Artur Mas, todavía cinco días por delante

Junqueras sabe que hay golpes políticos -como el de la CUP el domingo- que provocan lesiones irreversibles. El hábil republicano trata de aplicar un remedio de urgencia para evitar el colapso

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Artur Mas ha brincado de error en error -dolosa o temerariamente- hasta que el pasado domingo la CUP desarboló su candidatura a la Presidencia de la Generalitat de Cataluña. Tres han sido sus yerros estratégicos. El primero lo cometió al reclamar en noviembre de 2012 -a mitad de la legislatura iniciada en 2010- una “mayoría indestructible” para reivindicar el “derecho a decidir”. No solo no la obtuvo sino que cayó de 62 a 50 diputados. El segundo fue todavía más grave: entre 2012 y 2014, migró de la tesis del “derecho a decidir” al unilateralismo independentista, convocó unas elecciones plebiscitarias en septiembre del pasado año imponiendo a ERC una lista única (Junts Pel Sí), no obtuvo mayoría absoluta en escaños (62) y perdió, además, el plebiscito (sumando a la CUP, el separatismo no llegó al 48%). El tercer yerro, o engaño, tampoco tiene excusa porque es aritmético y lógico: leyó los resultados del 27-S como una victoria añadiendo los diputados de la Candidatura de Unidad Popular a los suyos y adjudicando el porcentaje de votos obtenidos por la marca catalana de Podemos (Catalunya Sí que es Pot) a un territorio de nadie en beneficio sumatorio del secesionismo.

Por el camino, Artur Mas ejecutó un plan destructivo. A lomos de una recurrente movilización callejera que encargó a la ANC y a Òmnium Cultural -ambas organizaciones cumplieron escrupulosamente el mandato en sucesivas y cromáticas Diadas-, el presidente catalán introdujo el virus del enfrentamiento en el transversal PSC, que se ha desangrado, quebró la histórica federación de CDC con Unió (CiU), haciendo desaparecer el catalanismo democristiano, y hasta ayer mismo, cuando su perspectiva de fracaso parece irreversible -salvo que prosperen las maniobras subterráneas que desde hace horas se fraguan en Barcelona para aprovechar la crisis de la CUP-, el debate sobre su futuro rompía la cohesión de los anticapitalistas, cuyo portavoz en el Parlamento, Antonio Baños, renunciaba a su acta y a su función en la organización seducido, al parecer, por la atribución a Mas de un bíblico papel en una eventual independencia de Catalunya.

Las instituciones del Estado han permitido que Mas haya expandido su toxicidad política desde 2012 hasta el domingo día 10 de enero de 2015

Pese a todo, lo más grave del continuado y fracasado comportamiento político de Mas consiste en la provocación de efectos perniciosos generales de difícil reversibilidad: 1) ha provocado una grave crisis constitucional al desconocer con su unilateralidad el carácter procedimental de nuestra democracia, 2) ha sumido a la sociedad catalana en un nuevo episodio de irredentismo y frustración, 3) ha desarticulado la expresión política, electoral y social del catalanismo de centro-derecha, 4) ha asfixiado a las élites catalanas que han mostrado ante él una blandura abochornante y 5) ha terminado por entregar el futuro de Cataluña a la izquierda: a Esquerra Republicana, que hegemonizará el nacionalismo tras la autodestrucción de CDC, a la marca catalana de Podemos con el potente liderazgo de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y a lo que quede de la Candidatura de Unidad Popular.

¿Por qué entonces la CUP le ha rechazado después del desbroce que Mas ha ejecutado en el sistema democrático? Porque esta organización quiere construir un Estado propio contra la “oligarquía” burguesa de la que el presidente de la Generalitat ha sido uno de sus referentes; quiere hacerlo también contra la “corrupción instalada” que tiene en Pujol -Mas es su heredero político- y su familia todo un epítome; pretende construirlo también sobre el arrasamiento del autonomismo pragmático del partido que preside Artur Mas, y aspira a reequilibrar la mesocracia barcelonesa -de la que es miembro eminente el presidente en funciones- con la menestralía catalana del interior. Por eso le vale cualquier candidato, pero no Mas. ¿Qué parte de todo esto no ha entendido en ningún momento el presidente de la Generalitat?

Confiemos, con Henry Ford, en que el fracaso sea una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia. Que se ha echado en falta -todo hay que decirlo- en el Gobierno y en la dinámica de las instituciones del Estado, que a la postre han permitido que Artur Mas haya expandido su toxicidad política desde 2012 hasta el próximo domingo día 10 de enero de 2015. Todavía quedan cinco días -y son muchos- hasta que su defenestración política sea un hecho incontrovertible. En la tarde de ayer, Oriol Junqueras apelaba al acuerdo -con o sin Mas de candidato- en un último y desesperado intento de que el proceso no capote. El dirigente de ERC sabe que hay golpes políticos -como el de la CUP el domingo- que provocan lesiones irreversibles. El hábil republicano trata de aplicar un remedio de urgencia para evitar el colapso. Cinco días.

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