'El hormiguero' (2ª parte) y la revolución antiliberal

Santiago Abascal aprovechó el debate para instalar en España el discurso iliberal, que ya ha arraigado en países del Este de Europa y que podría condicionar seriamente los resultados del 10-N

Foto: El candidato de Vox, Santiago Abascal, al finalizar el debate electoral. (EFE)
El candidato de Vox, Santiago Abascal, al finalizar el debate electoral. (EFE)

Ocurrió en el debate de ayer como en el espacio que en Antena 3 TV dirige y conduce Pablo Motos. El pasado 10 de octubre, programó una entrevista con el presidente de Vox, Santiago Abascal. En las redes sociales, se pidió boicotear la presencia del político derechista. Y pasó lo siguiente: Abascal contestó todas las preguntas de Motos sin eludir ninguna; evitó los eufemismos y no se dejó condicionar por la habilidad de su entrevistador. La cuota de pantalla que obtuvo 'El hormiguero' fue histórica: casi el 24%, lo que se correspondió con 4.049.000 espectadores. Antena 3 TV obtuvo un gran éxito de audiencia; Abascal se destapó más allá de los tópicos, y Pablo Motos no ha vuelto a repetir 'share' con ningún otro invitado de entre los políticos que se presentan a las elecciones. El boicot al programa, lejos de restarle audiencia, se la incrementó.

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En el debate a cinco de ayer, Santiago Abascal fue brutalmente superior a sus contrincantes en el espectro de la derecha (Casado y Rivera) y confrontó con suficiente soltura con los de la izquierda (Sánchez e Iglesias). Hasta el tercer bloque de los cinco que compusieron el debate, sus compañeros de comparecencia no se dirigieron a él, apenas si le contestaron. Pretendieron —sin llegar al final a conseguirlo— hacerlo transparente. Una especie de boicot que lejos de disminuir la pegada del discurso de Abascal aumentó su impacto. El presidente de Vox supo aprovechar todas y cada una de las ventajas de las que disponía: un planteamiento político 'sin complejos' —de esos que a unos enardecen y a muchos preocupan—, una oratoria eficaz aunque no especialmente brillante, una suficiente aportación de datos (buena preparación de los temas) y la explotación de su casi virginidad política y la de su partido en los distintos niveles de gestión en las administraciones públicas.

Por lo que a la derecha respecta, ayer el debate fue para Abascal y para su partido como una segunda parte de 'El hormiguero'. Un análisis sosegado de lo que ayer se vio y oyó conduce inexorablemente a reconocer que la extrema derecha cosechó un éxito evidente convirtiendo lo verosímil (llegar a ser el 10-N la tercera fuerza política) en una hipótesis probable. No fue impensable lo que sucedió. Pedro Sánchez —quizá más entonado esta vez que Pablo Iglesias— le ofreció la munición de la mal gestionada —en el cuándo y en el cómo— exhumación y nuevo entierro de Franco, y el independentismo catalán montaraz, agreste, provocador y violento le brindó todas las bazas que requiere un partido de las hechuras de Vox para prosperar. Pero que nadie se engañe: las palabras de Vox encubren un patrimonio ideológico mucho más generalizado en el continente de lo que en España estamos dispuestos a admitir.

'El hormiguero' (2ª parte) y la revolución antiliberal

El partido de Abascal —a tenor del discurso de su presidente en el debate de ayer— se alinea claramente con las narrativas iliberales húngaras y polacas que hoy por hoy son el germen de una revolución antiliberal, en palabras de los académicos Ivan Krastev y Stephen Holmes, que escriben sobre este fenómeno un extraordinario ensayo en el nº 217 (octubre) de 'Letras Libres' bajo el título “Explicando Europa del Este: la imitación y sus descontentos”. Para estos autores —y es lo que sostuvo ayer Abascal—, húngaros, polacos y otras sociedades europeas sienten la imitación de los demás países occidentales democráticos como “una pérdida de soberanía” y como una imposición. Los autores del ensayo añaden: “Los europeos del Este se rebelaron contra el liberalismo no tanto porque estuviera fracasando en casa sino porque veían que estaba fracasando en Occidente”.

La revolución antiliberal, se vio ayer, ha llegado a España. Consiste en “un fantasma que recorre Europa”, según los académicos, que recuerdan en su texto lo que ocurre en el Este cuando se cumplen los 30 años de la caída del muro de Berlín. Y recuerdan las palabras de Viktor Orbán dichas en 2017: “Hace 27 años, aquí, en Europa Central, pensábamos que Europa era nuestro futuro, hoy pensamos que somos el futuro de Europa”. Vox y Abascal no beben del fascismo (léase a Paolo Gentile en su último ensayo, titulado 'Quién es fascista', publicado por Alianza Editorial este 2019), ni son fascistas como el gran historiador del fascismo explica en su obra. Vox y Abascal son iliberales, padecen la histeria antiinmigración, confían en la demografía del propio país como alternativa, profesan el nativismo que rechaza los estándares ajenos y han recuperado un nacionalismo de valores cristianos identitarios. El conjunto de estos valores y creencias tiene serias dificultades para acoplarse a la progresión de la Unión Europea. No comparten el axioma de Ortega, según el cual “España es el problema y Europa, la solución”.

Lo que contemplamos ayer —además del fallecimiento político de Rivera y las irreductibles inquinas entre derechas e izquierdas— fue la emergencia articulada del iliberalismo en nuestro país, que adquiere formatos diferentes en Italia, en el Reino Unido, en Estados Unidos o en Brasil. Estamos de regreso y no de progresión. Es una época para el miedo y el proteccionismo. Y surge un Vox con un Abascal e instalan en España lo que ya está arraigado en otras sociedades. Teniendo en cuenta que ninguno de los otros cuatro debatientes rebatió a Abascal con la exigible eficacia, quedó la sensación de que el 10-N puede ser el comienzo de cambios más graves (y preocupantes) de lo que pudimos suponer. Por esa razón, y casi solo por esa, el debate de ayer fue trascendente.

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