La conjura de los mentirosos

La mentira y la cobardía son lastres humanos que emparentan con frecuencia. Un paradigma de este maridaje es Puigdemont y, como buen peón de brega, su vicario

Foto:  Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Se ha escrito (Jordi Amat) que el proceso soberanista catalán fue una conjura de irresponsables, pero ya podemos afirmar sin lugar a demasiadas dudas que está siendo un contubernio de mentirosos compulsivos. La falsedad está saliendo a la superficie como la cochambre en la mar tras la tempestad.

Lo está haciendo en el salón de plenos del Tribunal Supremo (nadie hizo nada, nadie sabía nada, nadie declaró ninguna independencia, todo era simbólico, sin efectos jurídicos) pero ayer se desveló otro episodio de engaño al conocerse que el inane Torra -¡qué hombre más patético!- tenía desde el pasado viernes un informe de Rafael Ribó, el Síndic de Greuges, que le prescribía el acatamiento a la resolución de la Junta Electoral Central y por lo tanto la retirada de los edificios de la Generalitat de las banderas separatistas y de los lazos amarillos durante el período electoral.

El vicario de Puigdemont, todo un paradigma de falta de idoneidad para cualquier cargo de responsabilidad pública, ha mentido gravemente a las bases independentistas con una resistencia impostada al cumplimiento de la decisión de la JEC. Lo que ha hecho Torra ha sido instrumentalizar al Síndic para que le ofreciese una cobertura “catalana” que le permitiese cumplir el mandato de la JEC simulando que lo desconocía.

Se trataba de una cosmética mendaz: Torra y los consejeros de su Gobierno sabían que iban a retirar las esteladas y los lazos amarillos porque ninguno de ellos –aguerridos como son- estaba dispuesto a resultar querellado por el ministerio fiscal. Pero siguiendo la pauta falsaria del proceso soberanista pretendieron driblar al órgano supremo de la administración electoral del Estado con este tosco y mendaz recurso.

No tienen, ni Torra ni sus colaboradores, hechuras para enfrentarse al Estado. La mentira y la cobardía son lastres humanos que se emparentan

Quede claro que Torra y sus consejeros acatan la decisión de la Junta Electoral Central; quede claro que sabían que lo harían desde que se les notificó su resolución; quede claro que han simulado una resistencia que jamás han tenido intención de ofrecer; quede claro que han utilizado torticeramente al Síndic de Greuges que nada tiene que ver en este asunto (Ribó carece de cualquier tipo de competencia en esta materia) y quede claro que todo ha sido una representación para salvar la cara.

No tienen, ni Torra ni uno solo de sus colaboradores, hechuras para enfrentarse al Estado. La mentira y la cobardía son lastres humanos que emparentan con frecuencia. Un paradigma de este maridaje es Puigdemont y, como buen peón de brega, su vicario.

Regreso al libro, citado varias veces en este blog, de Antoni Bayona ('No vale todo'), letrado mayor del Parlamento catalán durante los hechos de otoño de 2017 en Cataluña. Relata este jurista cómo todas las instancias asesoras y consultivas catalanas (el secretario general de la Cámara, el Consejo de Garantías Estatutarias y él mismo) fueron desoídas por los dirigentes secesionistas. Es un sarcasmo que ahora Torra y su guardia pretoriana –con Artadi encubriendo la mentira- fundamente su acatamiento al mandato de la JEC en el dictamen del Síndic. O sea, engaño sobre engaño.

El mismo Bayona encabeza el capítulo 5º de su ensayo con la cita de unas palabras –éstas, sí, ciertas- de Miquel Roca: “Cataluña, históricamente, juega mal los sucesos rupturistas. No conozco ninguno que haya acabado bien.” Y añade: “las fuerzas desiguales tienen que ser compensadas con inteligencias desiguales”.

Uno de los padres catalanes de la Constitución española –el otro, fallecido, fue Jordi Solé Tura- utiliza un par de frases y da con ellas en la diana. También Josep Tarradellas advirtió –y su aviso es complementario a la apreciación de Roca- sobre la inconveniencia de hacer el ridículo en la política. Estos advenedizos radicales no respetan si ni siquiera el patrimonio de la inteligencia catalana en la gestión pública representada por políticos experimentados y sensatos.

Bastará un párrafo del libro del que fuera letrado mayor de la Cámara catalana para dejar las cosas en sus justos términos. Lo copio de la página 251 y dice así: “Si de verdad se creyó que el mandato democrático de las elecciones del 27 de septiembre de 2015 permitía prescindir de la Constitución, del Estatuto y de las leyes en general, me produce una gran perplejidad que una buena parte de la clase gobernante pudiera confiar en la viabilidad de semejante argumento. Si, por el contrario, era consciente de que solo era para cubrir las apariencias frente a los ciudadanos, me parece aún peor por el hecho en sí y porque en este caso se debería haber sido consciente de que (…) la victoria requiere disponer de un golpe ganador. Porque si ese golpe no se tiene, el Estado de Derecho actuará con todo su peso.”

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