El beso

El beso entre Iglesias y Domènech, que se explicó entonces como un gesto de 'fraternidad', lleva camino de convertirse más en la expresión anticipada de una despedida que en otra de empatía

Foto: Xavier Domènech y Pablo Iglesias se besan en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Xavier Domènech y Pablo Iglesias se besan en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Mientras en Madrid se avanza hacia una sesión de investidura, seguramente fallida, que absorbe todas las atenciones mediáticas, en Cataluña se está fraguando un auténtico punto de inflexión en la política española que afectará, de una parte, al modelo de partidos, y de otra, al propio sistema constitucional. Se trata, ni más ni menos, que de la ejecución en el Principado de los planes de Ada Colau y de su lugarteniente, Xavier Domènech, para, a corto plazo, destruir a la actual izquierda española en la comunidad (el PSE y Podemos) mediante su sustitución por un partido nuevo dirigido por la alcaldesa de Barcelona, y, al mismo tiempo, reemplazar al independentismo tradicional (ex CDC, incluso ERC) por otro de pretensiones populistas y constituyentes para el conjunto de España.

Ocurrirá en Cataluña lo que ha sucedido en Galicia: que Podemos será fagocitado por un 'partido instrumental' (como En Marea) al frente del cual, en los aspectos más operativos, estará el actual líder de la confluencia catalana de los morados, Xavier Domènech, que con sus listas ganó allí el pasado 26-J las elecciones generales, distanciándose, además, de los republicanos. El nuevo partido quiere estar listo para el primer trimestre de 2017 y, si el caso lo requiere, dar su batalla inicial en los primeros comicios catalanes que se tercien. Y ya sin la marca Podemos. Una pérdida irreparable para Iglesias y los suyos, a los que el encaje de la pieza catalana se les ha terminado por resistir tanto como la gallega y la valenciana. No se descarta, incluso, que la segregación de los colauistas pueda producirse el 25-D si llegan a celebrarse las terceras elecciones.

Ocurrirá en Cataluña lo que ha sucedido en Galicia: Podemos será fagocitado por un partido instrumental al frente del cual estarán Colau y Domènech

El marco en el que se prepara el nuevo partido catalán es el de un septiembre vertiginoso: el día 11, la Diada que, aunque con menor dimensión que otros años, tendrá una gran envergadura popular; el día 20 se celebrará el pleno del Parlamento de Cataluña para debatir y aprobar la primera ley de “ruptura” sobre la Hacienda propia, y el día 28, se discute la cuestión de confianza a la que se someterá el presidente Puigdemont y que, para prosperar y evitar nuevas elecciones, requiere los 10 votos de la CUP, que solo los granjeará si el responsable de la Generalitat pone fecha a un RUI (referéndum unilateral de independencia). Al hilo de esos acontecimientos, sin Gobierno en plenitud en Madrid, con el PSC y el PSOE obligados a ceder con Rajoy o asumir el disparate de unas terceras elecciones y con las campañas electorales del 25-S de gallegos y vascos, Colau y Domènech, en plena debilidad de Podemos y después de las concesiones de Iglesias y Echenique a En Marea, van a tratar de cambiar por la izquierda populista todo el panorama catalán.

Al mismo tiempo, una nueva fuerza política está ya en sazón: se trataría de un partido catalanista, liberal y centrado, formado por exmilitantes y exdirigentes de la antigua CDC y Unió, que intentará paliar la orfandad de amplios sectores sociales en la clase media de Cataluña que no sintonizan con los jóvenes dirigentes del PDC y aborrecen la frivolidad de los exconvergentes que integran JxS y, sobre todo, su entendimiento con la CUP. Las gentes de 'orden' en Cataluña observan perplejas -quizá pecando de ingenuidad- cómo prosigue la querella por prevaricación y desobediencia contra Mas, Ortega, Rigau y Homs (podría conllevar inhabilitación y multa), y de qué manera el Constitucional está decidido a tramitar el tanto de culpa de la presidenta Forcadell a la Fiscalía para su encausamiento por un delito de desobediencia.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

Siendo, pues, muy importantes los resultados de las elecciones en Galicia y en el País Vasco, lo es mucho más el discurrir político septembrino en Cataluña, que concierne directamente a la izquierda española de manera general y a Podemos de forma singular. Los morados se lo estaban viendo venir. Pablo Iglesias ha escenificado -es un gran actor- dos efusiones inolvidables con el hombre fuerte de la nueva izquierda populista catalana, Xavier Domènech. El 2 de marzo pasado, le besó en la boca en el Congreso en un gesto tan inédito como políticamente excesivo (“Mis besos con Pablo saben a cambio”, declaró en junio el dirigente catalán). Y en julio trató por todos los medios de que Domènech disputase la presidencia de las Cortes a Ana Pastor.

Con el beso no consiguió absolutamente nada (“en un beso, sabrás todo lo que he callado”, escribió Neruda, y viene a cuento citarlo) y tampoco logró encumbrar a Domènech al podio de la tercera autoridad del Estado (y, seguramente, él tampoco quería). El beso, que se explicó entonces como un gesto de 'fraternidad', lleva camino de convertirse más en la expresión anticipada de una despedida que en otra de empatía y compromiso. Si, como es muy probable, Colau y Domènech -como ha ocurrido en Galicia- insertan en su partido al Podemos de Cataluña, el guion de la política catalana cambiará casi tanto como el de la española. El septiembre que nos viene es periférico: gallego, sí; vasco, también; pero, sobre todo, catalán. Y las repercusiones se verán en octubre, cuando el PSOE, sí o sí, convoque un comité federal para eludir las elecciones navideñas.

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