Rajoy descubre que es bicéfalo

Recuperada ante el espejo la memoria perdida, el Presidente ha llegado a la muy lógica conclusión de que él es el líder del partido y que lo necesario era que él asumiese enteramente su condición

Foto: El presidente del Gobierno y del Partido Popular, Mariano Rajoy. (Efe)
El presidente del Gobierno y del Partido Popular, Mariano Rajoy. (Efe)

Mariano Rajoy, siguiendo el consejo de Juan Vicente Herrera, presidente in péctore de Castila y León, se ha mirado al espejo y ha descubierto que él, sí él, es el presidente del Partido Popular. Ya decía el aforismo griego, atribuido a Sócrates, a Heráclito y a Pitágoras, entre otros, que lo importante era conocerse a uno mismo (“conócete a ti mismo”).

El presidente ha hecho un ejercicio de introspección y ha recordado que desde septiembre de 2003 él es el máximo responsable de la organización por decisión dactilar de José María Aznar, circunstancia que había olvidado desde noviembre de 2011.

Recuperada ante el espejo la memoria perdida, el Presidente ha llegado a la muy lógica conclusión de que lo necesario era que él asumiese enteramente su condición y se evitase así el lío de mover a unos y a otros de sus puestos. Bastaba, pues, “ponerse al frente del partido” a través del vicariato de Moragas, lucir las paredes de Génova con cuatro vicesecretarios nuevos manteniendo a Cospedal y Arenas (¡qué engorro cambiarles!) y retirar discretamente a Floriano y a González Pons sin hacer sangre. Y aquí paz y después gloria.

Pensábamos que en Génova mandaba Cospedal e intrigaba Arenas, en donde hablaba (¿) Floriano y sonreía cinematográficamente González Pons

La extravagancia de pensar que con una movida en el partido y en el Gobierno habría más posibilidades de ganar las elecciones no es propia de un hombre como Rajoy que necesita amigos -y los amigos no abundan- para los puestos de responsabilidad.

Ahora los tiene a todos colocados y lo que se precisa es comportarse como la mantis religiosa sobre el lomo de la nueva realidad política. Una realidad que sobresalta -ese Guillermo Zapata y ese Pablo Soto de Ahora Madrid como exponentes de esos “jóvenes airados” de Manuela Carmena- a las clases medias que el Gobierno ha triturado pero que en al final volverán a confiar en él antes que en políticos de nuevo cuño que se desnudan en capillas universitarias, lanzan tuits para que se guillotine a Ruíz-Gallardón o para celebrar la “lucha armada”.

Rajoy supone que el miedo guarda la viña y que bastará subrayar cómo Pedro Sánchez ha posibilitado acuerdos con eso nuevos “bárbaros” para que la abstención a la que se refirió como concausa de la derrota popular salga en tropel a hacer cola en los colegios electorales cuando convoque las elecciones generales.

El descubrimiento, tardío pero efectivo, de que él es el presidente del Partido Popular ha resuelto la crisis de la organización. Era un dato en el que nadie -quizás salvo Juan Vicente Herrera- había reparado. Pensábamos que en Génova mandaba Cospedal e intrigaba Arenas, en donde hablaba (¿) Floriano y sonreía cinematográficamente González Pons.

María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)
María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)

Pues no: en Génova el presidente tenía, tiene, un despacho en estado permanente de revista para que siente sus posaderas como máximo responsable del partido que después de hundir quiere ahora salvar, procurando, eso sí, que la secretaria general y la vicepresidenta no se tiren de los pelos políticos. Él pondrá paz, mientras Moragas, mochila a cuestas, casco y moto, será su longa manu en la hercúlea tarea que se ha echado sobre sus anchas espaldas: ¡Nada menos que presidir el PP!

Con la crisis non nata del Gobierno, pasará lo mismo. Se dará cuenta que siendo él, Mariano Rajoy, su presidente, bastará que ejerza de tal para que no sean necesarios más cambios que los imprescindibles como darle a Alfonso Alonso, un tipo siempre correcto, bien planchado y bien peinado, la función de que -de vez en cuando- la referencia del Consejo de Ministros consiga algún titular y que, también de cuando en cuando, el portavoz del Gobierno no lo parezca de una oficina de distrito municipal.

La extravagancia de pensar que con una movida en el partido y en el Gobierno habría más posibilidades de ganar las elecciones no es propia de Rajoy

Esto que cuento tiene su ironía, pero con ella o sin ella, responde a la verdad. Rajoy no gobernará seguramente en la próxima legislatura aunque gane las elecciones porque la lógica de la izquierda es echarle a él de donde está. Lo que será mucho más fácil de hacer ahora que antes. Si hubiese repartido juego -nueva/o secretario general o coordinador, vicesecretario de acción electoral, además de los nombrados- y cesase a un Montoro et alii en el Gobierno, la oposición tendría que disparar a muchas dianas a la vez.

Pero descubriendo él mismo que lo es todo en el Gobierno y en el partido -aunque haya ejercido a medias en uno y en otro sitio- es un perfecto blanco para los dardos de los adversarios. Como el optimismo es lo último que debe perderse en situaciones desesperadas, quizás, esa mirada de Rajoy al espejo descubriendo que, efectivamente, él es el presidente del Partido Popular, nos depare tardes de gloria y a la derecha el hallazgo de conocer a un nuevo Rajoy después de padecerlo resignadamente estos últimos tres años y medio.

Brillante operación de renovación y reajuste, señor presidente. Y de memoria sobre su condición bicéfala.

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