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La gran 'performance' londinense de la reina Letizia
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José Antonio Zarzalejos

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La gran 'performance' londinense de la reina Letizia

Como han destacado otros colegas, nuestra Reina ha dejado de fruncir el ceño y se ha mostrado sonriente y hasta risueña

Foto: La reina Letizia posa antes de una cena oficial en Londres. (EFE)
La reina Letizia posa antes de una cena oficial en Londres. (EFE)

La ignorancia es muy atrevida. Lo es cuando impugna la 'pompa y circunstancia' de la monarquía británica, que persiste tenazmente en mantener un rígido protocolo y una liturgia poderosa en sus apariciones públicas, como en la visita de Estado a Londres de los Reyes de España. La Corona británica desposeída de ese boato defraudaría a los ciudadanos del Reino Unido, que quieren que la reina y los actos que protagoniza se revistan de la máxima grandeza visual, incluso si, para muchos, resulta anacrónica y hasta un punto desafiante. Las recepciones, en general, de los jefes de Estado que viajan a otros países se reviste de un ceremonial que trata de homenajear y dar la bienvenida a los invitados, pero, a la vez, también de exponer a la opinión pública nacional los oropeles del poder propio.

Existe un parentesco entre la liturgia eclesiástica y la monárquica, y entre ambas y la republicana, que exhiben sin rebozo los presidentes de Francia, como acabamos de contemplar en la fiesta nacional gala del 14 de julio. En España, la Casa del Rey ha recuperado también un protocolo más frondoso en las visitas de Estado, llevando el acto de recepción al invitado al Palacio Real, con desfile de la guardia real en el Patio de la Armería. Las cenas de gala en ese extraordinario edificio superan cualesquiera otras por la dimensión del comedor palaciego y el puntilloso protocolo con el que se conducen los ágapes.

Por razones muy obvias —históricas, económicas y familiares—, la visita de los Reyes de España al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte era la más importante en lo simbólico de cuantas debía realizar Felipe VI tras su proclamación, hace algo más de tres años. Los Reyes ya viajaron a Japón, y don Felipe lo hizo a Arabia Saudí. Faltaba el encuentro con la monarquía británica de la familia Windsor, emparentados con los Borbones en tiempos recientes: la bisabuela del Rey, la reina Victoria Eugenia, era nieta de la reina Victoria, también conocida en su momento como 'la suegra de Europa', ya que su política de casamientos —de Rusia (el zar) a Alemania (el káiser)— creó una red de consanguinidad monárquica en el Viejo Continente.

A reserva de otros resultados —el Gobierno británico, pese a la calidez de su familia real, ha excluido a las empresas españolas del concurso para construir allí las líneas del AVE—, es manifiesto que Letizia Ortiz Rocasolano se ha empleado en, además de ser, parecer la Reina de España. Como han destacado otros colegas, nuestra reina ha dejado de fruncir el ceño y se ha mostrado sonriente y hasta risueña; su elegancia ha servido para poner en valor la moda española —aunque hizo algún guiño a la británica—, y la exhibición de las joyas que le sirvieron de ornamento protocolario representaba, más allá de una poco perspicaz acusación de ostentación, la continuidad con los usos de las reinas españolas que la precedieron.

El diario 'The Times' no se cortó un pelo en situar a la Reina de España en su portada —en un plano vertical que reproducía su figura con la tiara Flor de Lis, perteneciente a Victoria Eugenia— como si se tratase de un paradigma de las consortes reales. Esa fotografía transmitía la mejor reina, bien captada por el periódico londinense: acertada en las formas y, sobre todo, en la expresión. Ambas —adustez e inexpresividad— se le han reprochado en España a la Reina, a la que los medios han encarcelado en las páginas de papel cuché. Los británicos la han rescatado de la irrelevancia negativa con que se la distingue en nuestro país y la han convertido en un epítome de realeza. La Reina ha equilibrado su propia figura con la del Rey, que ha ofrecido un recital de aciertos después del terrible fiasco en la solemne sesión conjunta de las Cortes por el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas, en donde se cometieron errores de bulto, entre otros, la voluminosa ausencia de Juan Carlos I.

Letizia aporta a la Corona un elemento disruptivo, y, con su plebeyez de cuna y su realeza adquirida, debe absorber esa disrupción y ponerla en valor

Deberíamos celebrar que la Reina haya obtenido este éxito de imagen y percepción. Porque su figura es, según Jon Juaristi ('A cuerpo de Rey', Editorial Ariel, 2014) “uno de los flancos más desprotegidos, si no el más, ante los ataques a la monarquía constitucional española”. Para el autor vasco, “Letizia representa una anomalía letal o `letizial´ en el seno de la institución”. A quienes la zahieren, Juaristi los denomina “turba de inquisidores” y llama a defenderla porque su trayectoria vital —ampliamente conocida— es como la de “miles de mujeres españolas”. Estoy de acuerdo con Juaristi y celebro que la Reina haya asumido con esa convicción su papel y que la visita a Londres marque una muesca de empatía también con la sociedad española.

Doña Letizia —en algún momento habrá que explicar este aspecto— aporta a la Corona un elemento disruptivo, democráticamente disruptivo, con gran potencial renovador, y ella, con su plebeyez de cuna y su realeza adquirida, debe absorber protagónicamente esa disrupción y ponerla en valor. La 'perfomance' británica de la Reina no debería ser una anécdota para ella, sino una categoría.

La ignorancia es muy atrevida. Lo es cuando impugna la 'pompa y circunstancia' de la monarquía británica, que persiste tenazmente en mantener un rígido protocolo y una liturgia poderosa en sus apariciones públicas, como en la visita de Estado a Londres de los Reyes de España. La Corona británica desposeída de ese boato defraudaría a los ciudadanos del Reino Unido, que quieren que la reina y los actos que protagoniza se revistan de la máxima grandeza visual, incluso si, para muchos, resulta anacrónica y hasta un punto desafiante. Las recepciones, en general, de los jefes de Estado que viajan a otros países se reviste de un ceremonial que trata de homenajear y dar la bienvenida a los invitados, pero, a la vez, también de exponer a la opinión pública nacional los oropeles del poder propio.

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