafo: “¿Podemos, UPyD, Ciudadanos? Cualquiera de los tres. Yo me inclino por la sensatez del equipo económico de Ciudadanos y la indudable calidad de su líder, así como me parecen nefastos los engaños y la arrogancia de Podemos, pero no quiero dudar de la cordura de los votantes españoles. No pido que gane el mejor, sólo que no gane el peor”.

Si se contrastan las reflexiones del escritor con el cachondeo de Celia Villalobos, se comprenderá cómo la inteligencia, la cautela y la humildad no parecen formar parte del acervo de algunos dirigentes del PP que el pasado lunes –los famosos barones– tuvieron el gallardo gesto de no presentarse en la reunión cuando, seguramente, tanto Rajoy como el candidato andaluz, Juan Manuel Moreno, lo necesitaban más que nunca. Cierto es que al presidente le pareció “razonable” el resultado de su partido, pero, considerando su valoración como un eufemismo, la expresión de Villalobos fue de chirigota gaditana.

Mariano Rajoy. (Efe)
Mariano Rajoy. (Efe)

Ciudadanos está mordiendo con ansiedad las bases del PP. Acaba de ventilarse sin remisión a Unión, Progreso y Democracia y, seguramente, defenestrar a su portavoz y fundadora, Rosa Díez. Rivera no es un niño de pañales con olor de colonia para lactantes sino un político joven –de calidad, dice Félix de Azúa– que sabe muy bien lo que quiere. De momento, no pretende el sorpasso (grave error si lo intentase) sino ejercer una presión condicionante sobre los grandes partidos. Y justamente, jugar ese papel y no otro, es el que determinada parte del electorado español ha entendido que España necesita. Quizás el bipartidismo –debilitado respecto del que hoy tenemos– se mantenga, pero mediatizado por Podemos –en cuanto al PSOE se refiere y tras liquidar a IU– y por Ciudadanos –por lo que al PP se refiere tras liquidar a UPyD–. Y si ha ocurrido lo que ha ocurrido en Andalucía, qué no sucederá en comunidades como la madrileña.

Además, el partido de Rivera –y para lograrlo bastaría que obtuviese treinta escaños– tiene un guión estrictamente necesario: sustituir a CiU en el papel de bisagra que venía desempeñando hasta la mayoría absoluta del PP en 2011. De todo lo cual se deduce que los populares y el Gobierno deberían combatir a Ciudadanos con un elenco de argumentos más depurados que los empleados por el delegado del Gobierno en Andalucía –“no quiero que la maneje Cataluña ni que mande alguien que se llame Albert”– o el de Celia Villalobos, es decir, el de apelar metafóricamente a la juventud de su líder. O el de Rafael Hernando, tratando de ridiculizar al político catalán.

Hoy por hoy, el problema no son en ningún caso los treinta y seis años de Rivera, sino los sesenta que ayer cumplió Rajoy y más que por el calendario –el presidente es un hombre maduro– por el hecho de que en sus últimos treinta no se ha bajado de un coche oficial. Esa es la cuestión. O como se dice ahora, la vieja y la nueva política. La vieja huele a perfume cargado; la nueva a Nenuco.

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