Ni Elvis Presley está vivo ni Juan Carlos I fue un golpista

El historiador Juan Francisco Fuentes desmonta las versiones alternativas sobre el Rey emérito durante el 23-F cuando algunos tiran del hilo de la Corona para deshacer la madeja constitucional

Foto: El rey emérito Juan Carlos. (EFE)
El rey emérito Juan Carlos. (EFE)
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Treinta y nueve años después, el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense Juan Francisco Fuentes acierta con la publicación de un libro titulado '23 de febrero de 1981. El golpe que acabó con todos los golpes' (editorial Taurus, mayo 2020). La intención del autor parece clara: ordenar los antecedentes del fracasado golpe, relatar su ejecución e incidir con sentido crítico sobre sus consecuencias, para llegar a la conclusión de que las versiones alternativas forman parte de un bulo que, en un momento especialmente delicado para la monarquía parlamentaria, atribuye a Juan Carlos I complicidad en aquella asonada retirándole el mérito histórico de haberla parado y restituido la vigencia de la Constitución y de la democracia.

Advierte Fuentes de que “la trascendencia de un acontecimiento histórico se mide por las teorías conspirativas que acaba generando” y alude al “negacionismo histórico que deriva en una suerte de silogismo político: el Rey no paró el golpe, el 23-F no fracasó, esto no es una democracia. El viejo relato, reconocible aún en algunos 'bestsellers', ha acabado confluyendo, pues, con el de una izquierda 'vintage' contraria al llamado régimen del 78”.

El historiador resume con economía de texto —204 páginas— aquellos acontecimientos, aportando bibliografía exhaustivamente, notas e índice alfabético. Y resulta de una especial actualidad porque se ha puesto en marcha una corriente de opinión que, jugando con la desmemoria de las nuevas generaciones, presenta al Rey emérito solo en su faceta más reciente y la menos reconocible de su inmensa labor política, que fue fundacional de nuestro sistema de libertades. Se trata de desposeer a Juan Carlos I de su patrimonio estadista y poner en cuestión, también por la deconstrucción de la realidad sobre el 23-F, la jefatura del Estado, su forma constitucional de monarquía parlamentaria.

No, Juan Carlos I no fue un golpista, como algunos relatos frívolos y de fácil venta pretenden demostrar con imaginación calenturienta. A este esperpento histórico contribuyeron, incluso, algunos documentales ('Operación Palace', de Jordi Évole, al que nuestro autor denomina “obra cumbre de la revisión iconoclasta del 23-F”, emitido por La Sexta en esa fecha de 2014) que Juan Francisco Fuentes repasa críticamente, lo mismo que los excesos creativos de alguna periodista con un desbordado afán de notoriedad y las engañosas intenciones historicistas de personajes de la extrema derecha en los que, en su momento, “se exacerbó el viejo sentimiento antimonárquico y, sobre todo, antiborbónico del fascismo español.” Según estos autores de ideología conservadora radical, ya se ve que coincidentes con sus antípodas ideológicas, “más que su coronación en noviembre de 1975, el golpe habría sido el verdadero momento fundacional del reinado de Juan Carlos I y de su proyecto de 'monarquía de izquierdas”.

Juan Carlos I y Felipe VI, en una imagen de archivo. (EFE)
Juan Carlos I y Felipe VI, en una imagen de archivo. (EFE)

Este nuevo libro de Juan Francisco Fuentes está llamado a alzarse como una referencia ineludible en el relato crítico de las circunstancias previas, constantes y posteriores a la intentona golpista del 23-F. Tras la lectura de la obra, se llega a la conclusión de que el autor cree que aquel golpe acabó con el golpismo en España; también con los llamados 'pronunciamientos', y generó teorías conspirativas por las dimensiones graves de los hechos en los que el protagonismo del Rey emérito resultó decisivo, como refiere este historiador de larga trayectoria.

“En el caso del 23-F, se puede decir que tanto las instituciones democráticas como las militares rebeldes hicieron todo lo necesario para que el Estado constitucional sacara el mayor rédito de su victoria. Por un lado, los golpistas dieron una penosa imagen de sí mismos durante aquellas 17 horas 'grotescas', como las llamó Calvo-Sotelo, y en el juicio celebrado el año siguiente. Por su parte, los gobiernos posteriores manejaron la cuestión militar con habilidad y prudencia siempre con el respaldo del Rey. El involucionismo residual sabía que en ningún caso podría contar con la Corona para lograr sus fines”. Un párrafo terminante que recobra actualidad porque, de una parte, Juan Carlos I se encuentra en un trance de fortísimo y bien ganado, por desgracia desprestigio, y, por otra, porque de su situación se pretenden deducir conclusiones exorbitantes, y negativas, sobre la monarquía parlamentaria que titulariza Felipe VI.

Juan Francisco Fuentes ha contribuido desde la ciencia histórica y con una oportunidad lúcida a dejar bien sentado qué es lo que ocurrió, o lo que ocurrió principalmente, y su libro aparece cuando el ministro de Justicia —aún no se sabe si debido a un lapsus o a una secreta intención de lanzar un globo sonda— aludió a una “crisis constituyente” en el Congreso. Una expresión que desde una parte de la izquierda y desde otra, no precisamente pequeña, de la derecha, se escuchó con ese regocijo que procuran las causas derogatorias que avanzan lentamente, más por los acontecimientos que por procedimientos formales.

Personalidades, organizaciones e instancias de poder (un poder diseminado en distintos ámbitos) creen que tirando del hilo de la monarquía se deshace la madeja constitucional. Siempre habrá, sin embargo, libros solventes que, como este de Fuentes, sirvan para reivindicar la narrativa veraz. Porque lo mismo que es un hecho que Elvis Presley murió, lo es que Juan Carlos I no fue un golpista sino el “motor del cambio”, el Rey fundacional de la democracia. El Rey que frustró el golpe. En expresión del autor de este libro tan recomendable, el Rey emérito —al margen de sus otras responsabilidades sometidas a investigación fiscal— no “compadreó” como su abuelo Alfonso XIII con los militares golpistas. Los puso a todos al servicio de la democracia y ahí siguen. Como Felipe VI. Porque la monarquía parlamentaria solo tiene sentido en la democracia y la democracia dota de un sentido funcional y nacional a la monarquía.

PD. Recomendable la lectura de otro libro sobre el malestar nacional: 'La ruptura. La revolución en marcha que no supimos ver' (Editorial Almuzara, junio 2020), del veterano y sagaz periodista Fernando Jáuregui.

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