El acuerdo del 11-O y la liquidación del PSOE de González

Sánchez está intentando la fórmula de gobernar con Podemos y los independentistas, aquella que hace 24 meses le costó la secretaría general del partido

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, firman el acuerdo sobre el proyecto de Ley de Presupuestos para 2019. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, firman el acuerdo sobre el proyecto de Ley de Presupuestos para 2019. (EFE)

El 1 de octubre de 2016, Pedro Sánchez fue destituido de la secretaría general del PSOE por el comité federal del partido. En los dos comicios legislativos bajo su liderazgo, los socialistas españoles obtuvieron sus peores resultados históricos. En las elecciones generales de diciembre de 2015, el PSOE pasó de 110 escaños y siete millones de votos, a 90 escaños y cinco millones y medio de sufragios. Las elecciones se repitieron en junio de 2016 y el PSOE, también bajo el liderazgo de Sánchez, perforó su suelo: obtuvo 85 escaños con similar número de votos. Nadie tenía mayoría para ganar una investidura que, sin éxito, había intentado el propio Sánchez con el respaldo de Ciudadanos y sin el apoyo de Podemos (marzo de 2016).

El secretario general del PSOE, sin embargo, no estaba dispuesto a abstenerse para que Rajoy ocupase la presidencia (“no es no”), de tal manera que la alternativa consistía: 1) en repetir las elecciones, arriesgando los socialistas perder más escaños, o 2) en intentar un Gobierno con los populistas de Iglesias y la ayuda de los independentistas catalanes. El comité federal del PSOE se manifestó en contra de cualquiera de las opciones que planteaba Pedro Sánchez, lo destituyó y formó una gestora que organizó unas primarias en las que Sánchez ganó con cierta amplitud a Susana Díaz, no sin antes abandonar el acta de diputado en el Congreso.

Recuerdo aquellos episodios porque el acuerdo del pasado día 11 de octubre —que es presupuestario, que es político y que es estratégico para la izquierda en España— suscrito entre Sánchez e Iglesias implica, además de los contenidos literales, el lanzamiento de un mensaje inequívoco. Consiste en que el presidente del Gobierno opta por liquidar la socialdemocracia clásica del PSOE que representaban González y Rubalcaba e incorporar al partido el modelo portugués de agrupación de todo el espectro de izquierda. Nada de 'gran coalición' a la alemana, ni pactos transversales: bloque inequívoco de izquierdas para evitar que al PSOE le ocurra como a los socialistas franceses, alemanes, suecos y nórdicos en general. Sánchez construye ahora, desde la presidencia del Gobierno, tras obtenerla en una exitosa moción de censura a Rajoy, el modelo que Rubalcaba calificó de Frankenstein y que le costó su derrocamiento.

Antes de llegar a este pacto, el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno ha ido colocando a los 'suyos', aquellos que hace dos años estuvieron con él en las horas oscuras de la dramática sesión del comité federal y a los que, además, le acompañaron en la campaña de las primarias, sin olvidar a aquellos —pocos pero cualificados— que no aceptaron la disciplina de partido y no se abstuvieron en la investidura de Mariano Rajoy. Fueron 15 los diputados del grupo socialista los que desafiaron la orden de la gestora presidida por Javier Fernández: los siete diputados del PSC (Meritxell Batet entre ellos, hoy ministra de Política Territorial y Función Pública), Margarita Robles (hoy ministra de Defensa) y Adriana Lastra (hoy portavoz del grupo en el Congreso), entre otros. Los diputados y cargos que colaboraron con la gestora han sido laminados.

Sánchez construye ahora, desde la presidencia del Gobierno, el modelo que Rubalcaba calificó de Frankenstein y que le costó su derrocamiento

Dos años después —muy poco tiempo— Pedro Sánchez, aun con un grupo parlamentario que no está hecho a su medida, ha dado la vuelta al PSOE como a un calcetín. Y hasta está intentando la fórmula de gobernar con Podemos y los independentistas, aquella que hace 24 meses le costó la secretaría general del partido. Como, al parecer, afirmó Churchill, en la política, a diferencia de lo que ocurre en la guerra, se puede morir varias veces. El ejemplo es Pedro Sánchez, que va a intentar —veremos cómo— ganarse el voto o la abstención de los partidos catalanes y adquirir (cuando de los nacionalistas vascos se trata, es mejor introducir un verbo mercantil) los del PNV.

Pero si no lo consiguiera porque las contrapartidas que exigen ERC y el PDeCAT fueran imposibles por tan onerosas como políticamente indecentes (instruir a la fiscal general del Estado para que altere la calificación de los presuntos delitos de los líderes independentistas acusados ahora de rebelión), el acuerdo del 11-O con Podemos será una referencia estratégica del mayor valor para predecir el futuro de la izquierda en España.

Para empezar, neutraliza la posibilidad de que el PSOE vuelva a tratos con Ciudadanos (como en marzo de 2016), partido totalmente incompatible con los separatistas. Y, para continuar, supone que los socialistas ya no temen ser sobrepasados por Podemos, prácticamente único partido de extrema izquierda (que propugna un proceso constituyente, entre otras cosas, para abolir la monarquía parlamentaria), y del que cree que está en condiciones de comportarse como un socio fiable. Sánchez arriesga mucho.

Así, el PSOE que encarnaron González y Rubalcaba ha dejado de existir. Es otro. Ha caducado. Pedro Sánchez, quizá siguiendo la pista de los fracasos socialdemócratas europeos y creyendo que la experiencia portuguesa es la mejor de las posibles, ha formateado este modelo en la creencia de que España se librará del Cafarnaúm electoral que se está produciendo en todos los países de nuestro entorno. Dejemos correr los acontecimientos para ver con qué acierto ha calculado la operación y observemos cómo reacciona —si reacciona— la oposición liberal y conservadora. En la seguridad de que ya no se enfrenta al PSOE clásico de la Transición, al socialismo de inspiración alemana de González, ni al constitucionalista y pragmático de Rubalcaba.

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