Letonia, capital Barcelona

El proceso secesionista ha deshecho en mil pedazos el espléndido espejo barcelonés en el que la cultura española se miraba a orillas del Mediterráneo

Foto: Artur Mas (d), Oriol Junqueras (i), el cabeza de lista, Raül Romeva (c), Carme Forcadell (2d), y Muriel Casals, en la presentación de la lista unitaria. (EFE)
Artur Mas (d), Oriol Junqueras (i), el cabeza de lista, Raül Romeva (c), Carme Forcadell (2d), y Muriel Casals, en la presentación de la lista unitaria. (EFE)

Una de las características más definidoras del proceso secesionista catalán consiste en el silencio -¿complicidad por omisión temerosa?- de buena parte de la sociedad civil de Cataluña -la no nacionalista- ante la destrucción del sistema político del Principado a manos de CDC y ERC, asistidos ambos partidos por las organizaciones populares independentistas.

Pareciera que el empresariado -el de gran tonelaje, porque el medio y el pequeño se alinean con la secesión- no tuviera nada públicamente que decir aunque le vaya mucho en el intento. Se ha instalado el unanimismo denunciado por el catedrático y colaborador de este diario Manuel Cruz. Prima, o la extrema discreción, o el doble lenguaje. Hay excepciones -Josep Luis Bonet, por ejemplo- que confirman la regla.

En el mundo cultural e intelectual, sin embargo, hay menos aquiescencia quizá porque Barcelona ha sido la capital de la edición en español, la ciudad más europea de España, la más abierta y más libre durante el franquismo y la que acogió todas las expresiones culturales en español.

El artículo del escritor peruano Santiago Roncagliolo publicado en el diario El País el pasado jueves (“Perdiéndonos la fiesta”) ha sido un auténtico aldabonazo. Este joven escritor -pero consolidado como uno de los mejores prosistas en español- que oficia de analista político con brillantez, denuncia la introspección de la catalanidad en el secesionismo y en el sectarismo y sentencia que los “latinoamericanos de mi medio -escritores, editores, periodistas- están abandonando Barcelona”. Dice que ninguno lo hace ni por anticatalán ni por antinacionalista. No se van de la Ciudad Condal por razones ideológicas sino porque allí no logran trabajo. Según Roncagliolo si “hoy escribes en español, tu vida está en otra parte”.

Roncagliolo: “En este universo lleno de energía creativa, Barcelona siempre fue la Nueva York. Hoy está empeñada en convertirse en Letonia”

El escritor peruano está afincado en Barcelona, así que sabe de qué habla. Después de glosar a la ciudad más lejana a Franco y más cercana a Francia constata que “los intelectuales que hoy abandonan Barcelona prueban precisamente que antes estaban aquí. Madrid nunca había podido llevárselos. Hoy Barcelona se los regala, renunciando con convicción a su propio lugar de privilegio.” Y continúa: “Si los hispanos de Estados Unidos fuesen un país formarían parte del G-20. En este universo lleno de energía creativa, Barcelona siempre fue la Nueva York. Hoy está empeñada en convertirse en Letonia”.

Y concluye: “Cataluña nunca fue esa provincia encerrada en sí misma que los nacionalistas quieren construir. Si algo ha admirado de ella el mundo hispano es su espíritu cosmopolita y su apertura. Durante décadas, su bilingüismo perfecto ha sido la señal de una sociedad culta, orgullosa de sí misma y dialogante a la vez. La protección del catalán en la educación fue un ejemplo para las lenguas autóctonas americanas, antes de convertirse en todo lo contrario: un esfuerzo en borrar al otro”.

La tesis de Roncagliolo no es sorprendente (ya Félix de Azúa escribió en 1982 “Barcelona es el Titanic”). Lo es algo más la contundencia con la se explica en un momento político como éste. Los que seguimos al detalle lo que ocurre en Cataluña ya subrayamos en su momento, y con alarma, cómo, bajo los auspicios de varios autores como Nuria Amat, Myriam Tey, Félix Ovejero, Ignacio Vidal Folch y con la adhesión de Juan Marsé, Javier Cercas, Juan Goytisolo. Laura Freixas, Ramón de España, Oscar Tusquet e Ignacio Martínez de Pisón, han tenido que crear el Centro Libre de Arte y Cultura (CLAC) para recuperar la referencia de Barcelona como gran plaza cultural.

Nuria Amat: “El nacionalismo antepone patria a cultura, lengua a libertad, división a pluralismo, manipulación a verdad, división a confluencia”

Nuria Amat explica en su blog por qué está en ese Centro: “porque el nacionalismo, todo nacionalismo, antepone patria a cultura, lengua a libertad, división a pluralismo, manipulación a verdad, provincianismo a cosmopolitismo, división a confluencia”. Difícilmente se puede exponer con más vehemencia y convencimiento lo que implica en negativo el independentismo identitario.

Otros escritores e intelectuales como estos citados en el post están reaccionando ya como otras instancias políticas -hemos pasado de las sonrisas a la gravedad del gesto que se adecúa más a la coyuntura como bien ha entendido el Rey- al zarandeo entre prepotente y victimista de autores nacionalistas radicales que destrozan la grandeza cultural de Cataluña.

Daré dos ejemplos clamorosos. El consejero de Cultura de Mas, Ferrán Mascarell escribió el 16 de julio de 2012 que los españoles y el Estado “desean una sociedad catalana fragmentada en dos comunidades lingüísticas, anhelan una sociedad dividida, suspiran por una Catalunya políticamente subordinada”. Juicios muy ecuánimes, como se ve, prologados de la demonización del Estado.

El secesionismo no sólo ha fracturado Cataluña sino que ha hecho trizas el espejo barcelonés en el que la cultura española se miraba a orillas del Mediterráneo

Por ese mismo camino transita el autor de la exitosa novela -especialmente por sus ventas en castellano- “Victus”, Albert Sánchez Piñol, que ha llegado a escribir sin despeinarse: “España (la cursiva es del autor) tiene un significado añadido de tragedia, de fracaso, de melancolía atroz (…). España no es un laberinto, es un plomo muerto. Admitámoslo: España no siempre castiga, pero nunca ilusiona.”

Santiago Roncagliolo en representación de muchos ha descrito con acierto en dónde se encuentra el gran peligro de las hegemonías nacionalistas radicales: en el empobrecimiento cultural que es consecuencia del sectarismo político. Un empobrecimiento que está convirtiendo a Barcelona en un territorio báltico cuando por sus hechuras históricas y sus capacidades de convivencia podía aspirar a ser la Nueva York hispana.

El proceso secesionista, tan disparatadamente patriótico, no sólo ha fracturado a la propia Cataluña -aunque los catalanes lo nieguen como quien recita un mantra- sino que ha hecho mil pedazos el espléndido espejo barcelonés en el que la cultura española se miraba a orillas del Mediterráneo.

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