Emboscada a Sánchez

Asumir el bloqueo del acuerdo de retirada del Reino Unido de la UE representaba una responsabilidad imposible de soportar por las espaldas económicas, sociales y comerciales españolas

Foto: Pedro Sánchez. (EFE)
Pedro Sánchez. (EFE)

Nos cuenta Ignacio Peyró, actual director del Cervantes en Londres, en su libro 'Pompa y circunstancia', subtitulado “diccionario sentimental de la cultura inglesa”, los enormes desafectos británicos a Gibraltar. Para Lord Nelson, el Peñón era “una oscura esquina del mundo”, y para Lord Byron, “el punto más sucio y detestable de la tierra”. La viajera Jane Morris, según nos sigue informando Peyró, “describe Gibraltar como una ciudad desastrada, maloliente y comida por las moscas”. Pese a todo, constata que aquel pedazo de tierra “alguna importancia tendrá para Inglaterra, como esa familia que vende la plata pero se resiste a empeñar los pendientes de la abuela”.

Efectivamente, para los españoles Gibraltar es un resorte para el patriotismo de la derecha y el desdén de la izquierda, y para los británicos —ingleses en particular— el Peñón es un Guadiana sentimental que les sirve de terapia nostálgica del imperio que ya se fue. Lo acaban de demostrar en la negociación de su salida de la Unión Europea. La 'premier' May le confesó a Pedro Sánchez su “fragilidad” para que el presidente español no cargase la mano en nuestra legítimas exigencias en la bilateralidad sobre Gibraltar entre su país y España —al margen de la UE— una vez la Gran Bretaña e Irlanda del Norte saliesen del club europeo.

Entre la “fragilidad” de May, el despotismo de Michel Barnier —el negociador de la Unión para el acuerdo del Brexit— y el desinterés general de los demás estados miembros (poco les importa que sea la única y última colonia en Europa), se olvidó que el presidente del Consejo, Donald Tusk, envió en abril una primera propuesta de directrices al equipo negociador de la UE. En la número 24 se decía lo siguiente: “Una vez que el Reino Unido haya abandonado la Unión, ningún acuerdo entre la UE y el Reino Unido podrá aplicarse al territorio de Gibraltar sin acuerdo entre el Reino Unido y el Reino de España”. Con esa guía negociadora, en Madrid cundieron la tranquilidad y el exceso de confianza. El sobresalto llegó cuando el Peñón no era mencionado ni en el acuerdo de retirada de Reino Unido ni en la declaración política.

Para los españoles, Gibraltar es un resorte para el patriotismo de la derecha y el desdén de la izquierda, y para los británicos, el Peñón es un Guadiana sentimental

Como bien ha analizado Tom Burns Marañón en el diario 'Expansión' de ayer (“El chapucero 'realpolitik' europeo”), “lo último que quieren los jefes de Gobierno reunidos en Bruselas es que el Reino Unido se embarque en una salida desordenada de la Unión Europea. Esto significa adentrarse en un territorio sin mapas y sin compás. No lo desea nadie salvo los descerebrados nacionalistas británicos. Por eso se redactó con 'alevosía', al final del borrador del acuerdo de salida del Reino Unido, un artículo, el 184, que no menciona a Gibraltar y que representó toda una emboscada para España”.

Según las fuentes diplomáticas españolas consultadas, la opinión de Burns Marañón es acertada. Y así, el socio más “eurófilo” —como también constata el articulista citado— que es la España de Sánchez resultó ninguneado hasta el punto de que el presidente del Gobierno tuvo que amagar con un veto que albergaba muchísimos peligros para nuestro país a medio y largo plazo si se hubiese consumado. Asumir el bloqueo del acuerdo de retirada del Reino Unido de la UE representaba una responsabilidad imposible de soportar por las espaldas económicas, sociales y comerciales españolas. Quien no lo entienda debiera leer 'Diplomacia', de Henry Kissinger. Por eso, ni “humillación” ni épica por un logro que no es exactamente “histórico”.

La contrapartida han sido tres declaraciones que reconocen que aquel precepto no altera el principio de que Gibraltar es una cuestión bilateral

Borrell y su equipo han hecho lo único que podía hacerse: negociar una interpretación favorable del artículo 184 del texto aprobado sin alterarlo, porque ningún miembro de la UE estaba dispuesto a hacerlo. La contrapartida han sido tres declaraciones (de la Comisión, del Consejo y del Reino Unido) que reconocen que aquel precepto no altera el principio de que Gibraltar es una cuestión bilateral de España y Reino Unido, y que si se produce sobre el Peñón una negociación de la UE, la última palabra la tendrá Madrid.

De esta manera, Sánchez ha salido de una situación imposible para España, cuya delegación en Bruselas ha sido muy probablemente orillada por las mañas de Barnier, los agobios de May y el desinterés de los demás miembros de la UE sobre lo que podrían considerar una cuestión menor: Gibraltar. Para nosotros, es un asunto que afecta a la integridad territorial y a la situación económico-social del entorno de la Roca. Concierne también a la decencia pública, porque el Gibraltar de Picardo y compañía es un territorio para la evasión fiscal, el contrabando y los tráficos inconfesables.

El reproche a Sánchez debería ser que durante su estancia en Cuba no haya prestado a los opositores al régimen castrista ni 10 minutos de visibilidad

En términos de política exterior, Sánchez ha sido emboscado (o sea, España) y ha salido de la trampa con realismo, porque el veto, diga la oposición lo que quiera, no era una opción. El reproche a Sánchez no debería consistir en no haber podido alterar el acuerdo de retirada, que quizá el Parlamento británico no apruebe, y la declaración política, sino que durante su estancia en Cuba no haya prestado a los opositores al régimen castrista ni 10 minutos de visibilidad.

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