Ni aznarismo, ni rajoyismo ni derechona

Ni Fraga, ni Aznar ni Rajoy han elaborado cuerpos de doctrina tan propios como para explicar el devenir ideológico del PP, sino que sirven para secuenciar sus ciclos, como en el PSOE

Foto: El nuevo presidente del Partido Popular, Pablo Casado, y el presidente del PP saliente, Mariano Rajoy, este lunes en su primera reunión en la sede nacional del partido. (EFE)
El nuevo presidente del Partido Popular, Pablo Casado, y el presidente del PP saliente, Mariano Rajoy, este lunes en su primera reunión en la sede nacional del partido. (EFE)

La derecha democrática española merece que el análisis del cambio que se ha producido en su principal opción electoral, el Partido Popular, supere los argumentos que expliquen su reciente transformación en términos de personalismos y tópicos. En rigor, el nuevo liderazgo en el PP responde, sí, a la superación del ciclo que ha encabezado Mariano Rajoy —que no es homogéneo, presentando según qué años características distintas—, pero no implica el regreso a los tiempos de José María Aznar, que marcó otro ciclo en la formación popular, aunque de los periodos de mandato de un líder y de otro queden reverberaciones y constituyan, en conjunto, el patrimonio, bueno y malo, del PP.

Es todavía peor despachar el reposicionamiento del nuevo presidente de la organización, Pablo Casado, con interjecciones simplonas y despectivas tales como “el regreso de la derechona”, “la vuelta del integrismo”, “la expresión de una nueva extrema derecha” o “retroceso en el calendario de las conquistas sociales y políticas de los ciudadanos”, tal y como, textualmente, se ha escrito en algunos medios.

Ni aznarismo, ni rajoyismo ni derechona

En todos los partidos democráticos en los países con sistemas consolidados como el español se producen ciclos con flujos de prospección y reflujos de reagrupamiento. Fraga fundó el actual PP con una impronta 'tardofranquista' que su misma inteligencia política le hizo superar; Aznar fue un riguroso pragmático entre 1996 y 2000 para sustituir en minoría a un PSOE con casi tres lustros de gobierno a sus espaldas, y su segunda legislatura (2000-2004) fue más ideológica y de especial y eficaz contundencia en temas como el terrorismo, pero acabó con la mala gestión del 11-M.

A Rajoy le costó llegar al poder siete años (lo buscó desde 2004 y lo logró en 2011) e intentó superar la crisis con un tratamiento ortodoxo ultraliberal en lo macroeconómico y fiscalmente socialdemócrata, pero incurrió en el burocratismo y el vacío ideológico y en el apoliticismo en el manejo de asuntos tan críticos como Cataluña, el modelo ético-social, careciendo de empatía y estrategia de defensa del espacio completo del PP.

En los partidos democráticos de países con sistemas consolidados se producen ciclos con flujos de prospección y reflujos de reagrupamiento

El giro que implica Casado se explica en dos variables fundamentales. De una parte, la corrección de rumbos anteriores que han sido fallidos o fracasados. De otra parte, se trata de un giro propio del contexto en el que viven las derechas en los países europeos y en los Estados Unidos.

La profesora Cristina Ares Castro-Conde, doctora en Ciencias Políticas, docente en la Universidad de Santiago de Compostela, publicó el sábado en 'Agenda Pública' un artículo titulado “Partido Popular: la derecha española, 'ma non troppo” en el que, con un métrica académica, examina los partidos de la derecha de Portugal, Dinamarca, Países Bajos, Italia, Bélgica, Reino Unido, Francia, Grecia, Alemania, Austria, Finlandia, Luxemburgo, Suecia e Irlanda, y llega a la razonable conclusión de que la española es una derecha en unos buenos estándares, advirtiendo de que “no es la ubicación de sus propuestas sobre políticas, sino además de los casos de corrupción, su énfasis y sus posiciones vinculadas a la identidad nacional española lo que puede estar reduciendo el atractivo electoral del PP”.

Aun siendo muy discutible esta última apreciación, es muy claro que en el PP no hay sintomatología de xenofobia ni de integrismo, porque no lo es el que conlleva la discusión sobre el modelo de ley del aborto (supuestos o plazos), ni lo es el debate sobre la eutanasia, en tanto que la memoria histórica no es un significante unívoco que solo pueda estar contenido en el argumentario de la izquierda.

Esos son solo ejemplos de puntos de fricción con la izquierda, con la que la derecha comparte (me refiero al PSOE) un amplio espacio de principios y valores de orden constitucional y que se extiende a Ciudadanos. La aversión al actual constitucionalismo, con mayor o menor intensidad, se localiza en el populismo de Podemos, en el independentismo catalán y de la izquierda 'abertzale' y en el soberanismo del PNV.

Ni Fraga, ni Aznar ni Rajoy han elaborado cuerpos de doctrina tan propios como para explicar el devenir ideológico del PP, sino que sirven —aunque no sea poco— para secuenciar sus ciclos, como ocurre también en el PSOE: felipismo, zapaterismo y sanchismo. La organización popular tiene una inspiración liberal-conservadora y democristiana general en el viejo continente, y el PSOE en la socialdemocracia europea. No hay arquitecturas ideológicas estrictamente propias de los partidos políticos españoles.

Ni Fraga, ni Aznar ni Rajoy han elaborado cuerpos de doctrina tan propios como para explicar el devenir ideológico del Partido Popular

Es crucial entender que España —y, por lo tanto, también su derecha— se inserta en la globalización ideológica de sus correspondientes en los distintos países europeos y que en la comparación gana. ¿O acaso no lo hace sobre las propuestas de Salvini en Italia, las de los democristianos bávaros en Alemania, o de la derecha extrema austríaca? Por no aludir al 'modo-tapón' del PP que ha evitado que en nuestro país emerjan fuerzas de extrema derecha xenófobas, euroescépticas y supremacistas o extremadamente proteccionistas al estilo 'trumpista'.

El progresismo no está en condiciones de banalizar los cambios en el PP, ni de despreciar sus propuestas programáticas —en este caso, las del nuevo presidente del partido— ni de desconocer que con la crisis económica su espacio está todavía precariamente apuntalado.

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