Un tango para el regreso derrotado de Pablo Iglesias

Iglesias perdió el sentido de la realidad y de la proporción. Nadie conspiró contra él; fue él quien conspiró contra sí mismo

Foto: Cartel de Pablo Iglesias. (Podemos)
Cartel de Pablo Iglesias. (Podemos)

Vuelve. Él ha vuelto. En Galapagar desde el 20 de diciembre. Hoy ha regresado como en el tango de Carlos Gardel ('Volver') con "la frente marchita" quizás aferrado "a un dulce recuerdo", pero con el "miedo del encuentro con el pasado". Es Pablo Iglesias, el líder de Podemos que al extender su mirada sobre una militancia traída a Madrid de aquí y de allá, solo podrá comprobar hasta qué punto su organización ha quedado desmantelada y aparece en pavesas.

Vuelve Iglesias después de que se hayan ido todos los que con él fundaron Podemos, los compañeros y amigos que en 2014 irrumpieron indignados en la política institucional española con el propósito de constituirse en el partido de la "gente", de los de "abajo". Hoy aquel proyecto resulta solo una amarga caricatura del propósito fundacional. Es el volver del tango gardeliano llevado a la expresión de una dura derrota personal y política.

En 2015, las encuestas fantaseaban con la posibilidad de que el populismo de izquierdas superase al "viejo" PSOE. No pudo ser entonces, pero las listas moradas obtuvieron más de cinco millones y medio de votos (tercera fuerza política con 69 escaños). Tampoco pudo ser en 2016, aunque la nueva marca, Unidos Podemos, superó los cinco millones de sufragios (71 escaños), con la alarma de una fallida convergencia con Izquierda Unida que se dejó en el camino a centenares de miles de electores.

Hoy aquel proyecto resulta solo una amarga caricatura del propósito fundacional

No se produjo la sustitución, pero Podemos e Izquierda Unida eran una potencia parlamentaria ante un PSOE dividido y roto. La prepotencia de Iglesias —quiso la vicepresidencia del Gobierno y ministerios a manta— evitó la investidura de Pedro Sánchez (marzo de 2016) apoyada por Ciudadanos. Y a partir de entonces, de aquel acto de testosterona política, todo comenzó a ir mal. O peor. Porque Iglesias perdió el sentido de la realidad y de la proporción. Nadie conspiró contra él; fue él quien conspiró contra sí mismo.

Ya no están sus adversarios en Podemos. Otrora amigos. No está Luis Alegre, ni Carolina Bescansa, ni Íñigo Errejón. Pablo Bustinduy carece de "fuerzas" para encabezar la lista al Parlamento Europeo y regala su renuncia a Iglesias justo en los prolegómenos de su regreso. Y Juan Carlos Monedero —un radical que de vez en cuando tiene episodios de lucidez— aventura ya que deberá celebrarse un Vistalegre III quizás para darle la alternativa a Irene Montero, para que Unidos Podemos sea de verdad Unidas Podemos y, desesperadamente, se intente una operación de rescate de la más interesante operación del populismo izquierdista de la Europa democrática, tras el cambiazo de Alexis Tsipras que ha convertido el Syriza griego en uno de los partido más convencionales del Continente.

No se produjo la sustitución, pero Podemos e Izquierda Unida eran una potencia parlamentaria ante un PSOE dividido y roto

Solo Iglesias era un líder con los perfiles del más ortodoxo populismo: fuerte, duro, dialéctico, agresivo. No es cierto que el que tuvo retuvo. Iglesias es hoy la viva imagen del fracaso. Se ha convertido para los suyos —para el país lo fue de inmediato— en un tipo tóxico, errático e incoherente. No dispone de camino de retorno para ser lo que fue ni para representar lo que representó. Solo puede desempeñar un rol: que él y su partido, tras el 28-A, se conviertan en la muleta que precisará Pedro Sánchez para gobernar en el supuesto de que el PSOE obtenga un espectacular resultado que enlace con el muy mermado que se augura para la formación morada.

La política española le reserva —cinco años después de aquel año 2014 de grandes expectativas— un papel subalterno, de peón de brega, de un socialismo al que Sánchez ha hecho transitar con aparente éxito por el territorio del "filopopulismo". El socialismo español es hoy una plataforma (PSOE), un líder (Sánchez) y un relato (la nueva izquierda). O en otras palabras: la izquierda en España es el "viejo" PSOE que absorbe al Podemos sobre el que una veterana y septuagenaria política, Manuela Carmena, ha descargado un golpe mortal al arrebatarle el "errejonismo" que era la única vía de salida al bloqueo circular en el que Iglesias había sumido a su organización.

Iglesias es hoy la viva imagen del fracaso. Se ha convertido para los suyos en un tipo tóxico, errático e incoherente

En política, según Churchill se puede morir y resucitar. Podría ser el muy improbable caso de Pablo Iglesias. En los tiempos del carismático 'premier' británico no existía la hemeroteca digital. El todavía líder de Podemos ya no la soportaría. Sus excentricidades —el comunismo es extravagante en 2019— jamás albergaron un proyecto para España (véase la organización fragmentada y las confluencias en desbandada de la vinculación complutense) y sin proyecto colectivo tampoco lo había para Podemos. 'No digas que fue un sueño' era el título de la novela de Terenci Moix que ganó el premio Planeta de 1986. Sí, Pablo, fue un sueño. Y escuchando el tango de Carlos Gardel y leyendo la novela del eximio escritor catalán, ambos fallecidos, Iglesias debería reconocer que su fracaso ha sido tal que hasta el cartel que anunciaba su regreso fue un tosco error. La metáfora del final.

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