Iglesias, Otegi y la cal viva de Busot

La investidura fallida de Pedro Sánchez es la consecuencia de la lógica destructiva de Podemos y Pablo Iglesias, que tratan de mostrar los comportamientos más patéticos del PSOE

Sus recursos políticos son muy rasos y su arrogancia se compadece mal con su solvencia intelectual. Con ese bagaje, Pablo Iglesias incurre en el histrionismo, es decir, en la exageración o en la afectación. Resulta a veces hiriente hasta la crueldad y en ocasiones amanerado con expresiones banalmente sentimentales. Esta ciclotimia le perfila como un dirigente político inseguro e imprevisible, negativo para sus posibles socios pero también lesivo para su partido que ha de padecer sus vaivenes dialécticos, que unas veces aplaude con entusiasmo y otras silencia con resignación.

Iglesias mostró su lado más rencoroso e hiriente el miércoles cuando atribuyó al PSOE y a Felipe González una mancha de cal viva en sus respectivos pasados. El líder de Podemos se remontaba a un episodio mal conocido por la opinión pública española más joven. El 24 de marzo de 1995, el parlamentario vasco Mikel Zubimendi arrojó sobre el escaño vacío de Ramón Jáuregui, secretario general del PSE, una bolsa de plástico con cal. Lo hizo con tal violencia que salpicó a Juan María Atutxa, consejero de Interior del Gobierno vasco, y al propio lendakari Ardanza. El presidente del Parlamento vasco reconvino -tarde y mal- al parlamentario batasuno que con esa representación trataba de imputar al partido socialista los crímenes de José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala.

Los cuerpos de ambos habían aparecido en 1985 en una fosa en Busot (Alicante), cubiertos de cal viva y con signos claros de haber sido asesinados y, previamente, torturados. Sin embargo, hasta 1995 los forenses no determinaron que los cuerpos localizados correspondían a Lasa y Zabala, por cuyos asesinatos fueron condenados -por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Supremo- el general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo, el teniente coronel de ese mismo cuerpo, Ángel Vaquero, los agentes Enrique Dorado y Felipe Bayo y el gobernador civil de Guipúzcoa, Julen Elorriaga. Aquellos crímenes fueron los primeros de los varios más que perpetraron los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), organización delictiva por cuyo aliento fueron también condenados el que fuera ministro de Interior, José Barrionuevo, y su secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera, a los que se atribuyó, junto a otros, el secuestro de Segundo Marey.

Hace falta que el Partido Socialista demuestre algo más que una pasajera indignación ante la innecesaria y vengativa agresión verbal de Iglesias

Los GAL -que además de un grave error moral, resultaron un desastre político para la lucha contra el terrorismo etarra- son un baldón en la historia de determinadas personalidades del entonces socialismo español pero no del PSOE. Cierto. Sin embargo, la recuperación de ese episodio y las invocaciones de Iglesias a Millán Astray (a quien comparó con Juan Carlos Girauta) o a los “jefes de escuadra” (condición que el de Podemos asignó a Albert Rivera, al que supuso posibilidades de haber sido líder de Komsomol, las juventudes del partido comunista soviético), carecen de sentido salvo que la intención de revivir aquellos episodios -incluido el del franquismo del que Iglesias hizo legatario al Grupo Parlamentario Popular- consista en reventar la posibilidad de un acuerdo con el PSOE y/o busque la deslegitimación del sistema político que Podemos desearía dinamitar, que es lo más probable.

La investidura fallida de Pedro Sánchez es la consecuencia de la lógica destructiva de Podemos y de su líder, Pablo Iglesias. Que tratan, además, de mostrar los comportamientos más patéticos del PSOE, que insiste una y otra vez en tender la mano a los que se la muerden cuando la aproxima. Y lo hacen, además, con la mayor de las ferocidades: resucitando el peor momento moral y político del socialismo español durante toda la democracia. Afortunadamente los ciudadanos disponen de un agudo sentido crítico como lo demostraría el sondeo sobre la sesión de investidura que ayer publicó Metroscopia según el cual “Pablo Iglesias es quien ve peor evaluada su intervención por la ciudadanía (su saldo evaluativo es de -33 puntos), y entre sus propios votantes no pasa de un +52, un saldo incluso inferior al de Rajoy entre los suyos”.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, junto al portavoz parlamentario de su partido, Juan Carlos Girauta. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, junto al portavoz parlamentario de su partido, Juan Carlos Girauta. (EFE)

Pero hace falta que el PSOE demuestre algo más que una pasajera indignación ante la innecesaria y vengativa agresión verbal de Iglesias que resultó, incluso, chirriante -a tenor de sus gestos- a Iñigo Errejón, seguramente el dirigente que los de Podemos necesitan para sustituir a un secretario general aventado que quizás el miércoles se cargó cualquier oportunidad de entendimiento. La sola idea de que un tipo de este jaez pudiera ser vicepresidente de un Gobierno de España pone los pelos como escarpias. En esta su semana de frondosas intervenciones también aplaudió con las orejas tuiteras al celebrado, homenajeado y excarcelado secuestrador de Javier Rupérez, Arnaldo Otegi. Así se explican muchos discursos y no pocas actitudes.

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