Se buscan insensatos para el 26-J

La clase política es conservadora de sus intereses, miedosa de novedades, amarrona de sus posiciones, no parece probable que tenga el descaro de ir a nuevas elecciones

Foto: Congreso de los Diputados. (EFE)
Congreso de los Diputados. (EFE)

Si en seis semanas no se logra un acuerdo para formar gobierno, se convocarán automáticamente elecciones generales a celebrar el 26 de junio. Su convocatoria no sería un drama, pero supondría lo siguiente:

  1. Un fracaso de la política. Nuestra clase dirigente –renovada el 20-D- estaría demostrando su incapacidad profesional para gestionar una correlación de fuerzas inédita hasta el momento pero de dificultad nada insuperable. El fracaso de la política, además, no sería de la “vieja” sino de la “nueva”. Porque los actores que han subido al escenario el pasado 20-D no han mejorado la versatilidad negociadora en la vida pública española.

  2. Una enmienda a la totalidad a la ciudadanía. Porque pedirle a los electores que vuelvan a pronunciarse implica reprocharles haberlo hecho el 20-D de manera inconveniente. Se les pediría una rectificación de sus propias posiciones, a lo que, según las encuestas (véase la del domingo en El País) no estarían dispuestos. Reclamar una nueva correlación de fuerzas en el Congreso a un electorado que ya la ha dado formaría parte del desprecio a la democracia auténtica a que tanto apelan quienes no saben pilotarla.

  3. Una rareza en Europa. Efectivamente: hay que buscar como aguja en pajar un precedente reciente en democracias de nuestro entorno según el cual la imposibilidad de formar gobierno haya conducido a nuevas elecciones. En las últimas décadas, no se registra una situación simular en democracias de nuestro entorno. Volveríamos a dar la nota. Resultaríamos una anomalía. De nuevo.

  4. No resolverían nada. Los sondeos continuados prevén ligeros movimientos pero no convulsiones. O sea, se repetirían con matices menores los resultados del 20-D de modo y manera que el país habría perdido el tiempo miserablemente. Los que se beneficien de unas nuevas elecciones no lograrán salir de su insuficiencia y los que sean perjudicados por ellas agravarían la que ahora ostentan.

Parece evidente que un acuerdo de gobierno no vendrá por la abstención del PP para que Sánchez y Rivera lleven a la Moncloa su acuerdo. Rajoy ya ha dicho que no va a “rendirse” (entramos así en el lenguaje épico del perdedor) y la única esperanza que queda es que en Podemos les dé pavor enfrentarse a las urnas después de haber mostrado todas sus vergüenzas en estos tres meses posteriores a las elecciones. Pablo Iglesias no sólo ha quedado estigmatizado como un “cursi” –lo que sería cuestión menor- sino como algo mucho peor: un hombre autoritario frente a su número dos, Iñigo Errejón, un joven político que apuesta por un planteamiento transversal, institucionalizado y con mayor empatía ideológica y política que Iglesias y los suyos. El convencionalismo viejuno con el que está actuando Iglesias, le pasa factura y obtendrá, justamente, los resultados inversos a los que pretende: le aleja de cualquier mejora electoral. Más aún después de la descripción de su arrogancia que ha hecho Ada Colau, lideresa de la izquierda alternativa que ha “echado” a Podemos de Cataluña.

Ada Colau y Pablo Iglesias haciéndose un selfie (Gtres)
Ada Colau y Pablo Iglesias haciéndose un selfie (Gtres)

Habrá que confiar en los efectos del vértigo. Cuando se acerque la fecha fatal –el 2 de mayo- aletearán mariposas en los estómagos de los que resulten responsables de la nueva convocatoria electoral. Le ocurrió a Convergencia Democrática de Catalunya y a Artur Mas: el sábado anterior al lunes de la convocatoria –y prácticamente con el decreto electoral redactado- el entonces presidente de la Generalitat dio un paso atrás, cedió a las presiones de la CUP y de su propio partido, llamó a Puigdemont y resignó su candidatura. Mas sabía que volverse a someter a las urnas, implicaría un castigo. Pues bien: en este caso, ocurre lo mismo. La fuerza o fuerzas políticas que manifiestamente aparezcan como responsables de la celebración de nuevas elecciones, deberían atarse los machos. Entre otras cosas porque sus expectativas no mejorarían después del 26-J.

Como la clase política española es conservadora de sus intereses, miedosa de novedades, amarrona de sus posiciones, no parece probable que tenga el descaro de ir a nuevas elecciones. Si, pese a todo, se celebrasen, la situación sería aún peor porque no habrán resuelto nada sobre la situación actual. Y sobre la incapacidad abundaría la insensatez que es la que identifica el diagnóstico de la coyuntura política actual de España.

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