El desastre de Annual de Pedro Sánchez

La única posibilidad de superar esta crisis terminal de la legislatura consistía en la dimisión de Torra. Como es lógico, los separatistas han optado por él y han abandonado a Sánchez

Foto: Los diputados de ERC Joan Tardà (i) y Gabriel Rufián (d) pasan ante el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)
Los diputados de ERC Joan Tardà (i) y Gabriel Rufián (d) pasan ante el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)

Joan Tardà, el fogoso e hiperbólico portavoz de los republicanos separatistas, invocó ayer en el Congreso el desastre de Annual de 1921 para metaforizar la España actual. En aquella batalla decisiva de la Guerra del Rif, el ejército español sufrió una inapelable derrota ante las fuerzas de Abd el-Krim que hizo entrar en barrena al régimen de la Restauración, fragilizó la posición política y constitucional de Alfonso XIII y, a la postre, condujo a la dictadura golpista del capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, que gobernó en la inconstitucionalidad de 1923 a 1930. Luego vino la II República.

De modo que el excesivo Tardà se alejó de los Balcanes (nada dijo de la vía eslovena) y con más ingenio pero no más acierto histórico que Torra, situó al Gobierno de España y a sus ciudadanos en el contexto marroquí de hace casi un siglo, cuando el país perdió sus últimos restos coloniales. No está mal traído el recuerdo rifeño, pero demuestra que el republicano y los independentistas viven en la burbuja del anacronismo, desconocen la realidad de España y de sus ciudadanos y confunden el desastre del país con el de su presidente del Gobierno y el suyo propio, que es de proporciones épicas.

El desastre de Annual de Pedro Sánchez

Precisamente por eso, ayer Tardà protagonizó una intervención jupiterina y un tanto desesperada, y su colega de afanes, Carles Campuzano, otra demasiado irritada y un punto cínica. Ambos contestaban en términos de ruptura a un presidente Sánchez al que abandonaron a su suerte pocos meses después de haberle instalado en La Moncloa. De modo que dieron la impresión de que eran los separatistas, y no el jefe del Gobierno, los que rompían la baraja dejando al secretario general del PSOE como a un náufrago, porque su (supuesto) socio, Pablo Iglesias, se apuntó a un discurso frailuno que no le sirvió al socialista de flotador en la tempestad de soledades políticas que le asediaron ayer en el hemiciclo.

El discurso de Sánchez fue mínimo en sus exigencias —a veces un tanto confuso en su afán por trazar simetrías entre la crisis catalana y la británica— y sus requerimientos resultaron de una total elementalidad en quien ostenta la jefatura del Gobierno de un Estado al que un dirigente autonómico como Torra reta con el más obsceno de los incumplimientos de sus obligaciones constitucionales y estatutarias y, además, apela a un ejemplo bélico como modelo para seguir, destrozando la democracia en Cataluña y el sistema constitucional en España. De haberse contenido Sánchez más de lo que hizo ayer en su moderadísimo discurso, habríamos entrado en el bochorno político.

El desastre de Annual de Pedro Sánchez

Tardà y Campuzano ya sabían desde el domingo pasado que, por más que deseasen mantener la situación política precaria con el Gabinete de Sánchez, tal hipótesis solo hubiese sido posible si Torra —de grado o por la fuerza— se marchaba de la Generalitat. Y, claro es, ambos optaron por el vicario presidente de la Generalitat sabiendo que así abandonaban a Sánchez. No tenían opción y embistieron dialécticamente ante un presidente en una posición política festoneada por el patetismo.

El jefe del Gobierno, desde la crisis del puente de la Constitución y, antes, tras las elecciones andaluzas, no estaba en condiciones de ofrecer nada a los independentistas que le respaldaron en la moción de censura, ni los separatistas en disposición de compensarle con la única satisfacción posible para que la 'coalición de rechazo' gobernante se mantuviera y que consistía en la dimisión, cese o reprobación pública del peligroso 'borroka' que es Joaquim Torra.

Y así llegó el desastre de Annual para Sánchez: con una derrota sin paliativos en Andalucía, con la derecha venida arriba, con los liberales naranjas creciendo a su costa y a costa del PP, con Podemos en pérdidas y en fase depresiva y con los independentistas en huida hacia delante.

Sánchez ha sido dueño de sus decisiones. Pudo haber evitado este fracaso de haberse atenido a la sensatez, que es el mejor parámetro para hacer buena política y mejor gobernanza. Si hubiera convocado las elecciones en octubre pasado, ahora dispondría de un grupo parlamentario que superaría holgadamente los 130 escaños. Una cifra que ni en sueños logrará el PSOE. Más aún: tanto más tarde su secretario general en llamar a las urnas, tanto más disminuirán sus posibilidades de mejorar sus ya paupérrimos resultados en las generales de junio de 2016.

Si hubiera convocado las elecciones en octubre, dispondría de un grupo parlamentario que superaría los 130 escaños. Una cifra que ni en sueños logrará

Quiere pescar Sánchez en el centro político. Es un nuevo requiebro, otro giro, un cambio más de registro, otra metamorfosis. Hace falta que pueda vender la templanza de hogaño que no hubo antaño en un mercado preelectoral a unos ciudadanos escépticos que contemplan con progresivo estupor lo que se dice y se hace en Cataluña, cuya capital está amenazada cuando el día 21 se reúna allí el Consejo de Ministros.

Los CDR y los nuevos grupos autónomos de acción rápida (GAAR) están dispuestos a convertir ese día la Ciudad Condal en un escenario rifeño, un Annual urbano y posmoderno con alguna evocación balcánica. Es de suponer que el presidente no actuará como Rajoy y evitará la tentación de fiarse de los responsables políticos de los Mossos d'Esquadra (o sea, de Torra, Buch 'et alii').

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