El verdadero problema de Pedro Sánchez

El presidente ha entendido la política –bien ayudado por Iván Redondo- como 'marketing'. Ha sido la suya una gestión de tómbola, de azar, de probabilidad y, por lo tanto, frívola, banal, inconsistente

Foto: El presidente del Gobierno y candidato a la reelección por el PSOE, Pedro Sánchez (c), durante su participación en un acto electoral en San Sebastián. (EFE)
El presidente del Gobierno y candidato a la reelección por el PSOE, Pedro Sánchez (c), durante su participación en un acto electoral en San Sebastián. (EFE)

El presidente del Gobierno no es “un golpista”, “ni un felón”, ni un “mentiroso” como con, exceso reprobable, le califica la oposición. Pedro Sánchez es un político táctico, de decisiones a corto y poseído por una desmedida ambición de poder. También le domina la vanidad del “resistente” sobre la que se ha construido su propio (e increíble tantas veces) personaje.

El verdadero problema del candidato socialista es que no resulta fiable, o en otras palabras, que carece de credibilidad. Lo ha venido demostrando a lo largo de los ocho meses tramposos de su Gobierno que han consistido en una larga y tortuosa campaña electoral en la que ni uno sólo de sus compromisos relevantes han llegado a cumplirse. En este tiempo, él y su equipo han adoptado decisiones –desde exhumar a Franco a reformar la Constitución- que sabían de antemano que no llegarían a ejecutarse.

El verdadero problema del candidato socialista es que no resulta fiable, que carece de credibilidad

Sánchez ha entendido la política –bien ayudado por Iván Redondo- como 'marketing'. Ha sido la suya una gestión de tómbola, de azar, de probabilidad y, por lo tanto, frívola, banal, inconsistente. Pero, en absoluto, inocua o inocente. Con cada decisión –fuera o no viable- ha buscado un objetivo, logrado unas veces y otras no.

En un país que como España necesita certezas para abordar los problemas que le afectan, la imprevisibilidad de un gobernante resulta especialmente contraindicada. Pero un presidente del Gobierno que opta por un debate (a cinco en La Sexta y Antena 3) por la única razón de que en él comparecerá Santiago Abascal y cambia de criterio cuando la Junta Electoral no lo permite, es una persona que sirve torticeramente a sus intereses pero no a los del país. Engordar a un partido como Vox con el propósito de adelgazar a la oposición (PP y Cs), disminuye las hechuras políticas de Sánchez y le caracteriza malamente.

Luego ha venido la utilización a su antojo de la autoridad de la administradora única de RTVE (ha alterado la fecha del debate a la medida de la táctica del candidato socialista) y la rectificación justificada meramente con una interjección: “¡Qué remedio!”. Rectificar no siempre es un atributo de los sabios, sino también de los confundidos y Sánchez ha manejado este asunto –con sus colaboradores más próximos- con la peor de las torpezas. Las consecuencias, de momento, de este zigzagueo han sido dos. Por un lado, la crisis de la radio y la televisión públicas que amortiza la figura (y la credibilidad) de Rosa María Mateo. Por otro, la inquietante comprobación de que en apenas horas Sánchez cambia radical y copérnicanamente de criterio. Lo ha hecho sobre el debate en TV pero cabe la duda vivísima de que pueda hacerlo en asuntos de más trascendencia.

En un país que necesita certezas para abordar los problemas que le afectan, la imprevisibilidad de un gobernante resulta especialmente contraindicada

En este episodio que ha roto la campaña electoral, Pedro Sánchez se ha abierto de capa, mostrando, quizás como nunca antes, ese problema que la oposición detecta y que no ha sabido formular en unos términos accesibles, confundiendo la definición del personaje con el insulto: el candidato socialista no es fiable, carece de credibilidad. Sobre esa base argumental se fundamenta la renuencia con la que, incluso los sectores moderados, recelan de Sánchez. Si ha sido capaz de montar este pandemónium con los debates televisivos –aunque, al final, le hayan doblado el pulso- qué no hará, se preguntan muchos, para retener el poder.

No conviene, sin embargo, augurarle a Sánchez grandes males consecuentes de esta torpeza última en la gestión de la campaña electoral. Cicerón escribió que “no hay nada tan increíble que la oratoria no pueda volverlo aceptable". Y en eso se está ahora en Moncloa y en Ferraz: en convertir dialécticamente el revolcón político de los debates y la crisis de la radio y la televisión públicas en otra jugada “maestra” de la factoría Sánchez-Redondo. Si juzgamos por los antecedentes y dada la credulidad ciudadana, a la que ha de añadirse la falta de perspicacia de la oposición, resultaría plausible que el secretario general del PSOE transforme su resbalón en una genialidad táctica. Lamentable, pero también probable.

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