La razón de Vox y la ficción de Ciudadanos

Cs tiene escrúpulos, parece que insalvables, para suscribir un acuerdo explícito con Vox, pero ninguno para usufructuar sus votos en municipios y autonomías. Es una estratagema hipócrita

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

¿Sería Juan Marín vicepresidente de la Junta de Andalucía sin los votos de Vox? ¿Y Begoña Villacís vicealcaldesa de Madrid sin las papeletas del partido de Abascal? La respuesta es obvia: no. Y no habrá presidente popular en Murcia ni en Madrid sin la colaboración pasiva, en el primer caso, o activa, en el segundo, de Vox. Y como el partido de Rivera ha vetado —salvo la excepción en Castilla-La Mancha— al “PSOE de Sánchez”, su opción consiste en renunciar a cuotas de poder importantes en el ámbito autonómico, entregándoselas a los socialistas, o firmar con el PP y Vox pactos explícitos de gobierno en las dos comunidades todavía en juego.

Vox tiene razón cuando denuncia que Ciudadanos, por una parte, se beneficia de sus efectivos parlamentarios y, por otra, niega tener relación con el partido. Así, los naranjas viven sumidos en una ficción: la de que no pactan con una organización de extrema derecha, aunque los conservadores lo hagan por ellos. Tanto en Andalucía como en el Ayuntamiento de Madrid, los de Rivera han logrado el trampantojo de suscribir acuerdos con los populares pero no con los 'voxistas', aunque el resultado haya sido el apetecido: tocar poder gracias a los votos ultras. La estratagema no puede ser ni más hipócrita ni menos creíble.

Le asiste la razón a la dirigencia de Vox cuando se planta y lanza el aviso de que Ciudadanos debe mojarse y firmar un acuerdo a tres. Roza el ridículo lo que ha ocurrido en la capital de España. El alcalde, Martínez-Almeida, ha suscrito un pacto con Vox y otro con Ciudadanos. Los dos con 80 medidas programáticas y, algunas, como la referida a Madrid Central (punto 44), contradictorias. La ventaja del PP sobre Ciudadanos es que a los conservadores no les importa absorber el coste —en el caso de que lo tenga— de firmar acuerdos explícitos con Vox. Al fin y a la postre, el partido de Abascal no deja de ser una escisión del PP. El propósito de Génova consiste en iniciar una senda —que no será de corto recorrido— para que los electores de Vox dejen de serlo y se reintegren al PP. En otras palabras: Casado encara “sin complejos” su relación con la extrema derecha.

La razón de Vox y la ficción de Ciudadanos

No es el caso de Ciudadanos, que tiene escrúpulos, parece que insalvables, para suscribir un acuerdo explícito con Vox pero ninguno para usufructuar sus votos en municipios y autonomías. Pues bien: en Murcia y en Madrid, los autocalificados liberales tienen la oportunidad de demostrar que priorizan los valores sobre los intereses. Juegan con la baza de que Vox tendría enormes dificultades para justificar que las derechas perdieran Murcia y, sobre todo, Madrid —lo que abocaría a una rebelión de su electorado—. La esperanza de Ciudadanos es que los de Abascal no puedan mantener el pulso y, antes o después, invistan al presidente popular de Murcia y a la presidenta 'in pectore' de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

La política tiene una grave e inevitable exigencia: la de elegir. No se puede estar al plato y a las tajadas y eso es, justamente, lo que ha pretendido Cs

Pero si Vox diese la campanada y se mantuviese en sus trece —y aunque esa perseverancia le resultase pírrica—, Ciudadanos quedaría también desarbolado porque ni el electorado del PP ni el del partido de Abascal entenderían su posición táctica, que excluye tanto un acuerdo directo y explícito con Vox como con el PSOE. Si se diera esa situación, Rivera volvería a tener un problema difícilmente soluble y quedaría al descubierto que sus cálculos posicionales están confundidos porque se ha ido restando a sí mismo margen para pactos a izquierda y derecha.

La política tiene una grave e inevitable exigencia: la de elegir. No se puede estar al plato y a las tajadas y eso es, justamente, lo que ha pretendido Ciudadanos. Vox, aunque con tardanza, le enfrenta a la realidad y le sitúa al borde del precipicio. Regresa el juego de la gallina: ambos partidos van directos a una confrontación y habrá que ver si colisionan o uno de ellos hace un quiebro de debilidad y arroja la toalla.

Vox está haciendo un favor —sin que sirva de precedente— a la clarificación de posiciones en el tablero político español. O con ellos, o sin ellos, o contra ellos. Pero sin admitir la ficción de Ciudadanos, que quiere una cosa (evitar contagios ultras) y su contraria (tocar poder gracias a los ultras). Veamos cómo termina esta partida y cuál de los que la juegan se impone. Cabe la posibilidad de que Vox se quiebre y Cs persista en la ficción de su distancia sideral con el partido de Abascal. Pero cabe también que los 'voxistas' —en este caso con razón— abandonen el pragmatismo cauteloso y aleccionen a Rivera, evitando en todo caso los abochornantes y tabernarios insultos que le dedicó ayer en su cuenta oficial de Twitter. Por algo son extrema derecha.

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