Rajoy y el derecho al fracaso

Si no sabe, no puede o no quiere reaccionar, es mejor que se marche -o que le echen- para que con él no se vaya por el sumidero el PP que con sus políticas se quedaría aislado en el tablero político

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), conversa con el portavoz del PP en el Congreso, Rafael Heranando. (Efe)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), conversa con el portavoz del PP en el Congreso, Rafael Heranando. (Efe)

Aunque parezca contradictorio, las elecciones municipales y autonómicas acreditarían que el PP podría ganar holgadamente las generales de noviembre. Los populares han perdido dos millones y medio de votos respecto del 22 de mayo de 2011 y, previsiblemente, una gran capacidad de poder institucional. El mapa del poder ha cambiado. Tanto en las europeas de mayo de 2014 como en el pasado 24-M, España ha girado a la izquierda y ha abierto la puerta de la fortaleza bipartidista a Podemos y Ciudadanos. Los españoles están avisando a Rajoy a gritos.

Ahora el PP se encuentra en su suelo electoral: en seis millones de votos. Desde 2003 estuvieron rondando siempre los ocho millones en las locales y autonómicas y siempre por encima del PSOE en porcentajes pequeños menos en 2011 en las que los populares registraron resultados históricos. Bastaría que el PP recuperase una parte de su electorado perdido en las europeas de mayo pasado y en los comicios del 24-M para remontar posiciones y alcanzar en noviembre un resultado aceptable. La extrapolación de las municipales autonómicas a las generales le daría ahora al PP entre 120 escaños, en el peor de los casos, y 132, en el mejor. Ese resultado sería una hecatombe viniendo de una mayoría absoluta como la actual.

La indagación en los números del 24-M demostraría -como ocurriera en las europeas del año pasado- que una parte del electorado conservador no se ha movilizado totalmente hacia la opción de Ciudadanos. Los dos millones y medio que perdió el PP no los ganó el partido de Rivera que obtuvo en el conjunto de España millón y medio de sufragios. Eso quiere decir que una parte nada despreciable del electorado del PP sigue en casa, castigando con su ausencia al Gobierno y al partido, pero sin adulterios electorales. La izquierda sí se movilizó.

Una parte nada despreciable del electorado del PP sigue en casa, castigando al Gobierno y al partido, pero sin adulterios electorales

Un resultado razonable en las generales, sin embargo, requiere que el centro-derecha que representa el PP le niegue a Mariano Rajoy el derecho a fracasar. Se trata de una facultad que no está dentro del ámbito de sus prerrogativas. Puede confundirse, pero no perseverar contra viento y marea en el error. Como ha escrito Rafael Sánchez Ferlosio en uno de sus pecios que me inspiró el título del libro Mañana será tarde, “decir que el tiempo lo cura todo vale tanto como decir que todo lo traiciona”.

Pues bien: dejar las cosas como están, no alterar la composición del Gobierno, tampoco la primera línea del partido, continuar con el discurso economicista de la recuperación sin diversificarlo, seguir instalado en la publicitación de los méritos contraídos por la gestión de la crisis económica (no reconocidos, sin embargo, por buena parte de la ciudadanía), confundir, en definitiva, la perseverancia con la tozudez, es fiar al tiempo la curación de los errores del Gobierno y, por lo tanto, traicionar la causa del Partido Popular que es la de millones de españoles.

Si Mariano Rajoy cree tener derecho al fracaso y arrastrar con él a la opción articulada del centro-derecha español que tanto ha costado construir, debería abandonar sus pretensiones y resignar la posibilidad de repetir como candidato. Si no sabe, no puede o no quiere reaccionar, es mejor que se marche -o que le echen- para que con él no se vaya por el sumidero el PP que con sus políticas se quedaría aislado en el tablero político y, seguramente, en buena parte sustituido por Ciudadanos.

El propósito del PSOE y de Podemos -un propósito explícito al que se sumarían los nacionalismos tanto vasco como catalán- es el de aislar al PP y restarle todo cuanto poder institucional puedan. El aglutinante de la izquierda, mucho más que determinadas ideas y políticas, consiste en el “enemigo común”, es decir, la derecha que los populares representan. Rajoy es un blanco fijo, sencillísimo de impactar. Y debe ser un blanco móvil implementando políticas diferentes, dejándose de la mugrienta previsibilidad que no es otra cosa que una forma eufemística de denominar al miedo, impulsando nuevos rostros y demostrando que es capaz aún de superarse a sí mismo.

Si Rajoy cree tener derecho al fracaso y arrastrar con él a la opción articulada del centro-derecha, debería resignar la posibilidad de repetir como candidato

No es que haya demasiada confianza en las capacidades de Rajoy, pero su meditación personal y política -y la del PP en su conjunto- estriba precisamente en diagnosticar su resiliencia. Si pese a todos los avisos y las advertencias que ha recibido del electorado, de algunos entornos del PP, de determinados medios de comunicación, el gallego persiste en la creencia de que tiene derecho a fracasar, los dirigentes de su partido deberían repetir la operación de los conservadores con Margaret Thatcher en noviembre de 1990: simple y llanamente, echarle democráticamente y sustituirle por otro. Si John Major consiguió dilatar el ciclo conservador siendo un hombre tan gris, ¿no habrá en el PP nadie capaz de conducirlo a obtener ocho millones de votos sobre los seis que ahora atesora?

Un dirigente, no vale un partido político; un hombre no tiene derecho a desencantar a millones; un hombre no tiene derecho a seguir en el error cuando hay sendas para el acierto colectivo. Nunca un hombre político tuvo tantas oportunidades para rectificar como Mariano Rajoy. Si no lo hace, que se vaya.

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