Monedero acierta: contra la moderación

La única salida de Podemos para emerger como 'herramienta de indignación' del 15-M consiste en convertirse en la fuerza política que arroje un 'panal de avispas sobre el confesonario' del sistema

Foto: Juan Carlos Monedero. (Efe)
Juan Carlos Monedero. (Efe)

“Hay que tener cuidado al elegir al enemigo porque uno acaba pareciéndose a él” (Jorge Luis Borges) 

Uno de los espectáculos políticos más adolescentes que se han contemplado en los últimos meses sucedió la noche electoral del 22 de marzo pasado, tras el recuento electoral en Andalucía. Los dirigentes de Podemos -quizá con la salvedad de Teresa Rodríguez, la cabeza de lista que barrió por Cádiz y que lidera allí la formación- se quedaron mudos por la decepción de los 15 escaños conseguidos. Ebrios por las encuestas supusieron que su registro debió ser el doble, acorde con las altísimas expectativas que ellos mismos -con la ayuda de los sondeos- se habían prefigurado.

Muchos de los dirigentes de Podemos no saben lo que es Podemos en el imaginario colectivo. Quien lo sabe bien -y es coherente con esa convicción- es Juan Carlos Monedero que considera (El País, del pasado jueves) que “la moderación desarmaría a Podemos”, que la situación requiere “instrumentos de indignación” y que el papel de la organización consiste en “tirar un panal de avispas en un confesonario”. Por eso Monedero -al margen su problema con Hacienda- se ha ido de la dirección de Podemos para “recuperar el agitador que era” y así proclamar que “la pelea”  no debe terminar “pareciéndote al que combates”.

Desde una distancia insuperable con lo que piensa y representa Monedero le reconozco -y cualquier analista lo haría- que tiene toda la razón. Siempre y cuando, y en coherencia, Monedero asumiese que de representar Podemos el rol que él pretende no aspire sino a ocupar un espacio relativamente reducido del espectro político y parlamentario español. Podemos tiene marchamo radical y marginal. Ese es su ADN. Cambiárselo sería puro transformismo.

Podemos es un partido para la agitación. Si se le priva de su radicalidad ¿en qué queda? En un trampantojo

La posibilidad de que el partido de Iglesias juegue una función denunciadora en el futuro inmediato español, se aleja a ojos vista con la política de Iglesias. El regreso de Podemos a fórmulas convencionales en el programa y en su organización interna, le sitúan en la orla de los partidos de la nomenclatura. Apelar, como ha hecho el líder de la formación, a Olof Palme es de una cortesanía socialdemócrata tan políticamente correcta que empalaga. Y las aspiraciones subsiguientes de convencer a las clases medias para que acudan a Podemos, suena a voluntarismo ingenuo.

La única salida de Podemos para emerger como “herramienta de indignación” del 15-M (ayer se cumplió su cuarto aniversario) consiste en convertirse en la fuerza política que arroje un “panal de avispas sobre el confesonario” del sistema. Cualquier otro rol, posición o espacio, le está vedado porque está solventemente ocupado por la moderación regimental, por la adhesión al orden constitucional y normativo del sistema de 1978. Más aún: España es hoy -equivocadamente- un lugar ocupado multitudinariamente por "Rositas las pasteleras”, denominación sarcástica con la que se motejó en el siglo XIX a Francisco Martínez de la Rosa, comandante en jefe del partido moderado español.

Podemos es un partido para la agitación. Si se le priva de su radicalidad ¿en qué queda? Seguramente en un trampantojo. Y, consiguientemente, en una organización que no arrastrará electoralmente ni a los indignados -insuperablemente cabreados- ni, desde luego, a las clases medias que encuentran en opciones de “cambio sensato” como Ciudadanos, o de continuidad, como el Partido Popular, sus alternativas más naturales. Lo mismo ocurre en la izquierda: el PSOE es el receptáculo de la izquierda socialdemócrata, precisamente de los que admiran al Olof Palme que invoca Pablo Iglesias. El destino de Podemos sería sustituir a Izquierda Unida y dejar la aritmética de la izquierda como está. Poca cosa.

La moderación han de amarla las formaciones con aspiraciones de Gobierno, no aquellas que dicen pretender 'tomar el cielo por asalto'

Que Podemos se esté confundiendo delata que en su seno han ganado los que contemplan erróneamente la organización más como un instrumento de consecución de poder que como una “herramienta de indignación” para la que no es relevante tanto el número de escaños como su función presencial dinamizadora en un sistema silente y discreto en el que se habla en murmullo. La moderación han de amarla -en la mejor tradición de los clásicos griegos y romanos- los partidos de poder, las formaciones con aspiraciones de Gobierno, pero no aquellas que dicen pretender “tomar el cielo por asalto”, desatender el pago de la deuda o subsidiar universalmente a los ciudadanos. Éstos últimos deben aspirar sólo a la minoría porque no otra cosa le permitirá un país como España que dispone de una renta de más de 24.000 euros per cápita, es la cuarta economía de la eurozona y la novena potencia económica del mundo.

La concepción inmoderada de Monedero -Podemos como moscón cojonero del sistema- es la única posible. La alternativa para el partido de alguno de sus compañeros será, sin duda, flor de primavera, fugacidad de un cabreo, curiosidad por una novedad, pero no cuajará porque terminara sucediéndole lo que el Monedero excéntrico, desmesurado, histrión pero perspicaz, ya ha detectado: se terminará pareciéndo a quien combate. Y para ese viaje no se necesitan las alforjas de la fanfarria podemista.

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