La derecha, entre "el espanto" y "el apocalipsis"

Los más eficaces discursos de demolición de Sánchez no los hicieron ni Casado, ni Abascal ni Arrimadas. Los pronunciaron, por ERC, Rufián y Bassa, y por Bildu, Mertxe Aizpurua y Oskar Matute

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, en su escaño durante la sesión de investidura. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, en su escaño durante la sesión de investidura. (EFE)
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La investidura de Pedro Sánchez hubiese sido un completo desastre político para el PSOE si las derechas no se hubiesen dejado envolver, y propiciado, en la estrategia socialista y de Unidas Podemos para que el protagonismo mediático del trámite parlamentario se lo granjease la hipérbole discursiva de los portavoces del PP, Vox y Cs; sus sobreactuaciones en la tribuna de oradores y en la bancada del hemiciclo, y ese lenguaje manido que incorpora conceptos que en su muy reciente historia les han proporcionado no pocos disgustos (“ilegitimidad”, “golpismo”, “felonía”, “traición”) y que permite a sus adversarios sostener con verosimilitud que esas tres fuerzas políticas representan la “coalición del apocalipsis”.

Los jefes de filas de los tres grupos parlamentarios de la derecha permitieron con su griterío que la portavoz socialista justificase en su propio comportamiento la argamasa para aunar la heterogénea, extravagante y, a la postre, improbable coalición que ha llevado a Sánchez a la Moncloa. Las tres derechas, en versión de Adriana Lastra, ampliamente comprada a un precio de saldo, serían el “espanto” que aúpa a Sánchez gracias a fuerzas heterogéneas que lo hacen por temor a ellas, a la derecha que Gabriel Rufián denomina “el monstruo”, otra enormidad de las que acostumbra a utilizar este suburbial orador republicano.

El choque dialéctico fue brutal pero estéril. La investidura nos ha dejado noticia de un ruido infernal, pero no de la naturaleza política de una designación parlamentaria ante la que las formaciones de la derecha solo tenían que subrayar las invencibles contradicciones en las que incurría el candidato y el escepticismo general que provocan los tres programas (con Unidas Podemos, con ERC y con el PNV) que el futuro Gobierno pretende implementar. Los más eficaces discursos de demolición de Sánchez no los hicieron ni Casado, ni Abascal ni Arrimadas. Los pronunciaron, por ERC, Rufián y Bassa, y por EH Bildu, Mertxe Aizpurua y Oskar Matute.

Esas cuatro piezas oratorias no llegaron nítidamente porque, con una torpeza increíble, fueron interrumpidas y abucheadas por la bancada de la derecha cuando, en realidad, estaban sentenciando a Sánchez a una legislatura lastimosa. Es la primera vez en la historia de la democracia española que el presidente del Gobierno depende de los separatismos radicales de Esquerra Republicana de Catalunya y de Euskalherria Bildu; es la primera vez que una investidura prospera solo por dos votos; igualmente, la primera que el Gobierno lo es de coalición entre dos partidos que tienen vocación de enfrentamiento y no de colaboración; es la primera vez, en definitiva, que se va a formar un Gobierno que incorpora en su propia esencia el germen de su destrucción.

La única terapia que salvaría esta mayoría de circunstancias, cogida con alfileres, precaria, es un elemento aglutinante, un “espanto” externo que la dote de sentido, que le ofrezca, además de razonabilidad, inevitabilidad. O ellos, o el “apocalipsis”. Y ahí estuvieron las tres derechas para cumplir ese papel y lo ejecutaron mucho mejor de lo que pudieron imaginar los estrategas socialistas y morados que tendieron la trampa, calculando que en ella caerían —acertaron— los que terminaron por hacerlo.

Para que la derecha sea percibida como una alternativa, tendrían que concurrir tres circunstancias: 1) atenerse a la advertencia de Napoleón según la cual “si el enemigo se equivoca, no lo distraigas”; 2) subrayar serenamente las contradicciones y errores del Gobierno evitando la jerga tremendista, y 3) manejar con sentido estratégico los muchos poderes políticos de que la derecha dispone, administrando su capacidad de bloqueo, recabando protagonismo e interlocución.

Esta legislatura podría ser la del deterioro de la izquierda de un PSOE al que Sánchez ha llevado a una aventura tan incierta como adelantan los discursos de sus 'socios' republicanos y bildutarras y como sugieren las ambiciones descontroladas de Pablo Iglesias. Y la de la reconstrucción de la derecha si el PP logra imponer su hegemonía indiscutible en ese espectro ideológico, si todo el poder territorial del que goza se emplea con sentido estratégico (Madrid, Andalucía, Galicia, Murcia, Castilla y León) y si su capacidad de bloqueo y desbloqueo (todas las decisiones que requieran 3/5 del Congreso y cualquier tipo de reforma constitucional) se pone a disposición de los intereses de España y del fortalecimiento institucional del sistema constitucional.

En definitiva, si dan la vuelta al relato (por mucho que ya se deteste la expresión) y se desprenden del rol que les han asignado Sánchez y sus colaborares: el del “espanto”, y el del “apocalipsis”. Y eso se logra, paso a paso, demostrando que nunca un Gobierno apoyado por ERC y Bildu puede ser “progresista”, sino de regresión, divisivo, identitario —en el sentido más decimonónico del término— y, en fin, insolidario. Se agradecería, en definitiva, que la(s) derechas(s) abandonen esa pulsión calderoniana en la expresión y agónica en la descripción y pasen del lamento y el 'quevedismo' de adjetivos a la política útil. Porque, en definitiva, es la ganadora.

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