El Gobierno del sí-sí y la bandera española de Carrillo y de Sánchez

Es preciso que la izquierda rompa prejuicios e incorpore la simbología constitucional y que la derecha no se pase de frenada acaparándola o constituyéndose en guardián de sus esencias

Foto: Pedro Sánchez en su acto de presentación como candidato del PSOE a las elecciones generales. (EFE)
Pedro Sánchez en su acto de presentación como candidato del PSOE a las elecciones generales. (EFE)

La polémica sobre la puesta en escena de la proclamación de Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno –bandera española incluida- ha venido a coincidir con la designación y toma de posesión del nuevo Gobierno de la Generalitat de Cataluña que es homogéneamente independentista, o, dicho de otra manera, el Ejecutivo del sí a la independencia y el sí al Estado catalán en Europa.

Y cuando el Estado ve cuestionada su integridad territorial, es un error (o una estupidez) que se ponga en tela de discusión la procedencia de que el líder socialista exhiba un símbolo constitucional, unitario y plural como es la enseña de todos con el escudo que –como ha recordado Miquel Iceta, el primer secretario del PSC- reúne la compleja diferencia histórica de España: la Corona de Castilla y León, Navarra y Aragón.

Si la izquierda española, incluida la catalana, hubiese sido más perspicaz en su momento, quizás ayer Artur Mas no estuviese dando posesión a un Gabinete cuyo afán son unas elecciones mal llamadas plebiscitarias que serían la palanca para una declaración unilateral de independencia.

De ahí que el mensaje del líder del PSOE resulte del todo adecuado: detrás de él, en un momento muy singular, la enseña de España que se utiliza, todo hay que decirlo, con menos profusión y frecuencia que la senyera estelada y la ikurriña, salvo en actos oficiales o institucionales.

Artur Mas durante la toma de posesión de los nuevos consellers. (EFE)
Artur Mas durante la toma de posesión de los nuevos consellers. (EFE)

Para la continuidad de su Estado y para su integridad, España necesita que su estructura de partidos disponga de unos mínimos comunes denominadores. Que Pedro Sánchez envíe el mensaje que se desprende de la exposición de la bandera de España es similar al que remitió en su toma de posesión Susana Díaz (“Andalucía para sí, para España y la humanidad” lema sobreimpresionado en la bandera andaluza).

La unidad de España –que algún lelo piensa que es una soflama franquista- tiene que ver desde 1978 con un proyecto democrático, histórico y de convivencia. Por eso, es preciso que la izquierda rompa prejuicios –como hizo Sánchez- e incorpore la simbología constitucional y que la derecha no se pase de frenada acaparándola o constituyéndose en guardián de sus esencias.

De las sobreactuaciones del PP –mesas petitorias contra el Estatuto catalán- vienen algunos de los males que nos aquejan. Carece de sentido que los portavoces populares, en vez de celebrar la decisión de Sánchez –que a nadie agrede- se dediquen a criticarle. Por más que el PSOE haya concluido algún acuerdo municipal, e incluso autonómico, incoherente. Y que en el pasado se sumiese en un complejo de inferioridad ante los nacionalismos vasco y catalán.

Cuando el secesionismo catalán ha puesto el turbo a sus pretensiones es una excelente noticia que el PSOE, el PP y Ciudadanos –los de Podemos hablan también de patria pero, por el momento, es un concepto poco perfilado- se aúnen en torno a los símbolos de unidad haciendo suyos los propios de regiones y nacionalidades que conforman la España plural que quiso el constituyente de 1978.

Las banderas no hacen proyectos, pero no hay proyectos de convivencia en libertad sin símbolos comunes que los representen

La bandera, el escudo, el himno (¿ya se ha olvidado la pitada que recibió en el Camp Nou en presencia del Rey?) son símbolos de libertad porque la patria es donde aquella habita en expresión afortunada de Benjamín Franklin. Hay que tratar por todos los medios que esos símbolos –perfectamente compatibles con otros- adquieran su verdadero sentido que no es el de la exaltación nacionalista sino el de la integración en un sistema democrático pleno.

El independentismo catalán, el del sí-sí, ha llegado hasta donde ha llegado no tanto por ausencia de medidas coactivas, sino por lo que Pujol escribió en su ensayo titulado Un proyecto malogrado: “España carece de proyecto” supuso con bastante buen criterio en 2009 el ex presidente de la Generalitat de Cataluña. Las banderas no hacen proyectos, pero no hay proyectos de convivencia en libertad sin símbolos comunes que los representen.

En abril de 1977 por 169 votos a favor, ninguno en contra y once abstenciones, el Comité Central del Partido Comunista de España –con Carrillo al frente- adoptó la decisión de colocar la bandera roja y gualda en todos sus actos al lado de la bandera comunista.

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (Reuters)
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (Reuters)

O sea, volver al debate sobre la exhibición de la bandera española en un acto como el que protagonizó Pedro Sánchez y el PSOE el domingo pasado es un grave anacronismo, por un lado, y, por otro, un debate contraproducente cuando el secesionismo catalán va quemando etapas. Los comunistas lo superaron antes, incluso, de que se proclamase la Constitución de 1978.

Es buena noticia también que un catalán como Albert Rivera anunciase ayer su disposición a asumir la candidatura de Ciudadanos a la presidencia del Gobierno de España. El mismo día en que Mas daba posesión a un Gobierno catalán homogéneamente independentista. Casualidades históricas.

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