Nadia o nadie

Para negociar unos improbables Pactos de la Moncloa es poco dudoso que Nadia Calviño sería como Enrique Fuentes Quintana, economista como ella y vicepresidente del Gobierno en 1977

Foto:  La vicepresidenta tercera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño. (EFE)
La vicepresidenta tercera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño. (EFE)
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Acabo de releer un ensayo del profesor José Luis Martínez Albertos sobre la tesis clásica según la cual los periódicos son los "perros guardianes" de la democracia en la que el admirado compañero cita al duque de Wellington que, ya en el siglo XIX, en la estela de Constitución de los Estados Unidos que consagraba precozmente la libertad de prensa y expresión, cinceló la consigna de "publica y que te maldigan". Porque "esa es la responsabilidad de la prensa".

Animado por esa y otras lecturas en tiempos de confinamiento no tengo reserva alguna en insistir sobre la ideología comunista de Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno, que él exuda en cada una de sus intervenciones. Compañeros también en esa militancia son el ministro de Consumo, Alberto Garzón, y el portavoz adjunto de su grupo parlamentario, el secretario general de PCE, Enrique Santiago, entre otros.

Ninguno de ellos es un comunista al uso, ni atesoran la experiencia personal e histórica de los que coadyuvaron a que la transición de la dictadura a la democracia fuese un éxito y que colaboraron de manera determinante en el éxito de los llamados Pactos de la Moncloa de 1977 que lograron que el país no embarrancase y la democracia no quedase anegada en la miseria de la crisis.

No esperemos que Iglesias, Garzón o Santiago sientan las pulsiones democráticas de aquellos años. En esta crisis terrible se comportan como ideólogos duros y puros, tratando de dejar su sello —más sectario que gestor— en las disposiciones que denominan "escudo social" y que, siendo algunas muy necesarias (otras no), están técnicamente mal confeccionadas y muchas inspiradas en modelos intervencionistas, anacrónicos y alejados de los esquemas económicos homologados en la Unión Europea. De tal manera que con esas pautas neocomunistas, la ayuda de Bruselas será improbable.

España es el único país de la UE que alberga en su Gobierno a políticos comunistas, aunque sea en versiones posmodernas. Muchos de los líderes que ahora no están en Podemos justifican en privado su marcha de la organización en su ideología predominantemente comunista. Consúltense los textos del catedrático de filosofía e historiador José Luis Villacañas, un intérprete autorizado del origen y desarrollo de Podemos.

¿Es arriesgado que militantes comunistas se sienten en el Consejo de Ministros? Lo es en los términos mismos en los que se pronunció el presidente Sánchez antes de su fracaso el 10 de noviembre de 2019 y que le obligó a incorporar al Consejo de Ministros a Unidas Podemos y a apoyarse en el independentismo para ser investido. De ahí vienen ahora sus ahogos y desventuras. Su Gabinete presenta dos fisuras. Una, ideológica, y otra técnica o de idoneidad. Es verdad que algunos debates ministeriales son transversales pero las discrepancias fundamentales enfrentan a socialistas con morados y a los menos expertos con los más profesionales en la gestión.

Salvador Illa, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, durante el acto de recepción de las carteras ministeriales el pasado mes de enero. (EFE)
Salvador Illa, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, durante el acto de recepción de las carteras ministeriales el pasado mes de enero. (EFE)

Hay una pelea insomne por marcar la pauta y Sánchez hace concesiones arriesgadas a Iglesias y los suyos con consecuencias muy negativas para su propia estabilidad. Sus socios se le han encampanado (PNV y ERC), con razón; los empresarios están inquietos y desasosegados y los presidentes de las comunidades autónomas, preocupados. La mayoría de "la censura" (y de la investidura) está en peligro y el inquilino de la Moncloa lo sabe y lo siente.

La garantía de competencia —técnica comercial y economista del Estado, funcionaria de la UE, desde 2014 a 2018 responsable de Presupuestos de la Unión en Bruselas bajo el mandato de Jean-Claude Juncker, políglota— es la actual vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño. Esta gallega, brillante y eficaz, es la portavoz de un discurso lleno de buen sentido y proporción, empapado en la búsqueda de una correcta y justa eficacia gestora, respetuoso con los principios de la economía de mercado debidamente corregida, ponderada en las opiniones y con un claro afán de integración y de consenso. Si hubiera que abordar unos nuevos e improbables Pactos de la Moncloa, resulta poco dudoso que Nadia Calviño oficiaría en su negociación como el profesor Enrique Fuentes Quintana, gran economista y, como ella, vicepresidente segundo del Gobierno de Adolfo Suárez en 1977.

Si la influencia de Iglesias y de los ministros de su organización ganase la partida a Nadia Calviño, nadie en el Gabinete estaría en condiciones de prestar garantía de que aquí el sistema constitucional y el modelo social y económico no saltasen por los aires. Debe haber una combinación socialdemócrata de las tres vicepresidentas —Carmen Calvo está igualmente en una posición estratégica como ministra de Presidencia, secretaria del Consejo de Ministros y presidenta de la Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios— que haga realidad la dirección del Gobierno por el PSOE. Un marchamo que ahora solo pelea —así lo parece— la muy competente Nadia Calviño que recaba, además, un ya conocido respeto en Bruselas y a todos los niveles de gestión y políticos de la Unión Europea.

Sin Calviño, nadie en el Gabinete podría garantizar que el sistema constitucional, social y económico no saltasen por los aires

Si Nadia Calviño cae; si la vicepresidenta tercera del Gobierno pierde el mus que está jugando con Pablo Iglesias; si sus tesis de consenso, moderación y buen criterio no prosperan en los próximos días, el Ejecutivo quedaría de hecho controlado por Iglesias y los suyos y el Consejo de Ministros tomado por asalto. Nadia o nadie.

¿El presidente? En esa peligrosa burbuja del "efecto Moncloa" que hace sentirse a los jefes de Gobierno hombres providenciales. De ahí que los elogios de Iglesias a Sánchez sean rendidos y constantes. Así que más Nadia y menos Pablo. O se producirá un siniestro político e institucional.

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