UPyD y el obsceno espectáculo de los tránsfugas

Los partidos políticos mueren con agonías largas y penosas y este puede ser el caso de UPyD, pero también para estas organizaciones debería haber un código social que reprobase la autodestrucción

Foto: Reunión del Consejo de Dirección de UPyD este lunes. (EFE)
Reunión del Consejo de Dirección de UPyD este lunes. (EFE)

Escribió Georges Clemanceau, el político más notable de la III República francesa que “un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro y un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro”. En ambos casos consideraba el francés que se trataba de una traición. En Unión, Progreso y Democracia –que ayer lunes completó su mermada dirección para evitar tener que constituir una comisión gestora– se está produciendo un espectáculo obsceno de cargos del partido que lo abandonan para echarse en brazos de Ciudadanos. No son gente particularmente respetable. Una cosa es disentir y apartarse y otra, muy distinta, perpetrar un acto de transfuguismo. Y para recordar otro caso parecido al de UPyD hay que remontarse a la autodestrucción de UCD en 1981 y 1982.

La actitud más digna es la de los que discrepan y dan la batalla interna y en los órganos estatutarios de la formación. O la de los que se retiran con mayor o menor discreción y regresan a la vida privada. Y por supuesto, la de los que siguen en sus puestos y al lado de la dirección, estén confundidos o errados. La dignidad es compatible con el yerro, pero la traición es oportunista y no responde más que a un cálculo de intereses normalmente de carácter personal. Es lógico y humano –e injusto pero inevitable– que Rosa Díez se sienta traicionada. El hecho de que ella también abandonase el PSOE para fundar UPyD es algo diferente al transfuguismo y remite a una nueva etapa en la que la ahora portavoz y lideresa del partido se lanzó a una iniciativa repleta de incertidumbres y apuestas improbables.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos. (EFE)
Albert Rivera, líder de Ciudadanos. (EFE)

Me viene a las mientes esta reflexión al leer algunos de los artículos que David Ortega, catedrático de Derecho Constitucional y concejal-portavoz de UPyD desde 2011 en el Ayuntamiento de Madrid, ha recopilado en un libro titulado De la cultura de la queja al compromiso político (Editorial Gens). El capítulo 6º de la recopilación reúne los artículos referidos a UPyD durante la trayectoria más esperanzada y brillante de la formación. Ortega, discreto, sigue al pie del cañón, seguramente crítico con lo que ocurre en su partido, pero sin pulsiones abandonistas y, mucho menos, sin afán de tránsfuga. El libro sirve para seguir el reguero que en la política española ha ido dejando UPyD y que, no por el desastre irreversible que ahora sufre, debe desconocerse. Hubo tiempos de euforia y esperanza a recordar. Tiempos en los que muchos se engancharon a las siglas lideradas por Díez y obtuvieron un lugar al sol en la política española y ahora abandonan el barco precipitadamente.

Hay que esperar que el error de juicio moral que están perpetrando algunos cargos del partido magenta no se corresponda con la torpeza de Ciudadanos admitiéndolos acríticamente en sus filas. Nada ganaría el partido de Rivera y perdería crédito porque, aunque –como escribió Clemanceau– sean “convertidos”, no dejaran de ser traidores. La primera lección de decencia que se espera de Ciudadanos es que no se comporte con los tránsfugas como los partidos viejos: recibiéndolos con alharacas.

La única salida razonable a la dramática situación por la que atraviesa UPyD es la que están intentando algunos críticos: organizarse cara al Congreso extraordinario del partido en junio, disputarle el liderazgo a la actual dirección, sustituirla con una propuesta de coalición o fusión con Ciudadanos y, de ganar el cónclave, ejecutar el programa engrosando con los de Albert Rivera una gran fuerza política que disponga de mayor potencial que el actual para las elecciones generales.

Hay que esperar que el error de juicio moral de algunos cargos del partido no se corresponda con la torpeza de Ciudadanos admitiéndolos acríticamente

Sería lamentable que a la obscenidad de los tránsfugas que aquí y allí menudean en las filas de UPyD se añadiese la complacencia de Ciudadanos, representando ambas formaciones un espectáculo ya visto demasiadas veces en la política española, en la que las lealtades y los principios no son corolarios de criterios ideológicos sino relativismos que están en función de razones coyunturales atentas a los intereses particulares más básicos: el medro personal como pauta de conducta ética. No se trata, por lo tanto, de defender a la dirección actual de UPyD –cuya responsabilidad debe ser dilucidada en un Congreso extraordinario del partido– como de introducir alguna dosis de decencia en la vida de los partidos políticos.

Los partidos políticos mueren también con agonías largas y penosas y este puede ser el caso de UPyD –pero también para estas organizaciones debería haber un código social que reprobase la autodestrucción que provoca la traición y el transfuguismo–. La advertencia, más que a los obscenos tránsfugas magentas, se dirige al partido de Albert Rivera, que podría perder su inocencia si no da con la puerta en las narices a los oportunistas y no espera a que el Congreso extraordinario de UPyD defina una política oficial de relación con Ciudadanos. Porque lo bien hecho bien parece.

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