De Francisco Franco (1892-1975) a Santiago Abascal (1976)

La izquierda se cohesionará con la exhumación de Franco; pero la derecha extrema conectada con las corrientes iliberales recibirá un suministro adicional de sufragios

Foto: Algunos de los últimos visitantes de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. (EFE)
Algunos de los últimos visitantes de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. (EFE)

Según el Instituto Nacional de Estadística (abril de 2019), la estructura de edad de los más de 47 millones de habitantes de nuestro país es la siguiente: el 15,7% es menor de 16 de años; el 34,1% está entre los 16 y los 44; el 29,4%, entre los 45 y los 64, y el 20,8% supera los 65. La edad media de los ciudadanos españoles se sitúa en 44,2 años. Así pues, el porcentaje de españoles menores de 44 años alcanza el 49,9% de la población total, incluida la extranjera. Y, justamente, pronto hará 44 años que murió Francisco Franco (20 de noviembre de 1975).

Valgan las cifras anteriores para constatar que la experiencia vital del franquismo afecta a un porcentaje no mayoritario de españoles, y que la ola expansiva de aquel régimen alcanza a la práctica totalidad mediante el conocimiento por transmisión oral y por noticia histórica. Ocurre que casi todas las familias cuentan con deudos afectados por un periodo del pasado en el que la figura de Francisco Franco dispone de significados abruptamente discrepantes, aunque no pueda negarse sin faltar a la verdad que fue un dictador y jefe de un Estado totalitario, ajeno por completo a la separación de poderes y a la vigencia de los derechos y libertades de cualquier democracia liberal.

Conviene subrayar, sin embargo, que la trayectoria de Franco hay que considerarla en su contexto histórico y atribuir la responsabilidad del mantenimiento de su régimen a factores muy diversos. Por supuesto, al apoyo de una parte importante de la sociedad española tras una cruenta guerra civil, al ejercicio de la fuerza contra la disidencia —inefectiva en el exterior y en el interior hasta 1975, y desamparada por las democracias occidentales y los regímenes soviéticos— y, desde luego, al apoyo que le proporcionaron otros países libres en el tablero europeo de la Guerra Fría que pusieron en valor su régimen, empezando por la Santa Sede y continuando por Estados Unidos.

La históricamente inevitable exhumación de sus restos mortales del Valle de los Caídos, tras una larga batalla jurídica del actual Gobierno en funciones con sus nietos, constituye un hito histórico tanto nacional como internacional y suscita muchas interpretaciones. Con todo el respeto que merecen las consideraciones de orden moral y reparativo (¿fueron inmorales los gobiernos democráticos anteriores, de izquierda y derecha, que no retiraron su cadáver de la tumba de la que hoy es exhumado?), el episodio exige una lectura política y otra de oportunidad, aunque esta última encienda la indignación de muchos tras más de cuatro décadas de su reposo cadavérico en el Valle de los Caídos.

De Francisco Franco (1892-1975) a Santiago Abascal (1976)

Franco es ya un símbolo, es decir, una evocación, una representación, que despierta muchos rechazos, también algunas adhesiones y, sobre todo, abundantes indiferencias. Pero lo que ocurre hoy —su desenterramiento de un mausoleo lóbrego pero hiperbólico en sus dimensiones pretenciosas— trasciende a su propia figura y adquiere sentido muy profundo en función de las condiciones políticas de la izquierda y la derecha del presente español y del largo periodo transcurrido desde su fallecimiento. Porque ni los constituyentes de 1978, ni luego el partido que dirigió la Transición (UCD) ni más tarde el Gobierno socialista de Felipe González (1982-1996) barajaron la exhumación de Franco ni tampoco dotar al Valle de los Caídos de una significación diferente a la que conlleva de forma inevitable.

La entrada al Valle de los Caídos, ya cerrada por la Guardia Civil. (EFE)
La entrada al Valle de los Caídos, ya cerrada por la Guardia Civil. (EFE)

Ocurría que tanto el personaje como el monumento estaban en el margen más extremo de un país que llegó a una transacción histórica cuando la izquierda disponía de un abundante patrimonio ideológico y la derecha recuperaba con el pasar generacional un acervo democrático que había perdido en las décadas anteriores, salvando muy honrosas excepciones. Algo se estaba haciendo bien porque desde 1978 hasta diciembre del pasado año, la extrema derecha española estuvo absorbida, primero por Alianza Popular y luego por el PP.

Sin embargo, cuando Rodríguez Zapatero (2004-2011) hizo una propuesta de recuperación de la memoria histórica y encargó a una comisión de expertos un estudio para la exhumación de Franco, además de las razones morales y de reparación que no negaré en absoluto, albergó otras silentes que consistieron en recuperar las líneas divisorias entre la izquierda y la derecha que durante la gran recesión se difuminaron hasta el punto de resultar casi inidentificables. Se estaba produciendo, y luego cuajó, la hegemonía de la ortodoxia liberal en lo económico y conservadora en lo ideológico.

Franco, el franquismo, la dictadura que periclitó hace 44 años, y a pesar de la 'desfranquización' de la sociedad española, se convirtieron en recursos necesarios de movilización, electrochoques ideológicos, resucitaciones de las evocaciones de un socialismo que trataba —sigue haciéndolo— de aferrarse con muy desigual fortuna a planteamientos de supervivencia que incluso fracasaron en países como Francia e Italia, donde los partidos tradicionales de la izquierda han sido sustituidos por populismos y formaciones ecologistas, produciéndose, al mismo tiempo, una fuerte emergencia de organizaciones iliberales y ultraconservadoras.

La izquierda española, además de recuperar distancias simbólicas con la derecha, sabe que con la relectura de la Transición la introduce en el 'escape room' del franquismo, en una especie de cárcel emocional y legataria de la que le cuesta salir indemne porque, en una cierta medida, se siente solidaria de los valores que la izquierda quiere zaherir y es incapaz de articular un buen discurso que ponga en solfa esa superioridad moral que exhibe cuando otras momias y cadáveres dictatoriales en lugares distintos del mundo son devotamente contemplados.

Cripta en la que será enterrado Franco en el cementerio de Mingorrubio. (Reuters)
Cripta en la que será enterrado Franco en el cementerio de Mingorrubio. (Reuters)

Y esa comparativa —como casi todas, odiosa— dispara el planteamiento iliberal a la polaca o la húngara, que es en el que se sitúa la derecha a la derecha del Partido Popular. Sin ánimo de banalizar: me refiero a ese discurso que rompió la cuota de pantalla habitual de Pablo Motos en 'El hormiguero' cuando entrevistó en Antena 3 a Santiago Abascal (4.049.000 espectadores). La izquierda se cohesionará con la exhumación de Franco; pero la derecha extrema de Vox —conectada con las corrientes iliberales que reivindican el regreso a las 'ideas fuertes'— recibirá un suministro adicional de votos que los restará al PP.

Esta exhumación —insisto: inevitable— acaece en periodo electoral y cuando emerge una fuerza política sin precedentes en la democracia del 78, con representación parlamentaria, a la que este episodio puede ayudar a consolidarse. De tal manera que la cuestión no sería solo la exhumación de Franco. La cuestión sería también la del robustecimiento político de Abascal. Y, en fin, sería una cuestión de tiempos. España siempre ha sido inoportuna y un tanto oportunista en sus 'momentos' históricos. Y el de ahora en nuestro país es de esos en los que azota un fuerte viento de fronda.

(*) En recuerdo de Santos Juliá, de cuyos libros, ensayos, artículos y conversaciones aprendí tanto.

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