Rebelión en el Cervantes

Los directivos del Cervantes que se han rebelado suponen que con Girao en Cultura y Borrell en Exteriores sus reivindicaciones serán más comprendidas y aceptadas

Foto: Sede del Instituto Cervantes en Madrid. (Luis García, Wikipedia)
Sede del Instituto Cervantes en Madrid. (Luis García, Wikipedia)

Fuerte movimiento de trabajadores directivos del Instituto Cervantes tras el cambio de Gobierno. Quizá porque perciben que con Josep Borrell en el Ministerio de Exteriores y con José Guirao en Cultura, las cosas pueden cambiar en la entidad que desde 1991 tiene encomendada la embajada de difundir el idioma español y representar múltiples facetas de la cultura de nuestro país.

Muchos directores profesionales (miembros de la plantilla laboral de la entidad) aspiran a que el Instituto Cervantes se parezca al Goethe, que tiene encomendado el diálogo cultural de Alemania con el mundo, o al British Council, que “representa los intereses permanentes de Reino Unido”. Ambas entidades están profesionalizadas y no resultan correas de transmisión de los gobiernos de turno. El Cervantes, desgraciadamente, sí. Y especialmente, dicen, durante el mandato del actual director, Juan Manuel Bonet.

El consejo del Cervantes —entidad pública con personalidad jurídica propia y con plantilla laboral para evitar el control funcionarial— está compuesto por altos representantes de diversos ministerios, nombrados todos ellos por el Gobierno. Con la apertura de la red internacional de centros, el instituto comenzó a ser un oscuro objeto del deseo de los políticos en el poder, que lo han venido utilizando en muchos casos como un instrumento para sus intereses mediante la supresión 'de facto' de su autonomía.

Como reflexiona el director de un centro Cervantes en una importante ciudad, “en la permanente pugna por el control de la política cultural en el exterior, se han llegado a abrir nuevos centros culturales paralelos al Cervantes, se ha disminuido su presupuesto a favor de otras instituciones, se han contratado directores sin experiencia y con perfiles exclusivamente políticos y se ha cesado a directores profesionales (o impedido su traslado a otro centro) por suponérseles una ideología suficientemente afín al Gobierno de turno”.

El Instituto Cervantes está en 90 ciudades por todo el mundo para una lengua que hablan 550 millones de personas en más de 20 países con una cultura común. Tiene, en consecuencia, un enorme potencial, que ha sido el que ha generado un 'efecto llamada' en los políticos profesionales para manejarlo en unos términos brillantemente denunciados por Marta Rivera de la Cruz, diputada portavoz de Cultura de Ciudadanos (su intervención está colgada en YouTube) ante el rostro impertérrito del exministro de Exteriores del PP Alonso Dastis. Le enfrentó la diputada a la insuficiencia presupuestaria del instituto, ante el hecho increíble de que algunas ciudades (como Washington) careciesen de estos centros, y le afeó la "diplomacia de amiguetes" en los nombramientos. Rivera de la Cruz se ganó con esta intervención parlamentaria el respeto de una buena parte de los empleados de la entidad.

¿Qué demandan los más significados trabajadores del Cervantes? Decisiones bastante elementales: el nombramiento de un director independiente para una gestión de entre cinco y siete años; el nombramiento de un secretario general de entre los directores de los centros repartidos en el mundo, incluyendo a los directivos de la sede central, siguiendo los modelos del Goethe y el British Council; definición jurídica del instituto que asegure su despolitización y sea considerado una entidad del Estado y no del Gobierno; creación de un nuevo consejo de administración con representantes de la sociedad civil y solo una presencia minoritaria del Gobierno, y el establecimiento de una coordinación efectiva de la acción cultural exterior.

Para ello, entre otras medidas, se sugiere que los lectorados ahora dependientes de Exteriores se adscriban al Cervantes, lo mismo que los centros culturales de la Aecid (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) en Iberoamérica y la colaboración con las consejerías culturales de las embajadas, entre otras medidas.

Para los directivos profesionales del Cervantes, es muy importante la reunificación de los recursos presupuestarios dispersos en otros organismos dedicados a la difusión y promoción de la lengua y la cultura y, sobre todo, el reforzamiento de la profesionalización y la transparencia del Cervantes, con nombramientos “exclusivamente por méritos profesionales y experiencia acumulada”, también el establecimiento de un plan de carrera y mejora de las condiciones de la plantilla, todo ello siguiendo las pautas de actuación y funcionamiento del Instituto Goethe y el British Council.

Suponen una parte de los directivos del Cervantes que se han rebelado contra el estado de cosas en la entidad que estas reivindicaciones serían de más posible logro ahora que antes, dado que el país en general, y el Estado en particular, está embarcado en políticas de regeneración. Y piensan que un gestor cultural como Guirao en Cultura y un político que aprecia la meritocracia como Borrell en Exteriores serán sensibles a estos planteamientos. Advierten, además, de que en el Cervantes “podría plantearse la misma situación que en RTVE”, sustituyendo los “viernes negros” por otras modalidades de protesta. “Bonet —insisten— no es el hombre para dirigir esta transformación”.

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