Podemos cae a plomo y se le rompe el espejo

El partido de Iglesias no ha conseguido materializar la centralidad y transversalidad de su oferta política y el fracaso de Syriza ha roto el espejo en el que se miraba Podemos y su electorado

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

En el CIS de enero de este año, Podemos eclosionó como la segunda fuerza política en estimación de voto con el 23,9% frente al 22,2% del PSOE. Se pensó entonces que la fuerza liderada por Pablo Iglesias estaría en condiciones de sustituir por la izquierda a la de Pedro Sánchez. Sin embargo, desde principios de año Podemos no ha hecho sino caer tanto en el barómetro del CIS como en los sondeos de los medios de comunicación, situándose como tercera fuerza política, no lejana a Ciudadanos, y con una estimación de voto en el pasado mes de julio de sólo el 15,7%. En apenas seis meses la organización se ha desplomado ¿Qué ha ocurrido?

Han concurrido varias circunstancias. La primera y principal es que Podemos no ha conseguido materializar -ni en la teoría ni en la práctica- la centralidad y transversalidad de su oferta política. La táctica de situarse con “los de abajo” y estar en contra de los “de arriba” -eufemismos ambos para desmarcarse del etiquetaje de izquierda extrema- ha provocado un serio desconcierto en sus bases potenciales que se encontraron particularmente cómodas el 24 de mayo pasado -elecciones autonómicas y municipales- votando a plataformas y mareas que trascendían a Podemos y apostaban por la convergencia de izquierdas populares y movimientos sociales.

Mientras, Pablo Iglesias lanzaba un discurso fatuo y prepotente despreciando a Izquierda Unida y a todas aquellas otras pequeñas fuerzas de izquierdas que propugnan para las elecciones generales una repetición de los modelos que han funcionado en Madrid (Ahora Madrid con Manuela Carmena) y en Barcelona (Barcelona en común con Ada Colau) y que, con cierta incoherencia por parte de la dirección de Podemos, que vuelve a renunciar a sus siglas, comparecerá en las catalanas del 27-S bajo la denominación de Catalunya Sí que es Pot al frente de la cual se ha situado a un líder vecinal como Lluìs Rabel, que como las alcaldesas de la capital y la ciudad condal tampoco milita en el partido de Iglesias. Pareciera que las agrupaciones de izquierda, con Podemos dentro, han canibalizado la marca, presa del deseo de las bases de ofertar al electorado plataformas de convergencia y no partidos al uso.

Las diferencias de Podemos con las fuerzas políticas tradicionales no han hecho sino difuminarse y el partido se ha convertido en convencional

En el camino Podemos se ha burocratizado. Ha perdido su carácter asambleario y abierto para migrar a un modelo tradicional de aparato político controlador como se ha demostrado en unas contestadísimas elecciones primarias, centralizadas, que ha ganado a la búlgara la plancha de Pablo Iglesias con una participación realmente exigua de militantes inscritos (el 16%). Este armazón orgánico -impugnado con mayor o menor claridad por uno de los líderes fundacionales de la organización, Juan Carlos Monedero- ha coincidido con otra notable ambigüedad programática que está alcanzando su máxima expresión en Cataluña con la candidatura que, aunque dominada por Podemos, está trufada de personalidades de la izquierda con criterio propio -y no siempre coincidente entre sí- sobre la terapia política que requiere el Principado y, en particular, sobre los propósitos independentistas de sectores de la izquierda catalana como los que representan ERC y CUP.

Las diferencias de Podemos con las fuerzas políticas tradicionales no han hecho sino difuminarse y el partido se ha convertido en convencional, mucho más inerte que durante los últimos meses del año pasado, más confuso y contradictorio en sus mensajes y con un liderazgo de Pablo Iglesias claramente a la baja. Aunque el CIS no mide la valoración popular de los políticos no parlamentarios, sí lo ha hecho la encuesta de Metroscopia para El País. Pues bien: el líder de Podemos es valorado con un -32, un registro sólo empeorado por Rajoy (-48) y Mas (-74), pero mejorado por Rivera, Sánchez y Garzón, el líder, éste último, de Izquierda Unida que, pese a su inconsistencia, se comporta como una piedra en el zapato de un Iglesias que se ha pasado el verano prácticamente desaparecido.

El fracaso de Syriza en Grecia, además, ha roto el espejo en el que se miraba Podemos y buena parte de su electorado. La referencia internacional se ha caído después de que esta misma semana los parlamentos más exigentes -el alemán y el holandés- hayan aprobado un draconiano tercer programa de rescate del país y del que Tsipras abominaba antes de llegar al poder y que dejó en agua de borrajas la breada política que le proporcionó el referéndum del pasado mes de julio. Syriza y Tsipras –aunque han impreso una huella crítica indeleble en el funcionamiento de la Unión Europea con la consulta popular a los griegos sobre las condiciones de los acreedores internacionales- no han podido eludir la realidad económica y política de la Unión diluyendo así la verosimilitud de propuestas populistas como las que Podemos plantea en España. El líder ha dimitido y los griegos, ocho meses después, de nuevo, a las urnas.

La sensación de que Iglesias es un líder con una solvencia muy menor y una empatía dudosísima justifica la caída a plomo de Podemos

Si a todos estos factores se suman otros como el repunte del Partido Popular -estaría en torno al 30% en intención de voto- y el acaparamiento de poder institucional, municipal y autonómico del PSOE como consecuencia de sus pactos con las plataformas y mareas de izquierdas, sería fácil llegar a la conclusión de que la cuesta abajo electoral de Podemos tiene unas causas muy reconocibles que tienden a agudizar -no a mejorar- las menores expectativas de la organización en unas próximas elecciones generales.

Por último, la sensación de que Pablo Iglesias es un líder con una solvencia muy menor –no se puede comparar a Íñigo Errejón, por poner un ejemplo que viene a mano- y una empatía dudosísima, justifica la caída a plomo de Podemos en cuyo núcleo ha desconcertado un Tsipras y una Syriza que deben regresar a las urnas para relegitimar una gestión decepcionante para los sectores sociales que creían ver en ese líder y en su partido un recurso de contestación irreversible a la Europa germana de la austeridad y las políticas de ortodoxia. 

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