Del fraude al disparate: tres días para la Historia política de España

Los anales de la memoria política en España no registran un episodio tan bochornoso como el de estas más de 72 horas. La izquierda se ha disparado en el pie o en la sien

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante la sesión de investidura. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante la sesión de investidura. (EFE)

Si la sesión de investidura de este jueves fue un fraude ('Investidura en fraude de Constitución'), como traté de argumentar el pasado martes, porque el debate no versó sobre el programa de gobierno (¿de qué gobierno?, ¿monocolor o de coalición?) del candidato sino acerca de los términos de un fantasmal entendimiento entre el PSOE y UP para que Irene Montero fuese vicepresidenta del Ejecutivo con determinado acúmulo de competencias, la jornada de ayer, miércoles, resultó disparatada.

Iglesias reventó el martes la negociación desde la tribuna de oradores del Congreso –un pésimo síntoma-, pero la abstención de su grupo en la primera votación de la investidura permitía albergar la esperanza a la izquierda de que se terminaría por conformar un denominado “gobierno de progreso”. El tira y afloja negociador –pasadas las 22 horas de ayer- presentaba los mismos perfiles de riña tumultuaria que protagonizó Iglesias en la Cámara Baja. Unidas Podemos dio a conocer en un escrito sus exigencias al presidente en funciones y este hizo pública su oferta a los morados.

El cruce 'urbi et orbe' de documentos presagiaba que socialistas y populistas habían entrado en un reyerta mediática de una categoría política ínfima y de una desconsideración institucional de gran envergadura. Se producía una auténtica batalla de propaganda para ganarse el favor de la opinión pública, si es que por tal se entiende al conjunto de ciudadanos a los que se les estaba faltando al respeto, convirtiendo una supuesta negociación política en una pelea ventajista e innoble.

Un Gobierno de coalición jamás, nunca, en ningún caso se negocia así. Con la premura de tiempo con la que lo han abordado el Gobierno en funciones, el PSOE y Unidas Podemos, con la banalidad de convertir la transacción en un zoco de sillas y no en una discusión seria de programas y políticas, y con la hostilidad –a flor de piel- entre los líderes de uno y otro partido que se comportaron como jefes de bandería. Un espectáculo inmerecido y deprimente sin precedentes en la democracia española y que embarró el terreno del debate que hoy culminó con el fracaso de la investidura de Sánchez. Los anales de la historia política de España no registran un episodio tan bochornoso como el de estos tres días y medio.

Por lo demás, y de ser auténticos los documentos que ayer se hicieron públicos, y si fuera cierto que Pedro Sánchez ofreció a Unidos Podemos una vicepresidencia (Irene Montero) para Asuntos Sociales y los ministerios de Vivienda y Economía Social, Sanidad, Asuntos Sociales y Consumo y el de Igualdad, parecería que la propuesta no sería en absoluto desdeñable, en tanto que resultaría desmesurada la pretensión de acaparar la gestión por los morados de una serie de materias que, como ayer interpretaban en la Moncloa y Ferraz, implicaba un poder desproporcionado en el Consejo de Ministros teniendo en cuenta la relación de votos y escaños entre UP y PSOE, cuya suma, hay que recordarlo, no granjea a Sánchez la mayoría absoluta.

La izquierda española se disparó ayer un tiro -¿en el pie, en la sien?- con un comportamiento institucionalmente indigno y políticamente tabernario. Ya sabemos que la narrativa ganadora –el famoso relato- exige reformular algunas reglas de compromiso y hasta llegar a forzarlas. Pero no se debe perder ni la sensatez para salvaguarda la reputación propia ni el respeto a los ciudadanos. Ayer se extraviaron la primera y el segundo. Ya sin remisión, las primeras palabras de hoy en el Congreso de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias, debieran ser de disculpas ante la propia Cámara como expresión de la soberanía popular. Porque ambos se comportaron por debajo de los menos exigentes estándares democráticos. El sistema constitucional e institucional viene padeciendo un estrés salvaje por una irresponsabilidad cuya explicación se encuentra en una descarnada lucha por el poder con protagonistas que dejaron de ser adversarios y se han convertido en desvergonzados enemigos.

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