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Barberá y la ferocidad ('Elogio de la duda')
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José Antonio Zarzalejos

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Barberá y la ferocidad ('Elogio de la duda')

La muerte de la senadora ha precipitado un proceso de reflexión que nuestro país necesitaba. Hemos entrado en una dinámica de desfachatez sentimental que legitimaría la inmoderación que nos abruma

Foto: La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, junto al presidente Rajoy y el expresidente del Senado, Javier Roja. (EFE)
La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, junto al presidente Rajoy y el expresidente del Senado, Javier Roja. (EFE)

La convulsión que ha seguido al repentino fallecimiento de Rita Barberá se ha debido a la consciencia colectiva de que en España hemos regresado a nuestra histórica ferocidad política y social. La muerte de la senadora ha sido un acontecimiento que ha precipitado un proceso de reflexión que nuestro país necesitaba. España precisa aldabonazos sobre su conciencia porque nos comportamos con tal crueldad antagónica –tenga esa hostilidad raíces ideológicas, sociales, económicas, culturales o de identidad– que nos parecemos a nosotros mismos demasiado inclementes.

Manuel Azaña en su discurso del 18 de julio de 1938 concluyó con un “paz, piedad, perdón” porque le sobrecogió la extraordinaria crueldad con la que nos castigamos durante la contienda civil, sosteniendo que aquella fue “una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera quien la sufra en su cuerpo y en su alma”.

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Más allá y más acá de una interpretación política de la sacudida por la muerte de la exalcaldesa de Valencia, la discusión de unos y de otros es ya de naturaleza más ética, incluso moral, que ideológica. ¿Por qué se ha reinstalado en España la ferocidad de la única nación de Europa con un largo historial de guerras civiles, desde las carlistas hasta la de 1936-39? La respuesta –una de ellas e inevitablemente parcial, pero cierta– se localiza en la proscripción de la reflexión y de la serenidad. Victoria Camps, una intelectual lúcida de nuestro tiempo, ha escrito un ensayo ('Elogio de la duda', editorial Arpa 2016) que, antes del prólogo, incluye una cita de Bertrand Russell: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”. En España, quizás como consecuencia de la conversión por el populismo –no exclusivo de los que militan en él– del estado de ánimo en una ideología y el belicismo verbal y gestual en una praxis política y cívica, se adoptan baremos de medir tan inquisitoriales que nos desguarnecen de una emotividad positiva, transformando el afán de justicia en el de venganza.

¿Por qué se ha reinstalado en España la ferocidad de la única nación europea con un largo historial de guerras civiles, desde las carlistas hasta la de 1936?

Camps, en su ensayo, aduce lo siguiente: “Cordura, sensatez, moderación, reflexión, son conceptos que se esgrimen de vez en cuando y apelan a una forma de vivir juntos más tranquila que la de estarse peleando por cualquier cosa, pero ser moderados carece de atractivo y no sirve para redactar titulares. En un clima como éste, la duda ante lo que desconcierta y extraña, en lugar del exabrupto inmediato, sería una forma de reaccionar más saludable para todos". Para la catedrática catalana “nuestra transición, que fue moderada y bastante ejemplar, contrasta con una realidad posterior en la que han predominado la concentración de poder, el partidismo, el corporativismo, el clientelismo, las imposiciones unilaterales y las decisiones excluyentes. Ni la moderación ni la prudencia han sido la norma de los últimos decenios, pero tampoco parecen servir de guía de las muchas regeneraciones que ahora se proponen”.

El diagnóstico es certero. Hemos entrado en una dinámica de inverecundia emotiva, es decir, de desfachatez sentimental que, supuestamente, legitimaría la inmoderación que nos abruma porque nos asedia desde todas las troneras, especialmente de las políticas reflejadas en las mediáticas, siendo estas subsidiarias de aquellas y por lo tanto, no siempre causa de la ferocidad, sino simple fotografía de una fea realidad. Hay que leer, por eso, a Manuel Arias Maldonado en su muy reciente ensayo 'La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI' (editorial Página Indómita) para entender qué nos está pasando.

Nada exclusivo de España, pero muy nuestro: el guerracivilismo como manifestación de la discrepancia. Cuando Hillary Clinton apareció, pálida y derrotada, para declarar que lo que deseaba era “no salir de mi casa, acurrucarme con un libro y mis perros”, la mente se nos fue al arrogante Trump que, hasta en los debates y, desde luego en los mítines, le insultaba: “asquerosa”, “corrupta”. Y su audiencia entraba en éxtasis. Esa brutalidad semántica ha llegado a parecernos normal.

La transición moderada y bastante ejemplar contrasta con las imposiciones unilaterales y decisiones excluyentes posteriores

Ferocidad. La propia Barberá fue feroz con ella misma al no perdonarse el esfuerzo de una resistencia inútil. Lo fue su partido al abandonarla hasta físicamente remitiéndola, aislada, a la última fila en el Senado. Lo fue la oposición y lo fuimos en los medios. Rubén Amón ha escrito: “Seguro que los cuarenta años de dedicación a la política merecían el epitafio de un minuto de silencio”. Estoy por completo de acuerdo con el brillante colega. Nadie está en condiciones de declararse inocente de la excrecencia de la ferocidad. Ni aquellos que apelan a la justicia porque habría que recordarles con Voltaire –sea en el caso que nos ocupa o cualquier otro– que “quien no es más que justo es duro”. Si el filósofo francés nos contemplase, diría de nosotros que más que duros, somos feroces.

La convulsión que ha seguido al repentino fallecimiento de Rita Barberá se ha debido a la consciencia colectiva de que en España hemos regresado a nuestra histórica ferocidad política y social. La muerte de la senadora ha sido un acontecimiento que ha precipitado un proceso de reflexión que nuestro país necesitaba. España precisa aldabonazos sobre su conciencia porque nos comportamos con tal crueldad antagónica –tenga esa hostilidad raíces ideológicas, sociales, económicas, culturales o de identidad– que nos parecemos a nosotros mismos demasiado inclementes.

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