Rivera, un discurso al borde del precipicio

Rivera hizo un discurso que no complació a Rajoy, porque fue exigente en sus requerimientos, poniendo negro sobre blanco lo que el presidente en funciones ocultó en su intervención

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante su intervención en la segunda sesión del debate de investidura de Mariano Rajoy. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante su intervención en la segunda sesión del debate de investidura de Mariano Rajoy. (EFE)

El riesgo que han asumido Ciudadanos y, en particular, su presidente, Albert Rivera, quedó este miércoles plasmado en la insólita reivindicación política que el líder catalán realizó de las figuras de Felipe González -13 años presidente del Gobierno al frente del PSOE- y de Adolfo Suárez –“artífice”, dijo, de la transición y muñidor de la extinta UCD-, gesto parlamentario que solo puede ejecutarse si se dan dos condiciones. Ambas las reúne el presidente de C´s: la primera, la generacional; y la segunda, la voluntad política de superar prejuicios. Y es importante que en una situación como en la actual española, esté presente un dirigente con un radio de acción dialéctico y político como el que dispone Rivera.

El acierto de Ciudadanos y de sus dirigentes no consiste en la materialización de un pacto con medidas concretas para -haciendo de tripas corazón- intentar desbloquear la investidura de Rajoy, dotando al país de un Gobierno transcurridos casi 300 días desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015. Su acierto reside especialmente en la actitud, en el renovado entendimiento de la manera de hacer política, en la superación racional del apriorismo ideológico e incluso de la duda sobre la fiabilidad del socio. Rivera proclamó, con saludable sinceridad, que ni él ni su partido se fiaban de Rajoy, e invitó al PSOE a sumarse a una suerte de oposición concertada que forzase a los populares a redimirse en un Gobierno en minoría decisivamente condicionado por el Congreso.

Mucho más que un pacto con el PP de Mariano Rajoy, la apuesta de Rivera y su partido -trascendió así de su discurso- lo está siendo por un gobierno del Parlamento, o por la franja central de sus escaños: los tres partidos constitucionalistas. Porque el peligro para la estabilidad del sistema y del propio Estado estriba, a la postre, en lo que representa Podemos (un populismo recalcitrante que reflejó muy bien en su alegato Pablo Iglesias), y en lo que significa la energía centrífuga del independentismo catalán. Los dos fenómenos requieren, además de la aplicación de las normas constitucionales, el desarrollo de políticas concertadas que, en un caso, reivindiquen la izquierda socialdemócrata sobre la revisionista y radical, y en otro, recreen las condiciones necesarias para que el secesionismo en Cataluña disminuya su potencia.

Esa -así lo dejó entrever Rivera- ha sido la razón por la que Ciudadanos ha pactado con los dos candidatos propuestos por el Rey a la presidencia del Gobierno. En marzo, suscribió con Sánchez un acuerdo de Gobierno que Iglesias y Rajoy rechazaron, y este agosto, cerró otro con el PP de investidura de Rajoy que igualmente naufragará, esta vez por la oposición de Sánchez y, de nuevo, también de Iglesias. La lógica política de Rivera y Ciudadanos -con sus inevitables contradicciones- responde a una profunda lealtad con el sistema democrático y, de manera muy evidente, también con la nueva dinámica que le han impreso los ciudadanos al romper con el bipartidismo y establecer nuevas condiciones al juego político.

El futuro de Rivera depende de que su electorado mantenga la apuesta por una opción de integración, elástica y con holgura en sus posicionamientos

Rivera hizo un discurso que no complació a Rajoy en absoluto, porque fue exigente en sus requerimientos, poniendo negro sobre blanco lo que el presidente en funciones ocultó en su intervención; tampoco resultó cómodo a Sánchez porque destapó la esterilidad de su triple no a un Gobierno en minoría del PP, haciéndole ver las oportunidades que como oposición condicionante obtendría de una abstención el viernes. Rivera y Ciudadanos irritan a Podemos, que trata de proyectar la imagen de los naranjas como subordinados al PP y -para no perder la costumbre- al Ibex 35, y para los independentistas catalanes es cuña de la misma madera, razón por la que en el Principado se les califica de “lerrouxistas”.

El futuro de Ciudadanos y de la figura política de Rivera depende de que su electorado -que oscilaría razonablemente entre los tres y cuatro millones de ciudadanos- mantenga la apuesta de su voto por una opción de integración, elástica y con holgura en sus posicionamientos. Si esa bolsa ciudadana que ha abandonado -o quiere hacerlo- la dialéctica de la confrontación sistemática y pretende instalarse en el confort de un modelo político de transacción basado en principios y valores firmes -pocos pero permanentes- persevera en el sufragio centrista y liberal, Albert Rivera habrá conseguido que su forma cimarrona de comportarse este miércoles en el Congreso no haya consistido en una actitud tan temeraria como ingenua.

España, colectivamente, tiende a revertir sus progresos. Lo ha hecho con frecuencia en su historia. Desaprovechar el que representa la aparición de una fuerza política de gozne, resultaría un despilfarro lamentable. De ahí que el próximo viernes, cuando Rajoy no obtenga la investidura y el PSOE repare de qué forma Sánchez le ha introducido en un callejón sin salida, Rivera deba valorar cuidadosamente sus siguientes pasos.

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