Ministro-candidato, entre la anomalía y el abuso

Zapatero cesó a José Montilla como ministro de Industria para que se presentase a la presidencia de la Generalitat el 30 de agosto de 2006, dos meses antes de celebrarse las autonómicas catalanas

Foto: El ministro de Sanidad, Salvador Illa, en rueda de prensa. (EFE)
El ministro de Sanidad, Salvador Illa, en rueda de prensa. (EFE)
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Sin poner en duda la probidad de Salvador Illa, no queda más remedio que constatar que su doble condición de ministro de Sanidad y candidato a la Generalitat de Cataluña, que ostentará hasta finales de este mes, atenta contra la estética política y podría constituir un abuso de poder. La razón es muy simple: el país está sometido a un estado de alarma y por lo tanto el Ejecutivo, aunque ha delegado su gestión inmediata en las comunidades autónomas, es la autoridad máxima en el manejo de la pandemia a través del Consejo Interterritorial de Salud que preside el ministro catalán, que es quien tiene capacidad para dictar órdenes ministeriales y proponer reales decretos al Consejo de Ministros que, eventualmente, afectarían a las autonomías y, concretamente, a la comunidad catalana.

Tratará de hacerlo con mesura y buen criterio. Pero esa es una apreciación subjetiva (o sea, mía) que a sus adversarios en la liza electoral no les vale. Salvador Illa, en plena lenta campaña de vacunación y a las puertas de la tercera ola del coronavirus, se beneficia (de momento, porque podría volvérsele en contra) de una enorme exposición mediática que viraliza su imagen y le ofrece una ventaja competitiva respecto de otros candidatos en Cataluña. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, si el caso lo requiriese, podría imponer medidas al Gobierno catalán, cuyo presidente está en funciones, lo mismo que la consejera de Salud, ambos de ERC, partido que aspira, a tenor de las encuestas, a ser la lista más votada el próximo 14-F.

Añádase a todo ello que el ministro debe estar a sus obligaciones como responsable de Sanidad, pero que tampoco puede descuidar la preparación de la campaña electoral y la atención a los actos previos a las elecciones que implican una intensa interlocución con sus colaboradores, tanto del PSC como del PSOE. Un candidato autonómico en un Consejo de Ministros, en las actuales circunstancias, en plena pandemia, siendo el encargado de la Sanidad y de la coordinación sanitaria de las autonomías, atenta contra la estética que debe presidir la actitud de los políticos para preservar la igualdad de oportunidades electorales. Es una anomalía. Zapatero cesó a José Montilla como ministro de Industria para que se presentase a la presidencia de la Generalitat de Cataluña el 30 de agosto de 2006, dos meses antes de celebrarse las autonómicas catalanas el 1 de noviembre de ese mismo año.

¿Qué impide que Salvador Illa sea sustituido en el ministerio por otro gestor o gestora competente? Nada. Salvo razones de conveniencia que la oposición de todos los colores ha subrayado con bastante razón. Sería lógico que se produjera el ajuste gubernamental que Sánchez tiene en cartera lo antes posible y que Illa pudiera dedicarse por entero a la difícil tarea de recuperar las posibilidades parlamentarias del PSC en el Parlamento catalán.

No es esta la lógica que emplea el presidente del Gobierno en su modo de actuar. Sánchez siempre juega al límite. Y lo hace con todos los poderes y en todas las circunstancias. El presidente no se para en barras y mantener a Salvador Illa en el Ministerio de Sanidad es una expresión acabada de su entendimiento expansivo de sus facultades. Ninguna norma le obliga a relevar al candidato del PSC a la Generalitat. Simplemente se lo aconseja la buena praxis democrática, el buen estilo de gobierno. Justamente lo que escasea en la vida política española, de un lado y de otro. Y esta duplicidad de condiciones en Salvador Illa envenena el ambiente mucho más de lo que está.

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Aunque no fuese esa la intención o el propósito, asumir la doble función de ministro y de candidato remite al refranero español, según el cual el administrador que administra y el enfermo que enjuaga, algo traga. La experiencia indica que los aforismos populares suelen reflejar certezas por chuscas que parezcan. De ahí que Illa y el propio Sánchez se estén abriendo un frente que contribuye peor que mal a que las elecciones en Cataluña se celebren en un clima mejor que el actual. Porque, en efecto, parece difícilmente compatible que el ministro se diga “dispuesto” a dos misiones tan diferentes como es la de desempeñar la cartera de Sanidad y desenvolverse con éxito en la candidatura a la Generalitat de Cataluña. El don de la ubiquidad consiste en una milagrería.

La candidatura de Salvador Illa podría ser buena para el PSC y para disminuir la fuerza del independentismo, pero a condición de que las cualidades personales y políticas que se le atribuyen no se diluyan en esa doble función en la que ahora se afana y que toda la oposición impugna. Vienen, además, jornadas dramáticas en lo sanitario y muchas complejidades políticas. El Gobierno tiene que estar a pleno pulmón y no pendiente de una reestructuración que podría ser muy limitada (dos ministerios) o más amplia (se habla de hasta cuatro). Por otra parte, la política catalana es esencial mejorarla para recuperar la integridad institucional en nuestro país. Requiere plena dedicación. Sánchez debería hacer un acto de rectitud política y acompasar sus decisiones a la gravedad del momento. Y Salvador Illa, exigirle que lo haga. Porque las cosas bien hechas, bien parecen. Y una conclusión: el ministro-candidato algo demerita, o la gestión de la pandemia o la de su competición electoral.

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