Puigdemont, de Bruselas a Soto del Real

Si regresa Puigdemont de su excursión belga quizás lo haga para ingresar en Soto del Real

Foto: El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. (Reuters)
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont. (Reuters)

Puede que el desplazamiento –tan clandestino- de Puigdemont y cinco de sus exconsejeros no sea una fuga, pero parecerlo, lo parece. Cuando se redacta este texto (tarde noche del lunes) el expresidente de la Generalitat y sus acompañantes no habían dado señales de vida. Ni siquiera hay confirmación de que estuvieran en la capital de Bélgica. Consta que se trasladaron de Barcelona a Marsella en coche y volaron desde allí hasta la ciudad comunitaria. En donde podrían haberse acogido al deplorable pabellón político de la N-VA, un partido flamenco y de corte extremista uno de cuyos representantes en el gobierno belga, Theo Francken -¡qué casualidad!- sugirió el domingo la posibilidad de dar asilo político al político catalán.

No parece una casualidad que el viaje de marras –esperemos a confirmar o desmentir que sea una huida- coincidiera con la interposición de la anunciada querella del Fiscal General del Estado contra Puigdemont y sus consejeros no aforados ante la Audiencia Nacional por los delitos de rebelión, subsidiariamente de sedición, y malversación de fondos públicos. Delitos que conllevan penas de cárcel que provisionalmente pediría el ministerio fiscal y que ahora seguro que lo hará porque el que fuera presidente catalán ha incurrido en uno de los supuestos que justifican la prisión provisional: el riesgo de fuga. Así que si regresa Puigdemont de su excursión belga quizás lo haga para ingresar en Soto del Real. Bien visto tendría lógica: 'los Jordis' llevan semanas allí por hechos de menor entidad que los que el fiscal atribuye al ex presidente de la Generalitat.

El día de ayer, por razones de estética, ética y dignidad, requería que Puigdemont estuviese en Barcelona junto a los aturdidos cargos cesados por el Consejo de Ministros y próximo al independentismo al que ha sumido en el peor de los desconciertos. Pero el expresidente de la Generalitat no estuvo cuando el nuevo superior de los Mossos d´Esquadra despachaba con el ministro del Interior. Tampoco cuando Carme Forcadell acataba el 155 y suspendía la mesa del Parlamento prevista para hoy. No estuvo el día en que los consejeros que no le acompañaban en su escapada asumieron su cese. El día que las 'embajadas' de la Generalitat permanecían cerradas; la jornada en la que su representante en Bruselas – Amadeu Altafaj- presentaba su renuncia. Las horas en las que su partido y ERC se reunían para aceptar participar en las elecciones del 21 de diciembre próximo y el sindicato independentista de turno desconvocaba la huelga de protesta. En definitiva, Puigdemont no estaba en Barcelona cuando se desplomaba la moral de independentismo.

Si hacemos caso al cantautor Llach, el expresidente de la Generalitat se ha ido a Bruselas a convertirse en un remedo de Tarradellas (¡qué más quisiera!), en un mártir de la causa, en la lucecita del Palau en el exilio, todo él instalado en la épica de un relato narcisista que ya empacha. Si todo este montaje forma parte de la creatividad cromática, festiva, pacífica, democrática y reivindicativa del 'marketing' secesionista, habrá que ver qué piensa Junqueras, Forcadell y otros sobre los que han recaído querellas como losas. El capitán es el último que abandona el barco; el líder es el que da la cara; el jefe es el que le echa valor a sus decisiones. En todo caso, un 'expresident' de la Generalitat no debe ni puede sumir, aún más de lo que ha hecho, en el desconcierto y el bochorno a sus seguidores.

Alguien susurra que a Puigdemont le han dado dos ataques de pánico: el primero, el jueves cuando no se atrevió a convocar elecciones y el viernes Rajoy le comió la merienda. Y el domingo, cuando se le apareció José Manuel Maza en carne mortal. Debió pensarlo el expresidente y su cohorte de colaboradores: cuando se juega con el Estado la única opción es la de ganar. Si no se consigue se está a las consecuencias. Ese es el principio de la responsabilidad más elemental. Convertirse en una figura patética no resulta grato ni para quienes Puigdemont les parece un personaje muy menor que ha alcanzado desde hace tiempo su máximo nivel de incompetencia.

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