Lola, Dolores, Villarejo y la gota malaya

Villarejo es como un macarra que, arrastrando las frases (“y tal y tal…”), se llevará por delante a media docena de personas, calculando por lo bajo

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Villarejo existe. Es una de las expresiones de las 'cloacas del Estado', pero existe. El empeño de alguna clase política y de determinados medios de comunicación por convertir a este más que presunto chantajista en un fantasma carece de sentido. Sus grabaciones subrepticias son ilegales porque implican una intromisión ilegítima en las intimidades de sus incautos interlocutores, pero una vez filtradas las conversaciones y comprobada su relevancia en términos políticos, su publicación está amparada por la libertad de prensa. No existe el chantaje si no hay alguien que hace o dice algo para sentirse chantajeado. El argumento de la extorsión no es el más inteligente para restar relevancia al contenido de los audios del comisario retirado.

En las últimas semanas estamos conociendo las conversaciones de María Dolores de Cospedal y de su marido con este funcionario truhan y, seguramente, delincuente. No solo no son edificantes sino que comprometen la probidad política de la ex secretaria general del PP y reflejan una intrusión injustificable de su consorte en los asuntos internos del partido. Estas charlas entre María Dolores de Cospedal y Villarejo han amortizado políticamente a la primera y revalidan las prácticas canallas del policía jubilado. Así que la que fuera número dos de los populares, y gran apoyo de Pablo Casado en el congreso de la organización que le elevó a su presidencia, ha debido hacer un parcial mutis por el foro. Ayer dejó su puesto en el Comité Ejecutivo Nacional. El PP tiene derecho a iniciar una nueva etapa sin los lastres de la pésima gestión anterior. La cuestión es si debe abandonar también su escaño. La respuesta entre muchos dirigentes populares es esta: “Debe dejar todo”.

Si demora su marcha completa y se resiste —con esa tozudez tan poco homologable a la política europea cuando nuestros dirigentes son cogidos en falta—, hará daño al PP pero, al mismo tiempo, su papel será por completo irrelevante. Salvando todas las distancias que se quiera, le ocurrirá como a Dolores (Lola) Delgado, ministra de Justicia que no ha sido destituida ni ella ha presentado su dimisión (¿o sí y no le fue aceptada?), pero que a efectos prácticos está amortizada, carece de capacidad de interlocución en el ámbito en el que desarrolla sus competencias y de credibilidad a efectos de opinión pública. Su comida y sobremesa en abierta francachela con Villarejo y otros sonroja tanto como las pésimas intenciones demostradas por la ex secretaria general del PP en sus conversaciones con el compañero de mantel de la titular de Justicia. Que no vengan ahora los sectarios con disquisiciones exquisitas: “No es lo mismo lo de Delgado a lo de Cospedal”, repiten. Lo es en impudicia.

Villarejo existe y ha enterrado a una ministra y a una ex secretaria general del primer partido político de España. Existe la convicción —por informaciones solventes— de que el policía ahora en la cárcel grabó miles de horas con interlocutores muy variados. Ya hemos visto que lo mismo confraternizaba con Delgado y con Garzón como —en parecidas fechas— con Cospedal y López del Hierro. Saldrán a relucir periodistas, jueces y más políticos. Y, a buen seguro, algunos empresarios que también le hacían 'encargos' de variada naturaleza. Estas grabaciones van a ser —están siendo— como la gota malaya, un sistema de tortura lenta pero eficacísima: mantenía en vida a la víctima durante largo tiempo, la desquiciaba y finalmente la gota de agua —que caía rítmica y continuadamente sobre su frente— le taladraba el cráneo y moría.

¿Qué hacer? Aquellos que saben que tienen algo que esconder porque suponen que Villarejo les grabó (y son muchos) viven en un sinvivir. Lo que hizo el policía jubilado y preso fue una indecencia, pero resultó serlo porque se lo permitieron, se lo jalearon, se lo pagaron y se lo reconocieron hasta con condecoraciones de cierta relevancia. Villarejo es el epítome de la desregulación moral que se ha vivido en España durante demasiados años. Hubo tiempos en los que el poder obnubiló a quien lo ostentaba y creyó que al hacerlo adquiría un estatuto de impunidad. Mira por dónde, Villarejo, desde su incivismo repugnante, se ha alzado en justiciero y está convirtiendo en zombis políticos a personalidades que creíamos que gozaban de buena salud.

La trama que secunda al policía en prisión ha planificado su capacidad de fuego hasta las próximas navidades. Él no saldrá de la cárcel y será, seguramente, condenado, pero Villarejo es como un macarra que, arrastrando las frases (“y tal y tal…”), se llevará por delante a media docena de personas, calculando por lo bajo. Salvo que el juez competente, la Fiscalía y la policía localicen y neutralicen los audios que están por escucharse. De momento, Lola y Dolores están políticamente muertas. La gota malaya es lenta pero segura en sus efectos letales.

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